José Emilio Pacheco y la (re)construcción de la memoria

José Emilio Pacheco (1939-2014) fue uno de los narradores mexicanos más prolíficos de la segunda mitad del siglo XX. Es autor de novelas emblemáticas como Las batallas en el desierto y Morirás lejos así como tres libros de cuento y varios de poesía. Este sitio le rinde un homenaje a 5 años de su muerte. Las entradas ya disponibles pueden consultarse aquí: Edición especial José Emilio Pacheco. Agradecemos a Pascual Borzelli Iglesias y a Regelio Cuéllar por el material gráfico. 
Nancy Hernández García*

José Emilio Pacheco escribió una cantidad inconmensurable de páginas sobre temas diversos, algunas veces firmadas, otras bajo el sello del anonimato y otras más usando un heterónimo, sin embargo, hay en sus textos una especie de huella dactilar que lo delata o, por lo menos, hace sospechar al lector. Pensar en la vastedad de su obra me da la sensación de estar ante un lago al que se ha lanzado una piedra y cuyo efecto de círculos concéntricos aún es visible e hipnotizante.

Paradójicamente José Emilio no es conocido por su poligrafía, sino por un libro en especial: Las batallas en el desierto. No es fortuito, creo que el fenómeno se debe a la esencia de la novela, que apela a lo más profundo de la sensibilidad de los lectores y al que es, quizás, el sentimiento más noble del ser humano: el amor, a través de la memoria. El enamoramiento de Carlitos por Mariana es ya una historia clásica de la literatura mexicana contemporánea.

Portada de Las batallas en el desierto. Tomada del sitio https://www.edicionesera.com.mx

El libro de apenas 68 páginas se convirtió en un éxito editorial, cuenta con varias ediciones, todas ellas revisadas por el autor, Sísifo de la escritura, por ende, (auto)condenado a corregir su obra para finalmente entregar reescrituras de los cuentos y poemas que de alguna manera ya conocemos, y sin embargo nos saben a nuevo cada vez que los leemos. Por poner algún ejemplo, menciono el de la edad de Mariana; en la primera versión las líneas finales son: “Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya sesenta años.” Mientras que en la segunda: “Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años.” Tomando en cuenta la actualidad del lector al que se dirigía, el autor hizo un ajuste de veinte años a la edad de Mariana. Si uno va más allá y hace las cuentas, éstas son exactas.

Esta historia de amor y pérdidas tuvo su origen en esa misma sensación de pérdida por muerte, en sentido figurado, de la Ciudad de México como José Emilio la concebía o recordaba. El cambio físico del entorno urbano y cotidiano del autor más una pregunta específica, detonaron la escritura de Las batallas en el desierto; así lo cuenta José Emilio a Hernán Bravo Varela en una entrevista:

—En Las batallas en el desierto, lo encontrado es lo perdido desde siempre. ¿Toda epifanía trae consigo una [sic] acta de defunción?
—Tal vez para escribir ese libro fue necesaria otra de las muchas muertes de la ciudad de México: la apertura en 1977-1978 de los llamados “ejes viales”, que no sirvieron sino para enriquecer aún más a los ladrones que en aras de la codicia han hecho de verdad inhabitable este lugar. Coincidió con que en la exposición Recuerdos de Vicente Rojo me preguntó Armando Ponce, el jefe de la sección cultural de Proceso, qué pensaba de los amores infantiles. Le contesté con una frase de Graham Greene que me ha impresionado desde que la leí: “Los verdaderos amores trágicos son los amores de los niños y de los viejos porque no tienen esperanza”. […]

A partir de la conversación con Armando Ponce se me ocurrió todo lo que narra Las batallas en el desierto. El ambiente es real, pero la historia es por completo imaginaria.[1]

Pacheco también ha contado que esta historia es la única que se le ocurrió completa de principio a fin y que prácticamente la escribió de una sentada. Los datos sobre el origen de la novela son interesantes tanto para la historia literaria como para hacer una mejor interpretación. Los amores infantiles son trágicos porque no tienen esperanza, la frase misma lleva en sí un cierto tono de sentencia y en varios pasajes de la novela leemos el desconcierto de Carlitos por el alboroto que los adultos hacen porque se enamoró de Mariana.

“Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?”, junto con el inicio de Pedro Páramo, es de los principios de novela más recordados de la literatura mexicana; la frase inicial de Las batallas en el desierto anuncia al lector que acaba de entrar a un terreno peligroso: el de la memoria. Todavía más: ¿quién habla?, ¿a quién pertenece esa voz en primera persona del singular? Para descubrirlo (o tratar de), uno jala el hilo y entra a las páginas, dejándose llevar por los vericuetos de la memoria de la voz que nos relata esta entrañable historia de amor. Es importante señalar que no se trata de la típica historia de amor imposible al estilo Romeo y Julieta, Las batallas… está atravesada por más elementos que son indispensables para tener una visión de conjunto dentro de su diégesis; aquí el amor no sólo es el que Carlitos siente por Mariana, sino también el que siente por su ciudad, su entorno (la colonia Roma), su patria y por sí mismo, por eso es que de repente nos parece escuchar un eco de la voz de José Emilio, quien amó los mismos lugares que Carlitos.

Las batallas en el desierto es una reconstrucción del pasado a través de la memoria, por eso Carlos, el dueño de la voz narradora, nos lleva y trae por entre sus enmarañadas memorias de infancia donde su único recuerdo claro es Mariana… tal vez por esa razón Mariana sólo haya existido para él.  Pacheco dijo hasta el cansancio que no se trataba de una historia de nostalgias o de la añoranza de un pasado mejor respecto del presente, no obstante, sí hay destellos de nostalgia en las páginas de la novela tangibles por medio de las canciones. Sin ti, Amorcito corazón y el bolero que es la indiscutible banda sonora: Obsesión. La melodía del bolero y el estribillo “por alto esté el cielo en el mundo / por hondo que sea el mar profundo” llevan a recordar la historia de Carlitos y Mariana, o cualquier otro recuerdo preciado del lector. Es este bolero el que envuelve la presencia de Mariana en la memoria de Carlos y no es casualidad que sea éste y no el de Ravel, con todo y su cadenciosa melodía, pues la canción de Pedro Flores parece crear una comunión entre los apasionados sentimientos del niño y la importancia de Mariana en su vida.

CC | Foto Cortesía: Rogelio Cuéllar. Sitio web: http://www.rogeliocuellar.mx

 Como todo primer amor, Carlitos idealiza a Mariana, inmortalizándola en su memoria. Mientras él la recuerde, qué importa si existió o no, si existió para él. Por la descripción que Carlos hace de Mariana, la imagino como a una de las divas del cine de esa época: dueña de una belleza sobrenatural, desbordante de sensualidad, de imagen cándida y tierna, por eso también me duele que tenga que vivir a la sombra de un señor que para nada aprecia su valor real, sino únicamente lo que representa. Mariana da la sensación de ser un lirio en un pantano. Irrumpe en la vida de Carlitos de una manera dramática, justamente en el capítulo V “Por hondo que sea el mar profundo”: “Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano. Me hubiera gustado quedarme allí mirándola.” Aunque ya hay una distancia temporal, Carlos sigue sin encontrar las palabras que describan exactamente lo que Mariana despertó en él; la fascinación por la belleza de Mariana es evidente. En la escritura de Pacheco siempre está el poeta, por eso es posible hallar imágenes plásticas como ésta y pienso que lo que Carlitos sintió fue algo muy parecido a lo que sentimos al contemplar la Venus de Botticelli. Mi idea no es tan descabellada cuando en el capítulo siguiente, “Obsesión”, leemos:

Una vez, al abrir Jim un clóset, cayó una foto de Mariana a los seis meses, desnuda sobre una piel de tigre. Sentí una gran ternura al pensar en lo que por obvio nunca se piensa: Mariana también fue una niña, también tuvo mi edad, también sería una mujer como madre y después una anciana como mi abuela. Pero en aquel entonces era la más hermosa del mundo y yo pensaba en ella en todo momento. Mariana se había convertido en mi obsesión. Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.

En estas líneas, Carlitos ve más que la desnudez de Mariana: la concibe como un ser humano, una mujer y el objeto de su deseo, es decir, la dimensiona en su totalidad. En esa fotografía también hay algo de sensualidad, que se refuerza con la otra donde Mariana aparece en kimono.

CC(by) Foto de Pascual Borzelli Iglesias, por cortesía de Neotraba.

