El pequeño de porcelana

 

No es una costumbre mía contar las vivencias. Tal vez en mis cuentos, una parte de mí se desprende, pero ninguno ha sido tan real como el siguiente relato.

 

Hace varios días, puede que sean tres, me visitó la persona más inesperada.

En la tibia noche, un niño de frágil porcelana tocó a mi puerta. Y por alguna razón, la abrí completamente desprevenida.

La fina porcelana, más azul que blanca, tenía algunas grietas y se veía algo desgastada. El pequeño necesitaba reparaciones, y lo dejé pasar.

Quedé sorprendida por su estado, ya que sólo tenía catorce días de vida. ¡Sólo catorce, y alguien había desechado aquella bella pieza!

Sentí necesidad de repararlo, y por fin verter en él un poco de té caliente, pues esa era la finalidad de su creación.

Aunque no debería olvidar que, sólo por ser de porcelana, no dejaba de ser un niño. Y estaba en busca de un hogar al cual servir, ser de utilidad y ser amado. Ahora que lo pienso, parecía estar en su misma edad, en busca de las mismas cosas.

Pero, por mis pocos años e inexperiencia con piezas tan delicadas, terminé por romperlo un poco más. En sólo dos horas, el niño me había encantado por completo. La tres restantes de arreglos, fueron ineficaces.

Se fue la misma noche en la que había llegado. ¿Por qué no lo detuve, o a mí misma?

Esa pregunta me sigue rondando hasta el día de hoy.

 

Fue en la mañana siguiente que me di cuenta del suceso tan mágico que había acontecido la noche antes.

¡Cuánto quise al pequeño, que ahora sólo rondaba por mis pensamientos!

Y en verdad, lo hacía todo el tiempo. Aquellos niños de porcelana tienen la grandiosa virtud de ser duraderos y para nada desechables. Yo, sin querer, había dejado ir a uno.

¿Pensaría en mí, tanto como yo lo hago?

Estos chiquillos también son inestables y se rompen con facilidad.

¿Lo habré roto demasiado?


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Esta mañana, las dudas eran tantas que escribí una carta. La más sincera que pude haber escrito. No tenía idea de dónde buscarlo, así que dirigí la carta igual que las de mis pensamientos. Tantas cartas que le había enviado en mis sueños.

Y le encargué a una linda paloma azul llevarla. Pensé que tardaría mucho en llegarle.

Pero la llevó tan rápido como latía mi corazón cuando supe que la leería en cualquier momento.

No sólo aceptó escribirme, también aceptó entrar de nuevo en mi casa.

 

Llegó con una gran sonrisa y rosas en mano. Otra cosa de los niños de porcelana, es que son inocentes por su naturaleza infantil. Y mi pequeño niño de porcelana me perdonó con toda la calma que a mí me hacía falta.

Aún estaba un poco roto. Pero yo ya estaba preparada para reparar cada grieta.

Las dos primeras horas de este día, las pasé pidiendo disculpas. En verdad, saben perdonar con facilidad.

Cuando canta el gallo, a las cuatro, ya no lo extrañaba más. Había hecho de mi casa un hogar, por su ternura frágil.

A las diez de la mañana, cuando más lo quería, salió a jugar un rato. Nunca me había hecho tanta falta.

Seguro pensaba que era un niño común, pues se raspó con tanta facilidad, sin imaginar el trabajo que me dio cuando intenté repararlo a su regreso.

A las seis de la tarde, en mi hora personal de todos los días, el niño de porcelana estaba casi reparado. Tantas horas practicando con este pequeño, me hicieron entender que no todas las piezas de porcelana son perfectas. Estaba hecho a mano de una manera muy particular.

 

Ya casi dan las doce de la noche. He llenado todas las grietas pacientemente. Y tiene la misma sonrisa con la que fue fabricado, a pesar de todas las veces que se ha caído.

Porque tiene la mala suerte de lastimarse un poco a cada rato.

Pero sigo aquí, arreglando cada fragmento que a veces llega a desprenderse.

 

Por fin pude verter té de rosas en su no más lastimada alma. Mañana cumplirá dieciocho días, dos horas después de que inicie una nueva jornada. Y yo cumpliré otro día más, amando al pequeño niño de porcelana.

 

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