Día 27, oscuridad

El ocaso estaba comenzando cuando me dijiste los harto que estabas y me dejaste aquí, sola. Me gritaste, me dijiste que nunca más me buscarías y te fuiste sin darme tiempo, tan siquiera, de pensar. Ahora que comienzo a asimilar todo, la verdad es que ya extraño tu cabello que cubre tu frente, tu cara redonda, las manchas negras que hay debajo de tus ojos por todas la noches que te desvelas, noches como esta, que sin ti son tan frías, tan, tan insípidas. No quiero pensar cómo será entonces el día de mañana, cuando me enfrente a la luz, cuando al verme al espejo me de cuenta de lo mucho que te necesito, de lo sola que estoy sin ti. No, porque si ahorita que estoy a oscuras observando sólo este pasillo, sin poder ver mi rostro ni mis manos temblorosas, ya me siento mal, ya tengo nauseas, no quiero imaginar lo destrozada que estaré mañana. Vaya, es raro, pero quisiera que la oscuridad se quedara conmigo el resto de mi vida, o el resto de mi infelicidad, lo que sea mejor. Sí… creo que así me olvidaría más fácil de ti y de tu hermosa, no, de tu estúpida cara de hombre. ¿Pero cómo lograré evitar la luz?

Mis ojos se humedecen. La respuesta es muy obvia.

Cuando menos me doy cuenta estoy en otro sitio, no noto que el aire me pega como si fueran dos manos, al menos no siento el golpe de mi cuerpo contra la acera.

Abro los ojos como después de un sueño pesado, no, no logro ver a nadie, apenas un par de muebles. Espío por la ventana: nada, absolutamente nada. Todo lo que veo es la oscuridad.

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