Tolkien: la paciencia de un romántico

Doris Camarena y Ricardo Bernal *
El 3 de enero de 1913, John Ronald Reuel Tolkien cumplió 21 años. Ese día, él comunicó a su amada Edith Bratt que al fin era mayor de edad y, por lo tanto, libre para unirse a ella. La historia se remontaba a cinco años atrás, cuando Tolkien conoció a Edith e iniciaron una amistad que pronto escaló hacia un claro enamoramiento entre los dos jóvenes, él de sólo dieciséis años y ella de diecinueve. Ronald, junto con su hermano Hilary, había llegado a vivir en una de las habitaciones que una señora Faulkner rentaba en su casa. Ahí ocupaba otro cuarto la también huérfana Edith. Al enterarse del romance, el padre Francis Morgan, tutor de los hermanos Tolkien desde la muerte de la madre de ambos, prohibió terminantemente al joven Tolkien continuar sus relaciones con Edith, pues temía que un matrimonio precoz arruinase el futuro del muchacho. Así, los enamorados se separaron, Edith se cambió de casa y él partió a Oxford para continuar con su educación. Todos, incluso la propia Edith, creían que aquel amor inocentón desembocaría en un inevitable olvido. Todos menos Ronald Tolkien, quien dedicó los primeros minutos de su mayoría de edad a escribir la carta que convenció a Edith de cancelar el compromiso matrimonial que ya había concertado con el hermano de su mejor amiga y aceptar a Ronald Tolkien como su futuro esposo. Si bien este podría sonar como el relato edulcorado de un romance adolescente, en realidad es un dato clave para entender a uno de los escritores más influyentes de la literatura universal. La paciencia y la constancia de Roland Tolkien fueron las cualidades que exhibiría, no sólo en el carácter de sus personajes sino en la construcción de toda su obra, como lo demuestra la minuciosidad de crear, no sólo un mundo como la tierra media, con sus detallados mapas, sino un complejo lenguaje como el élfico. Varios analistas de su obra atribuyen esta singular paciencia al catolicismo de Tolkien, cuya religiosidad ha sido objeto de sesudos argumentos. Es un hecho que la fe católica fue un elemento fundamental en su vida puesto que esa fe, junto con el amor por el lenguaje, fueron los legados más significativos de su añorada madre. De alguna manera fue también su religión la que lo encausó por la senda narrativa. Tolkien, como buen católico practicante, valoraba mucho las navidades, y solía escribir a sus hijos largas cartas como si éstas fueran mensajes de Santa Claus para ellos. Esas cartas fueron publicadas en 1976 bajo el título de Las cartas del padre navidad (Letters from father Christmas). Además, Tolkien solía contar a sus hijos numerosas historias con frecuentes moralejas. De este hábito de contar historias a los más jóvenes nació el que se convertiría en su primer relato de ficción: El Hobbit, que fue publicado como libro infantil. El Hobbit tuvo una exitosa recepción, aún tomando en cuenta que su salida al mercado se llevó a cabo en 1937, en los albores de la segunda guerra mundial. Con todo, el editor encargó a Tolkien más material semejante a El Hobbit. Él le entregó un texto que el lector de la editorial juzgó impublicable, así que el editor le solicitó entonces la segunda parte de El Hobbit, sin saber que tendría que esperar largos dieciséis años para recibirlo. El resultado final de esa gran pausa fue la novela El señor de los anillos.

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Respecto al texto que la editorial rechazó tras la publicación de El Hobbit, se trataba de un misterioso y extensísimo libro en el que Tolkien, para entonces ya un catedrático experto en mitología nórdica y finlandesa, pretendía “inventar” la mitología británica. Iniciado en 1917, este libro era el Quenta Silmarillion o Silmarillion, que jamás terminaría y que sería publicado algunos años después de su muerte por su hijo Christopher. Especialistas en Tolkien consideran que para completar el Silmarillion tal como Tolkien lo proyectó, se necesitarían varias decenas de escritores trabajando durante toda su vida. Después de todo se trataba, ni más ni menos, de la historia total de un mundo en cuya factura nuevamente sale a relucir la enorme paciencia de su creador.
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Portada de The Silmarillion
La travesía de años que los hobbits emprenden hacia Mordor, y su regreso a la Comarca, que además deben reconstruir, es en gran medida un reflejo de la dedicación que Ronald Tolkien estuvo dispuesto a emplear en la construcción de su Tierra Media. Pero al final, la paciencia de la que hablamos, en Tolkien va mucho más allá de la habitual disciplina que cada escritor invierte en su propia obra, sobre todo si consideramos que la prodigiosa extensión del Silmarillion fue escrita sin pensar realmente en su publicación, con el solo fin de dar forma a un mundo alucinante, con el solo afán de la búsqueda de belleza que, para un buen romántico, bien vale una vida.

* Doris Camarena y Ricardo Bernal son escritores y profesores de literatura fantástica, ciencia ficción y terror. Dirigen desde hace varios años la Biblioteca de la Mandrágora, donde imparten sus mejores cursos.

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