Por una flor

 

Esa mañana despertó sin gran ánimo. Otro día sin compañía ni quehaceres la esperaba.

Qué cansado es ser inmortal.

Gracias a su ligereza y a su total disposición por permanecer inmóvil, al viento le era fácil cargar, mecer y jugar con la pequeña hada.

Después de un largo rato mezclándose con el aire, decidió mover las alas y explorar.

Pasó volando sobre el lago de siempre, oliendo las flores de todos los días y contemplando los mismos paisajes.

Sentía que pronto sería vencida por el sueño, iba acercándose más a la tierra, cuando uno de sus pequeños pies rozó con el pétalo de una flor.

Volteaba ya para disculparse, cuando por primera vez en su larga vida, observó algo con verdadera admiración.

Una flor amarilla, tal vez ordinaria, que a sus ojos era la más hermosa de todas.

Tuvo que posar sus manos en su pecho, para asegurarse que su corazón seguía ahí.

Un “hola” seguido de alabanzas y preguntas hechas con la mayor curiosidad.

La flor respondió con silencio.

 

Existen hadas que protegen lagos, robles, manzanos, cedros.

Pero nunca antes se había visto un hada protegiendo a una simple flor.

No se separó más de ella. En sus raíces construyó un hogar.

La guardaba celosamente. No permitía a cualquier bichito acercarse a ella. Y por fin, el hada se tiñó de flor.

 

Pero pronto comenzó a marchitarse. A la pobre planta le hacía falta algo que todas sus compañeras tenían. Y el hada lo comprendió muy bien.

Entonces hizo uno de los sacrificios más grandes que ha hecho alguno de estos seres.

Qué fácil es ser mortal.


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La pequeña mariposa amarilla consumaba su amor con su adorada flor.

¡Qué importaba la muerte, si por fin podía marchitarse junto a su amada!

 

Nunca la perdía de vista. La flor ya no le era indiferente. Ser correspondida, era para la mariposa la mayor de las alegrías.

No extrañaba la vida eterna, ni su liviano cuerpo y mucho menos sus días de libertad sofocante. Prometió estar junto a ella hasta el final de sus días.

 

Una tierna niña, en la más pura inocencia, tomó una linda flor, con una mariposa adherida a ella.

Muriendo, se oyó a la flor exhalar su último aliento; un suspiro, como un casi imperceptible, “te amo”.

 

La mariposa voló adolorida. Las alas le pesaron más que nunca.

Hizo un gran esfuerzo por llegar a su última morada. Suavemente, se dejó caer al gran lago, confundiéndose con las amarillas hojas que tiraba el otoño.

Un último suspiro, como una respuesta muy clara, “te amo”.

 

 

2 comentarios en “Por una flor”

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