Morir bajo el peso de trescientos veinte libros

Eusebio Ruvalcaba (1951-2017) fue uno de los escritores más prolíficos de México. Entre sus libros destacan Un hilito de sangre, Desde la tersa noche, Todos tenemos pensamientos asesinos, Una cerveza de nombre derrota, entre otros. Este sitio le rinde una Edición Especial con motivo de reunir las palabras de varios de los escritores que más frecuentaron su obra y su persona. 
Conforme se publiquen los textos podrán consultarse los enlaces en Edición Espcecial Eusebio Ruvalcaba (clic).
Agradecemos la generosidad y el interés de los autores convocados.
Carlos Bortoni*

a León Ricardo Ruvalcaba… con un poco de esperanza de aliviar la carga.

El siete de febrero de dos mil diecisiete… Eusebio moría a causa de una serie de complicaciones en las que devino el tratamiento de un hematoma cerebral.

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Dicho hematoma fue consecuencia de un golpe en la cabeza que Eusebio se dio ―eso tengo entendido― en la calle. La verdad histórica de este acontecimiento me preocupa poco.

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Eusebio murió en la cama de un hospital.

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Eusebio me dijo… en un par de ocasiones… que le gustaría morir aplastado por la repisa en la que tenía sus libros de cabecera. Morir en su cama. Golpeado por la repisa y el peso de los libros bajo los cuales dormía. Lo decía sonriendo.

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Resulta evidente que Eusebio dormía bajo el peso de esos trecientos veinte libros de cabecera. Lo que no es evidente es si vivía bajo el peso de esos trescientos veinte libros. Bajo el peso de El país de las ultimas cosas, de Las flores del mal, de El complot mongol, de los dos volúmenes de la Prosa completa de Borges,  de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, de los Cuadernos de Cioran, de Crimen y castigo, de El coronel no tiene quien le escriba, de El rey de la Habana, de la Ilíada, de las Memorias alcohólicas, de los Pensamientos de Pascal, de El Padrino, de El apando, de  La leyenda del santo bebedor, de El jardín y el mausoleo, de El rey Lear, de los Diarios de Tolstoi, del Tao te king, de El libro vacío.

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La lista completa ―de los libros de cabecera de Eusebio― puede revisarse en su libro: “52 tips para escribir claro y entendible” publicado por Lectorum en 2011.

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Esa muerte anhelada bajo el peso de los libros… revela un aspecto fundamental de la lectura que suele dejarse de lado en campañas y discursos inocuos ―ñoños diría Eusebio― sobre la lectura: ningún libro es una aventura que nos amarre a la vida… que nos llene. Por el contrario… todo libro es una condena que ancla nuestra existencia obligándonos a morir por entropía… vaciándonos a cuenta gotas.

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De ahí que los libros sean ―en su mayoría― rectangulares. Porque son lapidas que marcan el lugar donde se encuentra una sepultura.

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Uno no vive acompañado por las lecturas que lo han marcado. Uno muere bajo el peso de la marca de los libros que ha leído.

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Los libros de cabecera de Eusebio ocupaban dos repisas completas ―una sobre la otra― que rebasaban el ancho de su cama. Eusebio dormía debajo de trescientas veinte lapidas.

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Me gusta pensar que el siete de febrero de dos mil diecisiete… Eusebio moría a causa de un golpe en la cabeza ―propinado por la repisa inferior de sus libros de cabecera que… con el paso del tiempo cedió al peso de los ejemplares impresos y terminó por venirse abajo.

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Eusebio murió en su cama. Sepultado debajo de cientos de libros que se desparramaron generosamente sobre su cuerpo. Con esa generosidad que caracterizaba a Eusebio.


CC(by) Enrique Campos Romo

*Carlos Bortoni (Ciudad de México, 1979) escritor mexicano perteneciente a la llamada “Generación Inexistente”. Autor de los libros de narrativa: El imperio soy yo (Nula, 2007), Perro viejo y cansado (Nitro/Press, 2014) y Tormentas en vasos de agua (Abismos, 2015). En 2007 fundó la ahora desaparecida Editorial Nula y en 2013 el Sindicato de Escritores Independientes (S.E.I.). Parte de su obra ha sido traducida al inglés e italiano. La crítica ha elogiado su mirada singular, su prosa de trazo imprevisible y el lenguaje funcional, sin encrucijadas ni andamiajes «posmodernos», que logra germinar una narrativa de sello personal.

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