Diario apócrifo: Un mes con Sergio Pitol

Iván Gómez nos comparte, a manera de diario, sus reflexiones respecto a algunos libros de Sergio Pitol luego de un mes de su muerte, en mayo de 2018.

A Karla Vivanco: con la devoción del recuerdo.

12 de abril

Creo que la mejor –y a la vez la más desoladora- manera de recibir la muerte de un escritor admirado es leyendo uno de sus libros.

Un par de meses antes me había hecho del Vals de Mefisto animado por mi lectura en julio de 2017 de El desfile del amor, una novela tan deslumbrante como picaresca. Quien guste de la lectura tanto como lo hacemos un buen número de personas –que es a la vez un grupo muy pequeño- entenderá mi manía por comprar libros que no leeré sino hasta mucho después –algunos ya cumplieron años en la espera-, y conducido por esa fuerza opresora y subversiva que guía mis lecturas –acertada y errática- decidí comenzar con el libro el lunes 2 de abril, la noche del 11 llegué a “Nocturno de Bujara” –el último de los cuatro relatos- y con la intención de alargar su lectura lo dejé para la tarde siguiente, es decir, el día en que murió.

El libro es un juego de construcciones confusas y paisajes universales: Veracruz, Venecia, Bujara, Samarcada, Viena… lugares comunes en la obra de Pitol. Resulta imposible sintetizar los relatos sin hablar de la estructura, “Mephisto Valtzer”, por ejemplo, es la historia de una mujer que viaja en tren de Veracruz a México y lee un cuento de su exesposo en donde el personaje –igualmente escritor- va a un concierto, y distraído por la presencia de un enigmático señor solitario en un balcón, comienza a crearle alternativas de vida: es, quizá, un antiguo maestro del muchacho que toca la pieza Vals de Mefisto, de Franz Lizt, o quizá es su abuelo de rigurosidad militar que al enterarse de su afinidad a la música decidió correrlo de casa y ahora, entre sombras, va a verlo arrepentido de su actitud, no, puede tratarse de un esposo que encerró a su esposa para alejarla de su amante hasta que el veneno que le suministra en sus bebidas haga efecto, y mientras ella muere él la obligaba a tocar el Vals de Mefisto, pues su amante es un músico y sabía que así la haría sufrir en silencio. La historia nos va hundiendo en capas más alejadas de la realidad, todas contadas por el mismo narrador en tercera persona que sin espacios ni avisos entre una capa y otra va haciendo –de manera premeditada- del relato algo confuso, pero sin duda apasionante. Ahí está, según sus críticos, la síntesis de lo que es la narrativa pitoliana y no sólo eso, también su mejor cuento. El resto tiene un caos narrativo similar. Personalmente no fui tan fanático de “Asimetría” ni de “Nocturno de Bujara”, aunque muchos clasifican a este último al nivel de “Mephisto-Valtzer”.


Pitol tuvo lo que se necesita para ser un escritor: un ánimo exagerado por la lectura, mucho interés por conocer, respeto al lenguaje, humildad y, sobre todo, una imaginación desbordada.


13 de abril

Sergio Pitol escribe en un apartado de El arte de la fuga: “he eliminado libros cuya lectura coincidió con alguna noticia funesta, un contratiempo grave o el anuncio de una indispensable intervención quirúrgica. Así he perdido libros de los que me hubiera parecido imposible desprenderme”, en mi caso, si en la lectura de cualquier cosa me llega un episodio de migraña (que me puede durar semanas o meses) mi lectura se vuelve incipiente y en veces no logro concentrarme. Pero con la muerte de SP, más que una mala noticia, me sirvió de incentivo para continuar leyendo su obra, quizá suene mal decirlo. Esta tarde fui a la biblioteca con ánimos de llevarme todo lo que encontrara de él. Salí con Los mejores cuentos, El tañido de una flauta, Una autobiografía soterrada y El arte de la fuga; esa misma tarde, de regreso en el camión, leí “Victorio Ferri cuenta un cuento”, de Los mejores cuentos, fue una sorpresa no encontrar al narrador cosmopolita que había conocido en mis lecturas anteriores, y muy por el contrario leer un texto de notables influencias rulfianas. Y aun así es bueno. Los siguientes en aparecer fueron “Semejante a los Dioses” y “La pantera”, el primero es un antecedente de las narraciones complejas, pero es en “Hacía Varsovia” y “Hacía occidente” que se encuentra la semilla del narrador cosmopolita.

