Recuerdo disfrazado de vida

Bañado por un caliente sol de otoño olfateo cada uno de los aromas que expulsan los que deambulan cerca de mí, que al mezclarse con la esencia de las flores

y con el humo de tabaco muy presente en esta zona se forma un aroma único en la ciudad: es un dulce olor a veces picoso.

Cada tarde, como la que hoy nos visita, el bullicio que aumenta gradualmente por las tardes se apodera del odio, y este se adormece, sucumbe ante el mar de voces de la población que cada día crece más y nos muestra que los tiempos cambian; antes la gente vivía con calma, se detenía cerca de mí a disfrutar de la vista que nos ofrece el ambiente, tenía tiempo para beber un café en los portales mientras leía el periódico. Eso es imposible ahora, pues cuando el sol se impregna muy duro en la piel –como hoy- la gente se aglomera ahí, tanto, que se vuelve imposible escuchar el pensamiento propio.

Pese a eso hay cosas que se mantienen como antes, el piso de las carreteras ya es otro, pero no el de mi zócalo que se mantiene ancestral. Algunos árboles que sirven de resguardo a los pichones  también son igual de viejos que yo, y claro, es imposible no hablar de los pichones, muchos creen que éstos se reproducen, tienen críos, mueren y son los críos los que se quedan en los lugares que sus padres ocupaban, pero no, los pichones que viven en estos árboles han estado ahí desde antes que llegara, son como los guardianes de mi ciudad, son los que al amanecer se apoderan de ella.

Y la gente, pese al tiempo, es igual, mantiene varias costumbres, se enamora, piensa constantemente en la muerte, y se encariña con estas tierras que los ha criado a tal punto de no querer abandonarlas nunca. Aun me reconocen, ya no soy tan visitado por ellos pese a que hace varios años me coronaron con el reconocimiento más grande que pueda recibir. Pero sí los enorgullezco, se estremecen cuando mis campanas suenan y me hacen el centro de sus fotos más especiales.

Porque soy ese gigante que está aquí desde antes que nacieran, soy el gigante barroco con oro en las venas. Soy el gigante que conoció la Nueva España, que vio dos invasiones, el comienzo de una revolución, y miles de sucesos más que se esconden en la memoria de unos pocos. Soy el gigante que terminó en Puebla por error y se ha enamorado de ella.

Texto por Iván Gómez

Un comentario en “Recuerdo disfrazado de vida

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