Memoria y olvido en El principio del placer

José Emilio Pacheco (1939-2014) fue uno de los narradores mexicanos más prolíficos de la segunda mitad del siglo XX. Es autor de novelas emblemáticas como Las batallas en el desierto y Morirás lejos así como tres libros de cuento y varios de poesía. Este sitio le rinde un homenaje a 5 años de su muerte. Las entradas ya disponibles pueden consultarse aquí: Edición especial José Emilio Pacheco. Agradecemos a Pascual Borzelli Iglesias y a Regelio Cuéllar por el material gráfico. 

José Emilio Pacheco me abrió las puertas a la literatura. Aunque mis primeros acercamientos fueron un fracaso. Parecería ironía afirmar lo primero  con tan malas lecturas, pero es que no se trata de textos que no entendiera o me resultaran pesados, porque con José Emilio jamás ocurrirá eso. Más bien era que –y aquí caeré en un lugar común– la sencillez narrativa de sus textos me hacía subestimarlos, sin que notara la infinita erudición y complejidad que había detrás de cada línea y párrafo cargado de memoria.

Tenía 14 años y una pierna fracturada, semanas atrás, en la biblioteca de mi escuela (una esquina del salón de usos múltiples en donde también arrumbaban la bandera después de cada lábaro patrio) el bibliotecario me había recomendado El llano en llamas, La ley de Herodes y Las batallas en el desierto, los tres son libros pilares dentro de mis influencias literarias, días antes de mi fractura ya había concluido La ley de Herodes y después El llano en llamas, de modo que para las 2 semanas que estuve recluido en casa sólo me quedaba Las batallas en el desierto. Lo leí en medio de los ruidos de las teles de mi casa y plagado de una sensación a típica familia grande, no fue mi mejor lectura y en ese primer acercamiento no me llenó de sensaciones; ahora le achaco esa pésima lectura al ambiente y a mi poca atención. Dos años después volvió a caer en mis manos el texto (ahora el ejemplar era mío), lo comencé afuera de mi casa cuando al regresar de la escuela noté que había perdido mis llaves y lo acabé a las dos horas ya en mi sillón, ¡estaba maravillado!, maravillado por la historia y la forma de narrar de JEP, de los escenarios que Carlitos hace tan suyos porque ahí está dejando varios años de su vida y, como la vida misma, esos sitios desaparecerán o cambiarán brutalmente (justo como lo dice hacía el final del libro). Ni hablar de la maestría para arrojar tantos datos al comienzo de la novela sin que uno se sienta abrumado o del bolero que a cada rato resuena en mi corazón… y de Mariana, ¡ah!, Mariana, con su juventud, con Kimono y un mini rastrillo o en una foto de bebé sin ropa, con su cariño maternal y el contraste que hace con el arquetipo de madre mexicana que tiene (¿padece, carga?) Carlitos. Tampoco olvido las descripciones políticas que hace el que fue un niño y se enamoró de la mamá de su amigo y lo cuenta muchos años después en un ejercicio de memoria y falsedad: ¿Mariana existió? Y me dan ganas de llorar cuando recuerdo esos días, y hasta hoy acepto mi primer mal acercamiento a José Emilio Pacheco, que cambió con esa segunda lectura y se evidenció en 3 cosas: escribí (porque por esos meses también leí Aura y Pedro Páramo) que muchos solemos subestimar las obras cortas por creer que extensión es sinónimo de calidad o por la ingenuidad de ver en la literatura nada más que historias; la segunda: comencé a referirme a JEP como el maestro Pacheco; y la más importante: me acerqué a leer más de la narrativa del maestro José Emilio.

Luego de releer Las batallas… mi siguiente lectura fue El principio del placer, libro que disfruté y que, según leí en varias reseñas, es su mejor libro de cuentos. Lo interesante llegó cuando, meses más tarde, me descubrí disfrutando más El viento distante, está bien, pensé, cada uno tiene sus propias apreciaciones y son válidas. Recuerdo que de El principio… me gustó mucho “Tenga para que se entretenga” y “La zarpa”, dejé un poco de lado “La fiesta brava” y “Langerhaus”; cuando me acerqué a El viento… me maravilló la extensión corta de los relatos y la constante evocación del pasado, la predominante figura infantil en casi todos los cuentos y la forma en la que pequeñas acciones se pueden volver los pilares de la trama. Fue una lectura de sorpresas. Luego me acerqué a su poesía y ahí todo ha sido sorpresa sobre sorpresa.

Llegó mi primer semestre de universidad y el tiempo (concepto muy presente en la obra entera de JEP) me hizo aceptar, tal y como lo dijo Fernando del Paso en su discurso-carta de agradecimiento por el Premio a la Excelencia Literaria “José Emilio Pacheco”,  que he sido un mal lector de su obra. En un trabajo para mi clase de literatura prehispánica analicé los elementos de la cosmovisión mexica en 3 cuentos del siglo XX, uno de ellos fue “La fiesta brava”, y sólo así, al meterme de lleno a analizar el cuento entendí su enorme complejidad y el gran conocimiento histórico que hay detrás de éste. Lo que en EL viento distante es la evocación del recuerdo, en El principio del placer es la memoria y el olvido. Los cuentos que integran el volumen (aunque no me atrevo a afirmar esto con el cuento inicial, que es el que le da título al libro) transitan en esa línea entre el pasado y presente, donde la memoria y sus múltiples caminos falsos impiden el desarrollo del tiempo presente de los personajes, además de esto, parece plantear una pregunta corrosiva: ¿el recuerdo de lo vivido fue real? De modo que la realidad de los personajes se desmorona cuando el pasado se vuelve neblinoso.

Me explico con dos cuentos: En “Langerhaus”, Gerardo se enfrasca en demostrarle a sus compañeros de primaria que tuvieron un compañero violinista de apellido Langerhaus cuyo padre es alemán y la madre suiza luego de que, al enterarse de su repentina muerte y comentarlo con sus compañeros, nadie lo recuerda. Pero conforme lucha por demostrarlo fracasa hasta que se da por vencido, regresa a su casa y duerme algunas horas sólo para despertar y darse cuenta de que el violinista es él. El cuento que cierra el libro, “Cuando salí de la Habana, válgame dios” es narrado por un tripulante del Churruca, barco que salió de La Habana con destino a Veracruz el 20 de mayo de 1912 pero llegó al puerto hasta el 23 de noviembre de 2012.

Visto así, se podría hablar de un libro de fantasmas, no convencionales evidentemente, sino del fantasma en que nos convertiremos todos con el pasar del tiempo.

El principio del placer es un libro que aborda la memoria desde el olvido y los estragos que esto genera.

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