Invasión

Bajo la luz de la luna, andaba por el pastizal un pequeño armadillo. No era el animal más temible ni el más grande, era simple y miedoso. 

Como todas las noches, estaba buscando entre la tierra unos cuantos gusanos para saciar su hambre; cavó por un lado, buscó por otro, pero, por más que cambiaba de lugar, su suerte no mejoraba. 

A lo lejos, un gran zorro iba corriendo con la nariz pegada al suelo; estaba olfateando lo que sería su gran festín. Encontró algo, un armadillo rondando por el pastizal; apuntó en una dirección y, sin pensarlo, se dirigió a toda velocidad hacia su cena. 

El pequeño animal fue atacado repentinamente por el zorro, y éste, mientras lo inmovilizaba con su pata, le dijo: 

—Ahora sí, pequeño quirquincho, hoy no será la noche en la que te escapes de mí. 

—Por favor, amigo zorro, no me comas —sollozó el pequeño armadillo.  

De repente se escuchó algo parecido a un trueno, la pata del zorro dejó de aplicar presión sobre el cuerpo del pequeño animal, y en un instante éste contrajo su cuerpo para formar una esfera con su gruesa armadura. 

El ruido de unas pisadas advertía la presencia de una extraña criatura. El armadillo podía ver a través de una estrecha apertura de su cuerpo. Era un ser que jamás había visto: medía veinte veces lo que el zorro, contaba con cuatro largas extremidades y unos ojos que parecían hechos con la intensidad del fuego. El gigante tomó al zorro por el cuello y lo puso dentro de un costal. 

En un suave movimiento, el pequeño acorazado quiso huir, pero no fue lo suficientemente discreto para eso. La terrorífica criatura volteó en un instante y lo vio con furia. Al sentirse en peligro, el quirquincho empezó a correr lejos del depredador. 

Sonaba un horripilante trueno tras de él; no lo pensó dos veces, siguió huyendo en la misma dirección, con el deseo de librarse de ese monstruo, hasta que, sin percatarse, resbaló y cayó por un agujero en el suelo. 

El monstruo, frustrado por no haber alcanzado al escurridizo animal, dio un grito al aire, y comenzó a hacer retumbar el cielo con su extraño artefacto que lanzaba truenos. Después de eso, el armadillo no quiso salir del lugar en donde se encontraba, decidió pasar ahí el resto de la noche para evitar ser atacado nuevamente por aquella bestia. 

Transcurrió el tiempo, y la temperatura comenzó a descender, el pequeño quirquincho decidió cavar un poco más profundo para abrigarse. Habían sido unos días bastante raros: llovía en las temporadas equivocadas, el sol salía con una intensidad cada vez mayor. Inviernos cortos y veranos largos. En menos de tres años la mayoría de las especies que habitaban ese pastizal habían desaparecido. El frío avanzó por todas partes hasta llegar a un agujero, donde yacía un pequeño armadillo. 

Lea: Arte y colores| El ajonjolí

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