Una mala lectura de Wallace

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Mi extraña experiencia como lector

Por Brandon Vázquez*

David Foster Wallace decía que los libros existen para que podamos sentirnos menos solos. Así me gusta pensar mi propia experiencia como lector: como una interminable lucha contra la soledad. En un principio esto puede resultar contradictorio pero no lo es. Sé que la lectura se aborda y se disfruta mucho más en sitios aislados. O por lo menos en teoría es así; pero cuando hay un montón de gente alrededor, la soledad de alguien a quien nadie conoce en medio de la multitud es siniestra, insufrible. Cada quién aprende con el tiempo a lidiar con ese tipo de situaciones. Antes aborrecía a los personajes que no se despegaban del móvil, de tal modo que parecía que habían nacido con él, pero pronto me sentí muy conmovido al respecto: ¿qué tan sola debe sentirse una persona para llegar al punto en el que, sin el estímulo emocional de responder un mensaje o publicar una historia en Instagram –para que todos nos enteremos qué ven, qué escuchan, a dónde van y con quién están esos sujetos, y aquello tenga sentido porque hay alguien que mira– o publicar una larga diatriba en Facebook para que todos nuestros “amigos”, hasta los más desconocidos, se enteren que estás mal, que no te la estás pasando bomba, que no estás de acuerdo con algo, etc; qué tan sola debe sentirse una persona para llegar a ese punto de vender su propia intimidad?

Si se lee desde esa perspectiva, lo anterior puede resultar monstruoso. Y lo sería realmente sino fuera porque los libros no son muy distintos. ¿Qué es una novela, un poema, un ensayo, un texto, pues, sino la necesidad de una mujer o un hombre por decir algo y que otro lo escuche (o en este caso, que lo lea) y, de esta forma, poder sentir que esa soledad que nos embarga se ve menguada? No es un caso exclusivo de la literatura. Me gusta pensar que todas las personas que trabajan para confeccionar libros académicos, libros de texto, lo hacen con unas irrefutables intenciones altruistas, aunque no hay que descartar que no siempre es así. Lo que trato de decir no va con que todo aquel que escribe y que lee sea un personaje gratuitamente victimizado y marginado. No. A lo que me refiero es que, como lector (y escritor en específicas circunstancias), disfruto mucho más aquellos libros en los que puedo proyectar mis carencias y conflictos personales. A veces es casi como si aquella literatura fuera una suerte de manual que me explicara, paso a paso, cómo es que debería vivir mi vida (y cómo es, también, que no debería vivirla).


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Y es que mi experiencia como lector es también la experiencia de mi propia vida. Puedo recordar mi infancia vagamente por eventos que me marcaron muy profundo. Hay muchos sitios en blanco en esa película donde está impresa mi niñez. Y sin embargo, puedo recordar exactamente qué es lo que me pasaba cuando leí, por ejemplo, La Tregua, de Mario Benedetti, o lo mucho que me dolió terminar con aquella chica mientras leía No sólo la lluvia, de Javier Gutiérrez Lozano. Puedo recordar con lujo de detalle por qué lloré sin remedio cuando leí el cuento Eugenio de Óscar Alarcón y también cómo fue que un poema como Tabaquería de Fernando Pessoa me devolvió la fuerza vital para no rendirme  y aprobar mi examen extraordinario de matemáticas. Sé que amé, amo y amaré a esta chica por siempre cada que vuelva a los versos inmortales de Propercio y pronuncie, para mis adentros: Cintia prima fuit, Cintia finis erit.

Lo más importante de mi vida hasta ahora se quedó entre las hojas de unos cuantos libros. Y es posible que en el futuro, cuando poco a poco mis párpados se cansen y vean cada vez menos cosas y mi cuerpo se vuelva entonces una habitación con los focos fundidos, los libros que lea serán el testimonio más auténtico para desvelar la historia de un hombre, que será también todos los hombres cada que alguien lea esos mismos libros y así ad infinitum. Por eso, precisamente por eso, los libros existen para que podamos sentirnos menos solos.


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CC (by) Foto tomada de su facebook | Brandon Vázquez

* Brandon Vázquez (1999). Ha ganado dos premios nacionales de literatura: Amapola Fenochio por poesía y el concurso de cuento nacional de la Ibero por cuento. También escribe en Neotraba (clic)

 

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