Cada cosa que escribió la fechó en la última página, esos dos cuentos coinciden con sus primeros viajes. Fue un acierto de Anagrama colocar los cuentos en el orden en que fueron escritos, es así como se aprecia mejor la evolución literaria del autor. En cuanto acabe con el libro me seguiré con El tañido de una flauta, su primera novela.

23 de abril

El día se volvió memorable sólo por sus últimas horas. En la noche dieron una conferencia en La casa de la cultura sobre SP, acordé con Karla vernos frente al Carolino. No caminamos ni tres calles y acabamos mojados por la lluvia que llegó de la nada. Y así de impresentables entramos al auditorio. En verdad me gusta la obra de SP pero qué charla tan aburrida, no dijeron nada que no supiera y siempre he pensado que la solemnidad no va muy bien con la lectura. Karla y yo acabamos distrayéndonos con un niño que jugaba entre los asientos y su madre que penosa lo callaba. Si nadie nos vio feo fue porque nuestras risas apenas si se escuchaban. Me preció bueno que en la plática hicieran una mención de la colección que dirigió en la editorial de la Universidad Veracruzana: Biblioteca del Universitario. Al terminar la charla caminamos un rato por las calles húmedas y grises pero al mismo tiempo amigables. Íbamos hacía los portales cuando pasamos frente a la librería universitaria, e impulsados por nuestros ánimos entramos a comprar un par de ejemplares de la colección. Es una maravilla la labor que realizó ahí, se encargó de que se publicaran libros de autores clásicos en ediciones presentables (no como las de las editoriales baratas que tienen hojas de horrorosa calidad) a precios bajos; no satisfecho con eso, cada libro abre con una introducción –que es más bien un ensayo- sobre el valor de la lectura y escritura, “Hemos, los humanos, recibido la escritura como una herencia mágica”, dice en una parte del texto, y varias líneas después remata: “La filosofía, la historia, todas las disciplinas del saber, son productos del lenguaje. Pero hay un que establece con él una relación especial, y esa es la literatura”. Asimismo se encargó de buscarle prologuista a cada uno de los títulos. Y las portadas, aunque sencillas, son sobrias. Desde que Pitol se instaló en Xalapa, en 1994, se añadió a la Universidad Veracruzana como investigador. Es una lástima que en los últimos años de su vida no supieran apreciarlo como la figura literaria que es, al grado de aprovecharse de su enfermedad para explotar su imagen.

Insisto: nada como comprar libros que no leeré pronto. Y nada como pasar el tiempo con Karla: lectora voraz y chica adorada.

30 de abril

Somos lenguaje, nos constituye y une, sin éste no seriamos más que animales sin raciocinio. Los límites del lenguaje son los límites del pensamiento, parafraseo a José Emilio Pacheco. El trabajo del escritor requiere la convivencia diaria con éste en el papel, y en el proceso de la escritura se llegan a encontrar palabras que se vuelven códigos, prodigios del lenguaje capaces de resumir líneas enteras en sólo unas cuantas letras. Hay dos palabras que se repiten constantemente en los textos de Pitol: tribulaciones y obcecado.

12 de mayo

Un mes de su muerte.

Ayer entregué mi columna que empieza hablando de cómo las coincidencias son notorias –y muchas veces fundamentales- en la narrativa de SP. Hoy acabé El arte de la fuga, quienes lo han recomendado tenían razón: es su mejor libro. Aunque no he leído toda su obra como para sostener tal afirmación con vehemencia. La extraña mezcla entre biografía y ensayo me hacen pensar en cuán necesario le fue vivir para así poder reflexionar. Es una invitación para mostrarnos como piensa, cómo vivió fuera del país, por qué quiso salir de éste durante tanto tiempo; hablarnos también sobre sus intereses más grandes, sus lecturas más fecundas, la opinión que le merecía la vida en México en la última mitad del siglo XX, la amistad… Habría que leerlo más de una vez para comprenderlo en su totalidad, o será que yo siempre necesito de la relectura para entender y apreciar mejor mis libros. Llevo años leyendo Las batallas en el desierto y creo que conforme crezco la  comprendo más a detalle, cada vez esa Ciudad de México de los años 40’s es más mía a pensar de lo lejana que me resulta. Prometí  hacerme de El arte de la fuga y llenarlo de anotaciones y subrayados. Sobre todo porque respondió a muchos de mis conflictos con respecto a la creación.

