Preguntas para Eusebio Ruvalcaba

Eusebio Ruvalcaba (1951-2017) fue uno de los escritores más prolíficos de México. Entre sus libros destacan Un hilito de sangre, Desde la tersa noche, Todos tenemos pensamientos asesinos, Una cerveza de nombre derrota, entre otros. Este sitio le rinde una Edición Especial con motivo de reunir las palabras de varios de los escritores que más frecuentaron su obra y su persona. 
Conforme se publiquen los textos podrán consultarse los enlaces en Edición Espcecial Eusebio Ruvalcaba (clic).
Agradecemos la generosidad y el interés de los autores convocados.
Carlos Sánchez*

Eusebio:

Te escribo al alba, cuando apenas los gallos tienen energía para aletear, cuando ni un café me despierta de esta resaca, continuación de la peda de anoche. Me dispuse a los tragos porque solo de esa manera podía yo cumplir con la encomienda de recurrir a tu nombre, de escribir con el dolor en las yemas de los dedos por la ausencia tuya, por lo que sí o por lo que no. Por el dolor que me provoca el recuerdo de tu mirada taciturna, este dolor feliz que me invade al evocarte con tu siempre actitud de niño travieso, por el privilegio de saber que un día un libro tuyo cayó en mis manos y al intentar transmitirte mi júbilo me paraste en seco, Porque eso es de maricas.

Muchos años ya evadiendo pensar en tu paso por la vida, y desde ese febrero infausto que vino a decirme que ya no estabas en las calles ni en las cantinas, todo se agudiza, la desolación al menor indicio de evocarte. Qué pinche traición me significa la muerte ahora. Por qué o para qué. Haces falta y con nada se cura esta añoranza. Incluso ya tus libros los dejé en una casa de estudiantes. En un librero apolillado, como un recurso para que de a poco las polillas acaben con mi memoria que no cesa de tanto extrañarte. No hubiera, querido Eusebio, amado Ruvalcaba, construir nunca oraciones póstumas. Pero soy tu amigo y eso me condena a tener qué decirlo. Explicar mi cercanía con tus letras, con tus palabras, con tus abrazos. La compañía como un imán que siempre nos atrajo.

Dice la muerte que ya no estás en la vida. Y no le creo. Sé bien que nunca dejarás de recorrer tus bares, tus talleres, la cárcel, los diversos estados del país adonde tantas vidas tocaste con tu luz, el conocimiento del que renegabas porque nada te creías. Sé bien, Eusebio, que tus letras, tu nombre, tu melomanía jamás podrá marchitarse.

No sé qué decir, pero cumplo la palabra en respuesta a esta diversidad de plumas que ahora hablan de tu persona. Y digo que un día te cargué en los brazos en la Plaza de Armas de Álamos, Sonora, adonde viniste a presentar tus tips para escuchar a Mózart. Y nos metimos a los callejones y me hablaste de tu amistad con Guillermo Arriaga y su paso vertiginoso en esa carrera de cineasta y de escritor. Le pediste a Guillermo, según me contaste, te regresara la pistola que le diste a guardar. Qué cabeza quieres que vuele, te preguntó, La mía, respondiste. Hablabas de verdad, invocando la edad de tus hijos, que en ese tiempo ya se valían pos sí solos, Eso me da la libertad de elegir de una vez, acotaste.

Te vi otra vez taciturno, abrigado con un jorongo, caminando los empedrados de la colonial Álamos. Te causaba gracia y felicidad la verborrea de un payaso en el kiosco y la alegría de los niños. Nos tomamos una cerveza Tecate roja, Porque de esta beben los hombres recios de Sonora, dijiste.

Fue la última conversación cercana que tuvimos. Ya después coincidimos en el Reclusorio Oriente, donde tú dabas una materia de Universidad y yo repartía talleres de creación literaria. Nos abrazamos dentro de una biblioteca. Fraternizamos con libros y un salud con la mirada. Luego nos marchamos bajo la llovizna dejando atrás la desolación que significa la cárcel, nuestros amigos en ella.

Traigo a cuenta ahora, porque necesito decirlo, aquella vez en el extinto panteón de Tlalpan donde luego de concluir una sesión de taller que instruías, nos bebimos unos tragos de tequila bajo tu lectura de un escritor cuyo nombre olvido y que cumplía aniversario luctuoso ese mismo día. Tu lectura conmovedora que nos llevó a los vagones del metro y un acto sexual sobre las vías.

Nos metimos luego a la Jaliciense, esa cantina donde tu presencia consuetudinaria fue un honor. De maestro te trataban y al instante los tragos estaban sobre la mesa. La travesura de una moneda que no entró en la rockola y esos mililitros de tequila y vino tinto que ingresaste a la cantina dentro de un par de botellas, una de agua y otra de sangría: Nos estamos ahorrando trago, decías con tu voz traviesa. De tarde salimos y la música sobre la plaza nos acompañó de alegría. De regreso a tu casa tú y nosotros a los intestinos del monstruo que es el de efe nos despedimos con un estrechón de manos.

Escribo, Eusebio, del privilegio que es conocerte, de lo aleccionador que es tu paso por la vida, de cómo en cada uno de tus libros escritos dejaste impresa tu pasión por el oficio. Escribo, Eusebio, sobre la disciplina férrea con la que desarrollaste tu profesión de letras, de cómo le robabas tiempo siempre a la vida para cumplir con tus entregas a tiempo, en esas salas de redacción, en las diversas editoriales, en el más puro compromiso que te significó la literatura. La enseñanza que nos imprimes con tu compromiso ante todos y sobre todo.

Destaco el profesionalismo que te arropó siempre. Lo digo porque luego nunca falta que alguno de esos escritorcitos de “fama que no prestigio” y muchos de ellos que tú apoyaste, ahora nos vengan a  decir que tu actitud fue siempre la de un bohemio, y no como una virtud, sino con ganas de joder y reprobar tu alegría frente a un trago de mezcal.

Muchas preguntas, Eusebio, me generan tu nombre: ¿cuántos libros escribiste, cuántas vidas tocaste con ellos, cuántos talleres fundaste y hoy son continuidad, cuántas columnas entregaste en los diversos medios donde colaborabas, cuántos tragos te sirvieron, cuántas notas escuchaste, cuántos discos hay en tu memoria, cuántos violines y pianos contemplaste, cuántas mujeres te abrazaron, cuánto dura la vida, Eusebio?

No se me olvida tu simpatía de no saber bailar. Lo intentabas al decir: Estoy tratando de agarrar el paso.

Y antes de concluir con esto para luego seguir con el malestar de la resaca, extraigo estas palabras que un día me enviaste por correo electrónico:

“el tema de la salud siempre está ahí. le prometí al doctor ceñirme a los preceptos médicos a partir de 2010. como ya es costumbre en mí, tengo alta la azúcar. pero a partir del 2 de enero me ocuparé más de la dieta y esas cosas. en fin, ya sabes cómo es esto. más me importa mi salud creativa. escribo mucho, no me doy por vencido. es el único modo de resistir la muerte. te hago llegar todo, todo mi cariño. besos ardientes a tu familia. Eusebio”.


Carlos Sánchez. Foto cortesía de nitro.-press.com

*Carlos Sánchez. Escritor y periodista. Ha sido ganador del Concurso del Libro Sonorense en la categoría de crónica por Matar, publicado por Nitro Press en 2013.

Entre sus libros se encuentran La ciudad del Soul, Matar, Hazlo por mi corazón, Entrevista con el poeta, En el mar de tu nombre entre otros. Ha impartido talleres de escritura en diferentes centros penitenciarios.

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