Atrapado en sus páginas

Hace ya más de un mes terminé de leer la ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, y fue un libro simplemente magnifico. Nunca había leído algo del autor y la verdad es que no esperaba tanto a pesar de que pertenece al BOOM latinoamericano. Fue bueno no esperar tanto, pues me regaló mis mejores fines de semana sin que yo lo esperara. Jamás olvidaré a Alberto el poeta,  a Ricardo el esclavo, a el Jaguar, al serrano Cava, al general Gamboa, a la pies Dorados, a Teresa, a la malpapeada y toda la gama de personajes (nombres que no recuerdo gracias a mi pésima memoria con los nombres) que hicieron del libro un elemento único en la literatura universal.

Y el libro fue más allá. Y es que desde que lo terminé no he podido acabar otro.

Cuando lo acabé, fue tanto el poder que creó en mí que decidí esperar una semana para comenzar un nuevo libro, y así fue, esa semana me compré una edición muy vieja de Pedro Páramo (1971, Fondo de Cultura Económica), la cual acabé entre la noche del sábado y la tarde del domingo, fue fácil porque es un libro que anteriormente ya había leído. Después de él busque qué más leer pues los libros que tengo no me convencían para esa semana (cada libro debe llegar en su momento correcto), y justo un par de días después mi vecino me bajó un libro de grandes invenciones y descubrimientos a lo largo de la historia, ¡se ve buenísimo!, leí el apartado que hablaba de la aspirina y el que hablaba del cine, pero después de un par de días se quedó en mi mueble. El resto de esa semana la tarea me impidió por completo leer algo, y el lunes de la siguiente semana una profesora me regaló la revista critica del periodo septiembre-octubre, leí lealtad al fantasma de Enrique serna, una especie de artículo sobre como la literatura se lleva bien con cualquier tópico, el título es la pluma y el bisturí, de Juan Villoro, y también leí apuntes sobre Elena Garro, no recuerdo quien lo escribió. Pero algo, algún factor casi místico me impidió acabar la revista.

La semana pasada el profe Alarcón me regaló Zig Zag lecturas para fumar, y sin no quiero ni abrirlo, porque algo me dice que no lo acabaré.

El jueves o viernes de la semana pasada saqué de la biblioteca de mi escuela la semana de colores, un libro de cuentos de Elena Garro, ya voy a hacer una semana con él y apenas llevo dos cuentos de los trece que conforman el compendio, nunca me he fijado en cuanto demoro en acabar un libro, siempre he dicho que me llevaré el tiempo que me deba llevar, pero aun así es raro que no lleve más cuentos leídos. Sólo espero no interrumpirlo, siempre me ha molestado dejar inconcluso un libro, me frustra, me enfada, porque cada libro significa comenzar una travesía por otro mundo totalmente distinto al mío, y dejarlo inconcluso significa que una parte de mi terminó a la deriva.

Quizá no es honesto decir que no he terminado eso libros por una razón casi mística, porque la razón tiene nombre y forma: La ciudad y los perros.

Sí, durante mis lecturas, en el momento en el que menos lo espero llega a mi mente una escena del libro, y la escena se vuelve tan fuerte que me obliga a cerrar el libro y esperar a que la escena se valla.

Nunca me había ocurrido algo así, es por eso que les comparto esta vergonzosa experiencia de mis últimas semanas.

Tal vez en la noche, mientras duerma, el libro cobre vida y robe de mi la esencia que me vuelve humano: el lenguaje, para depositarlo en el libro, y entonces yo me volveré papel y parte de éste. O a lo mejor mi mente me llevará al límite de creer que los personajes y la historia es real, mi mamá se asustará tanto que terminará optando por internarme en un manicomio. O igual y hasta acabo en la cárcel por replicar alguna escena del libro. O tal vez sólo necesito volverlo a leer para decirle adiós como debe ser y después de unos días comenzar otro libro.

Justo hoy me acaba de llegar un paquete de cinco libros gracias una trivia que gané, me siento feliz pero aun no llega el momento de leerlos, pues antes tengo en mente el libro de cuentos ¡Canta, Herida! De Gabriel Rodríguez Liceaga. Claro, esto después de releer La ciudad y los perros.

Hace unos meses leí en Campeón Gabacho al Cheif diciendo que la gente no necesita de tantos libros, son sólo algunos a los que uno se amarra. Quizá haya algo de cierto en eso.

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