Mariana, mujer, amor y deseo son sinónimos dentro de la atmósfera de Las batallas en el desierto. Es perfectamente comprensible que esta presencia femenina haya impactado a Carlitos, pues no sólo le inspira amor, sino que también lo despierta al deseo y lo vuelve consciente de la nueva etapa de su vida que se avecina: la adolescencia. Carlitos deja la niñez, dolorosamente, tras el escándalo que suscita su madre al enterarse de que su hijo se enamoró de una mujer; ella y todos los adultos de su alrededor no dan crédito a la pureza de los sentimientos del niño y acaban por tergiversar todo, así, Mariana se convierte en una pervertidora de menores y Carlitos en un traidor, según Jim. No obstante la insistencia de la madre de Carlitos por curarlo y salvar su alma de la eterna condenación, él siguió pensando en Mariana: “a escondidas y con gran sombro del periodiquero, compraba Vea y Vodevil, practicaba los malos tactos sin conseguir el derrame. La imagen de Mariana reaparecía por encima de la de Tongolele, Kalantán, Su Muy Key. No, no me había curado: el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio.”

La presencia de Mariana lo rodea como físicamente lo hace la colonia Roma, que es el escenario de este primer amor. Las calles son testigos mudos de su pesar y una en especial es a la que Carlitos se aferra para recordar el día en que se enamoró: “Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual.” El niño presentía que la memoria también se llena del polvo de los años y se rompe poco a poco, dejando huecos que tienen que volver a llenarse de alguna manera, por eso su angustia y necesidad por reconstruir ese primer amor y las circunstancias en las que sucedió. Así, al abrir esta novela no sólo leemos una historia como tantas, sino que acompañamos a Carlos en su periplo al extraño país que es el pasado: México estaba en pleno avance hacia el progreso, la política también se transformaba, pues, había llegado al poder un presidente civil y universitario, todo era un buen augurio para el país y los mexicanos, incluso la forma de cornucopia de México visto en el mapa. El profesor Bernardo Mondragón prometía a los alumnos mejor porvenir y se esmeraba en su formación académica.

CC(by) Foto de Pascual Borzelli Iglesias, por cortesía de Neotraba.

En mi propuesta de lectura todos estos elementos (la política, la ideología de los personajes, los avances tecnológicos, la moda y la cultura popular) son secundarios, herramientas para poder hacer una reconstrucción de la memoria que desemboque en Mariana. Mariana y la ciudad son los dos grandes tesoros en los recuerdos del Carlos adulto que narra su desarrollo, mismo que corre paralelo al del país. El dramático final de la novela cobra mayor fuerza cuando pensamos en la respuesta que Pacheco dio a Hernán Bravo en la entrevista: la avaricia de unos cuantos terminó por destruir la Ciudad de  México y con ello también se esfumaron los recuerdos de tantos como el propio José Emilio. El desarrollo prometido por Miguel Alemán y sus sucesores trajo consigo la demolición de edificios enteros, casas y escuelas porque para construir hay que destruir. La nueva apariencia de la ciudad y de la colonia Roma ya no le dice nada a Carlos, sus recuerdos están tan fragmentados como esos pedazos de escombro:

Me acuerdo, no me acuerdo ni siquiera del año. Sólo estas ráfagas, estos destellos que vuelven con todo y las palabras exactas. Sólo aquella cancioncita que no volveré a escuchar nunca. Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo. Qué antigua, qué remota, qué imposible esta historia. Pero existió Mariana, existió Jim, existió cuanto me he repetido después de tanto tiempo de rehusarme a enfrentarlo.

Recordar, más que nostalgia, es un acto de valor.


[1] Hernán Bravo Varela, “José Emilio Pacheco: nuevo elogio de la fugacidad”, entrevista a JEP disponible en: http://www.resonancias.org/content/read/993/jose-emilio-pacheco-nuevo-elogio-de-la-fugacidad-por-hernan-bravo-v/ 


nancyhgarcía
CC(by) Pascual Borzelli Iglesias.

*Nancy Hernández García (Cuautla, Mor., 1990). Maestra en Letras (Letras Mexicanas) por la UNAM; escribe la columna “hojasueltas” de la revista digital Amarcafé y lee poesía en sus ratos libres. Ganó el Premio Bitácora de Vuelos Ediciones 2018 en la categoría de Ensayo con el libro Palabra e imagen en Morirás lejos. Un acercamiento a José Emilio Pacheco, publicado en esa editorial.

Twitter: @lamusadelpoeta

Facebook: https://www.facebook.com/nancygiovanna

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