Puebla: espejo irrisorio| Cuatro relatos

Sesos

Ver Los Simpson es un placer al que recurro cuando como, porque hay que alimentar al alma y esta no sólo se llena con arte (literatura y cine son los principales en mi caso), también es necesario darle otras cosas más ligeras, algo así con el postre: exquisito pero no elemental. Acabo de ver el capítulo en el que por un descuido de Bart el pueblo de Springfield se vuelve zombie; desde luego, la familia Simpson es la única no infectada y se ve en la necesidad de aniquilar a quienes los ataquen hasta que logren salir del embrollo. Al final, se sientan en su típico sofá y Bart calla a Marge, sh, tele, dice; hombre, caer, divertido, complementa Homero con palomitas en la boca. Y la familia entera clava los ojos en el monitor que ilumina sus rostros.

Algo de culpa me invade, la caja estúpida impera en casa pero no en la calle, por eso decido salir a respirar el aire de mi colonia que aún no está tan contaminado, abro mi puerta, bajo las escaleras y en los escalones que dan a la calle veo a un grupo de niños, uno de ellos resguarda un balón con su pie. Ni éste ni sus ropas están sucias, pareciera que lo único que han hecho es sentarse a observar cómo dan vueltas sus Spiner, los colores del juguete -rojo, azul, negro, rosa, militar, naranja, verde, café, gris, morado, cromado- se reflejan en sus pupilas. Me asusta, ellos no salieron de una tumba ni me van a comer y aun así me dan miedo, la plaga que a ellos los domina no provoca hambre de sesos, todo lo contrario: se come el propio. Evito rosarlos al bajar y sigo caminando. Más adelante, enfrente de una tienda, un grupo de niñas precoces se toman fotos premeditadas que subirán a sus redes con falsos aforismos que se copiaron entre ellas. ¿Cómo visten? ¡Qué importa! No importa describirlo decirlo porque todas lo hacen igual, compran lo que está de moda sin si quiera preguntarse si les sienta bien o no, si están cómodas con eso o preferirían usar cualquier otra cosa.

En casa me sentía más cómodo.

Filtros

Yo y mi hermana caminábamos cerca de la prepa, acordamos ir al museo de arte que está mero enfrente y al que irónicamente nunca hemos entrado. Ella me iba platicando sobre Temporada de caza  para el león negro, la portada está muy rara, creo que por eso lo compré, tú seguro no lo hubieras escogido, no importa, debes leerlo, el personaje está muy fuerte, lo que hace es tan raro, pero te parece creíble, por eso… un grito la calló, fijó su mirada en el grupo de personas que soltaba gritos enfrente de la puerta del Edificio Carolino, el color le cambió, poco, no parecía asustada, era nuevo, algo nuevo para las dos, le pusimos atención a los gritos para entender por qué estaban ahí.

― ¡Nosotros también tenemos ganas de estudiar, no es justo que por ser pobres, que por venir de la sierra, de pueblos alejados, nos rechacen! ¡También tenemos derecho a estudiar!

Ni ella ni yo hablábamos, era obvio que pensábamos lo mismo: no rechazan a gente por su condición económica, para eso está el examen de admisión. ¿Y qué caso tiene que hagan esto si los resultados ya salieron?

Ya enfrente de la manifestación vimos sus carteles, no vale la pena describirlos, signos de gato junto a frases mal empleadas. Mi hermana, que siempre ha sido más aventada, le preguntó a uno: oye, ¿por qué protestan?, el chico respondió: nos están quitando nuestro derecho a estudiar, nosotros pagamos un examen y no se vale que se queden con el dinero, nuestro dinero. Aventada y siempre diciendo lo que piensa: o sea, el dinero es para tener derecho a hacer el examen, pero hacerlo no te garantiza quedarte, por eso se hace, son filtros necesa… Este, sí, pero es mi dinero y no se vale, y, y, mis derechos, y…


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Flor

Los bultos que le quitan forma a su tronco y rostro con dos bolsas colgándole y la piel curtida la hacen ver 10 años mayor. Lo cierto es que apenas va para los 40  y viene de la escuela de su hija Flor, la Secundaria Técnica No. 9, que está a media hora de su casa. …comadre, pos es que nomás ahí la pude meter, ya ve usted que la chamaca me salió medio rebelde, ella dice que no quiere estudiar. «Mamá, para qué, me dice, Rogelio acabó todo y no tiene trabajo, por eso no dejo que me aconseje, no porque sea mi hermano tengo que hacerle caso; mejor le hago como tú y trabajo desde ahora». Pero ella sabe que no, que debe estudiar aunque encontrar trabajo sea difícil… me da miedo que en las calles algún muchacho de esos que se dedican a pervertir a las niñas la embarace y acabe como una, esto último lo pensó cuando hablaba con la prefecta -junto a ella estaba Flor-, pero no lo dijo, no sabe cómo hacerlo sin que su hija manipule a su conveniencia su mortificación, en vez de eso le gritó e insultó con palabras que no meditaba, maestra, discúlpeme usted que escuche cómo le digo, pero esta niña no se puede educar, ya le dije que tiene que hacer la tarea y que deje de poner su estúpida cara cuando ve el celular, pero no quiere, es rebelde como ella misma. ¡Babosa, no digas nada!, estoy hablando con tu maestra, parece que ni te educo, ¡burra!

La maestra no dijo nada, con ese silencio y la cabeza que se deslizaba de derecha a izquierda aprobó las ofensas que a Flor la hacían sentir torpe. Poco o nada aplica de lo que aprendió en la facultad, el título “Lic. En Psicología” que adorna la pared de prefectura no es más que eso: un adorno. Maestra, yo en la casa hablo con ella. Y si sigue así, hágamelo saber. Y tú, Flor, de una vez enfrente de ella te digo que si llegas tarde o te dan otro recado y no me avisas te va peor… ¿Oíste? Pues responde.

Eso ocurrió en la escuela, ahora, mientras esperaba al camión, meditaba lo que en la noche le dirá, para eso aún faltan unas 6 horas, cuando den cerca de las 9:00.

Sus pensamientos se borraron cuando, luego de darle sus seis pesos al chofer, vio el camión atascado de estudiantes que regresaban a casa, ellos, del turno matutino. Los que iban sentados no se dignaron en levantarse y darle el lugar… pinches chamacos, en su casa han de hacer lo que quieren, ¡qué horror!, no tienen ni tantita madre, está bien que no me he de ver grande pero ante todo soy una dama. Niños malcriados, pero así les irá a sus hermanas, a sus mamás, y a ver si no sienten feo…

De momento, Carlos -que leía los mensajes de su mamá- levantó la mirada y al ver a la señora se puso de pie.

― Ay, joven, es usted muy amable, muchas gracias.

Autoanálisis

El chico de la chamarra roja terminó su texto semanal y cerró la laptop. Con Burn the Witch sonando en su celular se sirvió una última taza de café y visualizó por última vez a sus personajes: un sujeto que se asusta más de la gente normal que de los zombies, dos hermanas que ven una absurda manifestación de cerca, y una madre triste que lo refleja en su coraje.

Feliz, tomó su mochila ya con su ropa de viaje lista y salió del cuarto: el aire fresco de una comunidad rural lo esperaba. Al volver luego de tres días se encontró con que dejó el foco encendido. No importa, ni quien se entere. Ningún rastro de culpa se asomó por su cara y el sábado, feliz, vio publicado su texto en el que criticaba todo lo que veía mal usando la ficción de por medio.

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