El texto está dividido en cuatro partes: Memoria, Escritura, Lectura y Final. El lado más íntimo lo muestra en Memoria y los pensamientos del escritor en Escritura; basta leerlo para entender por qué escribió lo que escribió y cómo era su sentir frente al quehacer literario, a veces agobiante, dice: “Pienso que las reglas espartanas que me he impuesto podrían ser las adecuadas en una notaría, en una oficina pública o cualquier lugar menos en aquel donde trabaja un escritor. ¿No implica ya una traición a la escritura permanecer encerrado en una habitación hojeando diccionarios, eliminando o añadiendo aquí y allá una palabra? He hablado hasta la saciedad de la importancia que tiene para mí la literatura, he añadido que si aún permanezco en Varsovia es porque aquí encuentro la atmosfera ideal para escribir, pero, ¿escribir de qué, si el material que podría alimentar una narración está abajo en el parque, en la calle en el café de la esquina? Lugares donde la vida está presente, lo que no ocurre en esta buhardilla donde me obligo como castigo, como penitencia a encerrarme frente a una máquina de escribir y unos diccionarios.”


El trabajo del escritor requiere la convivencia diaria con éste en el papel, y en el proceso de la escritura se llegan a encontrar palabras que se vuelven códigos, prodigios del lenguaje capaces de resumir líneas enteras en sólo unas cuantas letras.


13 de mayo

Cualquiera que haya leído El arte de la fuga encontrará ciertas similitudes en este artículo con alguno de los apartados del libro; o alguno de mis posibles lectores notará que esta columna es poco similar a las anteriores –si es que esas guardan alguna semejanza entre sí. Ambos tienen razón. Hablar de la obra de alguien a través de un diario  es algo que él hizo  para elogiar a Thomas Mann, y en todo caso yo no hago más que copiar esa idea para hablar del propio Sergio. Pero en el último mes no he leído otra cosa que no sean libros suyos, he interrumpido todo, hasta mi lectura dominical, Moby Dick; de alguna forma estoy fuertemente influenciado por su narrativa y tal vez llegue un momento en que me cueste encontrar mi propio estilo por la fuerte influencia que ejerce sobre mí, que sirva de lección: no todos estamos destinados a ser escritores.

15 de mayo

Se cumple un año del asesinato del periodista Javier Valdez Cárdenas. Hay mucho de reprobable en su aniversario luctuoso, primero, que no se ha hecho justicia y segundo, que la violencia en el país y la censura siguen a la orden del día. Cuando leí El desfile del amor relacioné la trama con su muerte: historiador mexicano que al investigar sobre un asesinato ocurrido 30 años antes se da cuenta que a nadie le interesa –ni le interesó- esclarecer el crimen.

Yo no diría que la realidad supera a la ficción, más bien creo que van de la mano.

Pitol tuvo lo que se necesita para ser un escritor: un ánimo exagerado por la lectura, mucho interés por conocer, respeto al lenguaje, humildad y, sobre todo, una imaginación desbordada. Es cierto, a SP no se le lee tanto, al menos no en el plano nacional, porque fuera de México es bastante reconocido e incluso ganó el premio Cervantes antes que otros de nuestros escritores más valorados del país; quizá esto se deba a su estancia en el extranjero, sin embargo pasó sus últimos 30 aquí, ¿será que en el resto del mundo hispanohablante sí saben valorar lo nuestro? Como sea, a Pitol se le leerá durante varios siglos, y si no, ni siquiera eso lo matará literariamente, otra vez me apoyo en El arte de la fuga: “estoy convencido de que ni siquiera la inexistencia de lectores podrá desterrar la poesía”. Porque Sergio Pitol es lenguaje y el lenguaje no muere, leer “Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuentos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas” es sentir que esas líneas fueron creadas para uno, y es que son tan contundentes que al momento de leer “restas” la frase ya es más nuestra que del propio Pitol. Además, resulta imposible que se deje de leer a Sergio si consideramos que de alguna manera lo estamos leyendo al llegar a una de las muchas obras que tradujo –de autores polacos, por ejemplo- o a un clásico literario publicado en su colección. El mundo, sin duda alguna, es un poco mejor gracias a Sergio Pitol, gracias a esa aproximación al arte de la fuga que nos compartió: la escritura misma.

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