Baño con Sal

Sylvia Aguilar Zéleny*

Sumerjo tu cuerpo en el agua de la tina. Tu brazo rodea mi cuello. Las puntas de tus dedos se empuñan de a poco en mi hombro. Así es como sé que el agua que yo siento apenas tibia es, para ti, como un hervidero. No quema, te quema. Tu piel lo siente todo tan diferente. Tu piel es se ha vuelto la más delgada tela de cebolla. Te digo, la sientes muy caliente, pero está tibia, como siempre, como a ti te gusta. Anda. No me contestas. Si tan sólo me dijeras sí o no. Ahora siento tus uñas en mi piel. No puedo decir que me duele, a fin de cuentas es lo más intenso que me has brindado en los últimos meses. Pero las encajas, te encajas, es tu forma de decirme que no, que no puedes, que el agua así no.

Lara, ¿quieres que le abra un poco a la fría? Te pregunto. Aprietas la mandíbula y la mueves en un sí. Te siento en la orilla de la tina, te recargas en mí. Abro la llave de nuevo y dejo que salga un poco de agua fría, hago círculos para mezclar temperaturas. Miras el agua, miras el chorro caer, dejas caer suavemente tu cabeza sobre mi hombro. Me pregunto en qué piensas. Me gustaría saber qué piensas todo el tiempo y es que no me acostumbro a tu silencio, al silencio.

Nos rodea el silencio.

Toco el agua, tomo tu mano para que la pruebes. Tu cabeza en sí. Te quito la toalla y comienzo el largo proceso de sumergirte de nuevo. Pies, piernas, tu torso. Te acomodo con cuidado, saco uno de mis brazos, el otro lo deslizo por tu espalda hasta tu cuello, no lo quito, me aseguro antes de que tu cabeza esté cómoda, hago de tu toalla una almohada de baño. Con mi mano mojo suavemente tu cabeza. Espolvoreo un puño más de sales. No se van a deshacer, el agua está más fría que tibia. Te lo digo, levantas tus hombros para decirme no importa. Te ofrezco abrirle un poquito a la caliente. No. Me levanto, dedico una larga mirada a tu cuerpo dentro del agua.

Después de unos segundos, sacudes la mano, la barres al aire para decirme: salte. ¿Necesitas algo más? Tu rostro en no. Tus ojos me sacan del baño. Ya voy, ya voy, te digo. Regreso en un ratito, te digo y te beso la frente. Tomo una toalla, me seco brazos y manos. Levantas las cejas, me apuras, me dices, déjame. Tengo un diccionario de las frases que leo en tus ojos. Porque ya no hablas. Extraño que hables.

Hablar también te duele.

Todo te duele. El cuerpo te duele, las manos te duelen, respirar te duele.

Ésta, que todavía no es la muerte, te duele. Es un algo lento, un algo sofocante. Sí, esto sofoca. Nos sofoca. A mí también, sí. Digamos que me duele de otra manera. Yo hago como que no. Yo finjo que esto es solo algo pasajero, un virus que como llegó, se irá. Pero el cúmulo de síntomas dictan algo más. Yo hago como si no supiera que de aquí no hay regreso. No hay cura. No tenemos futuro. Nuestra vida se ha convertido en esto y tú también lo sabes. Lo sabes cuando tocas esa campana cuando no estoy contigo en la habitación, la campana que me pide agua, medicina, una almohada, un cambio. Algo. Todo.

Supongo que es esto lo que más te apena, lo que más te molesta. Soy yo la que tiene que limpiar tu cuerpo. Mis manos y mis ojos invadiendo lo más íntimo. Desde el principio te dije que no le dieras muchas vueltas, te lo digo a cada rato, deja de preocuparte, es natural. Una vez, antes de que dejaras de hablar casi por completo, me preguntaste si me daba asco. Si tú me dabas asco. Te dije, tú lo harías también por mí.

La verdad es que cuando te limpio y tiro la tela sucia, tiro también la certeza de que no, tú no lo harías por mí. Lo sé y lo sabes. Eso es lo que nos hace diferentes. Ni los diez años que tenemos viviendo juntas y casi la mitad de ellos viviendo el progreso de tu enfermedad cambian eso. Somos diferentes. Yo amo, tú, me dejas amar.

Antes eras tú quien dirigía la orquesta de nuestras vidas. Eras tú la que decidía quién hacía qué, cuándo y cómo. Tú mandabas y yo simplemente hacía, seguía tu pauta, tu ritmo, tu voz. Ya desde entonces nuestros roles eran estos. Y ahora aunque yo dirijo la orquesta, aunque soy yo quien decide el día a día, en realidad tú llevas la batuta. Tus ojos, un dedo índice, tu cabeza, decide. Yo me encargo de ti, de la casa, pero tú te encargas de la vida que nos queda.

La vida que nos queda.

Escucho el agua, imagino las pequeñas olas que formas lentas en la tina. Olas lentas, olas sin ganas. Tus brazos soñando ser ligeros otra vez. Imagino cómo las sales finalmente se deshacen poco a poco al estar en contacto con tu piel. Las sales llenándote de una vida que ya no tienes. En eso piensas, estoy segura, en lo que ya no tienes, en lo que ya no eres.

Abro tus cajones, busco un camisón limpio, unas calcetas. Encuentro entre tus cosas esa foto en la que tú me cargas sobre la arena de la playa, esa playa. Nuestros rostros sonrisas gigantes. Tus manos abarcándome toda, siéndome toda. Parece que fue ayer y, sin embargo, parece que no ocurrió nunca. Parece que siempre, siempre hemos estado así.

Tú enferma, yo tu enfermera.

Solo nosotras. Solas las dos.

Solas.

Las dos en este enorme departamento que se cae en desaliento como tú y como yo. Es como si al enfermarte tú, todo se hubiera enfermado, como si todos los años nos hubieran caído encima y no hay sal con qué curarnos o con qué contenernos.

Tú te bañas con sal, yo me baño en sal.

Tu sal.


Foto: Alejandro Meter

*Sylvia Aguilar Zéleny. (Sonora. 1973). Maestra en Escritura Creativa por la Universidad de Texas, donde actualmente da clases como escritora invitada. Reside en Estados Unidos desde 2010 y ahí coordina Casa Octavia, residencia para escritoras en El Paso. Es autora de los libros: Una no habla de esto (2007), Nenitas (2013), Toda esto es yo (2016), Basura (2018) entre otros.

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