Cerrando puertas

Judith Castañeda Suarí*

Estás detrás de la verja. Tus uñas arrancan la pintura de los barrotes. Me miras, los ojos convertidos en una súplica: Ábreme, por favor. Quieres entrar. Guardo la llave del candado que te detiene en un anillo de plata, junto con otras. Piezas dentadas, pequeñas, algunas largas, en vez de diamantes y una promesa de morir juntos. Las llaves entran en la cerradura de otras casas, pertenecen a gente cuyo rostro no recuerdo.

Ahora sólo tengo presente el tuyo, que también se evaporará. Es una ensarta de arrugas y perlas grises alrededor del cuello. Los tonos del cielo se hilvanan a tus pómulos, tienes una hoguera sobre los hombros.

Introduces una uña en el candado. Das vuelta al dedo, hecho raíz luego de la artritis. No puedes abrir, en cambio, gotas rojas colorean el césped, helechos amarillos, y lo convierten en la flor que sólo se da una vez al año, entre árboles con escarcha y cristales congelados de viento, ¿recuerdas cuál es su nombre? Ese mes las encuentras en cualquier mesa, puerta, sala, jardín, forradas de luces y hechas de tela. Es como si un huracán esparciera cada semilla existente.

Cuando este lugar era un jardín, corrías junto con otros niños detrás de una falda negra, de unos tobillos ocultos. Pedían dulces y jugar a las escondidas. ¿Quiénes eran ellos?, ¿la mujer de la falda? A lo mejor desaparecieron en este momento, cuando la tarde está a punto de morir. Quizás observen entre los helechos. Aguantan la risa esperando no ser encontrados. Dime sus nombres, tal vez así salgan y digan el tuyo. Te esfuerzas. Intentas pensar, recordar. No disimules, ni tu reflejo te parece conocido.

Aun de espaldas estoy mirándote. Las raíces al final de tu brazo piden clemencia, suplican la caída de la herrumbre que entorpece el mecanismo del cerrojo. Y las pupilas casi ciegas, grises, se vuelven líquidas y resbalan, apagando el fuego de tu rostro. Las últimas pinceladas rojas dieron a luz a la noche.

Abro la puerta de madera labrada. Rosetones circulares y racimos de tres hojas me miran, muestran el pequeño recibidor. Entro. Volteo, no has dejado de llorar. Te arrodillarías si en las piernas aún existiera la fuerza de cuando tus cabellos eran castaños sin necesidad de teñirlos. Sonrío. Te dejé en la acera y yo puedo hacer cuanto me plazca. Cierro con llave, estoy en tu casa.

El aspecto interior corresponde al de la fachada; las paredes lloran yeso y los ladrillos alrededor de la ventana están despegándose; el mobiliario es polvo e insectos transcurriendo su vida colgados de un hilo nuevo.

No has cambiado la decoración desde que heredaste la casa. Al trasponer la entrada salí del tiempo de la calle; casi estoy seguro de haber descendido de un carruaje de caballos negros que se aleja sobre el camino de piedras.

Limpio mis zapatos en el tapete. Lodo y fragmentos de hojas amarillas modifican su estampado de flores rosas y verdes, le añaden humo, lo cambian de color. Después de empujarlo con el pie, entro al recibidor flanqueado por un tapiz de pequeñas grecas blancas. Me quito el sombrero y el sobretodo, los cuelgo en el perchero. El forro del sobretodo le limpia las telarañas; las tarántulas deberán tejer una nueva residencia.

Un espejo. Miro mi mano, el anillo repleto de llaves duplicado en esa luna rectangular. Lo coloco sobre la mesa de patas curvas. Su cubierta parece de mármol rosa. Me dejo caer sobre el sillón cubierto de flores iguales a las del tapete.

Vuelvo a ver el fondo del espejo, listones de metal encierran parte de un recibidor idéntico. Fuera de allí, junto a la puerta, el perchero con el sobretodo y el sombrero parece un mayordomo que permanece inmóvil mientras un visitante llama.

En la pared aparece alguien de cuya presencia no me había percatado. Me sobresalto al sentirme visto. Volteo, los ojos de una mujer de óleo fijos en los míos. Un retrato, ¿podrías creer que la confundí con una persona viva? El artista es diestro con los pinceles, supo robarle algo a su modelo. Tú debes saber quién es, o era ella. Está en este mismo sillón. Su mano, un guante de tan blanca, reposa en la mesita. Detrás, el espejo reproduce las plumas de cuervo que son sus cabellos. Sus ojos se parecen mucho a los tuyos: grises, derritiéndose. Tal vez lloraba al posar obligada. No creo necesitar un guía de turistas en cada sitio, pero me gustaría saber si es algún familiar tuyo, si la conociste.

Escuchas mis dudas aun estando fuera. Yo también lo hago, tus pensamientos son frases duplicadas en la voz de la ninfa: ¿quién es ése que con su pregunta ha borrado un fragmento de mi pasado? Podría contestarte: “Ese pasado es una serie de imágenes de la vida de otra persona”. Prefiero insistir. ¿No das con la identidad de esa mujer?, ¿el cuadro no te ayuda?

Los lugares tienen memoria, dicen, cuanto pasó entre sus muros queda ahí, flota, respira con fuerza cuando se le busca. Es un momento propicio para comprobarlo. Aquí hay algo, sí, en el tapiz, embarrado en el espejo. Como con espátula desprendo la escena: el rostro de la mujer del cuadro junto al de una niña de caireles y encajes alrededor del cuello. Se parecen, los ojos son idénticos. La mujer despega los labios de la mejilla de la pequeña, sale. Cuando la puerta se cierra detrás de ella, de su enorme equipaje, la niña le grita y quiere que la lleve. Unos dedos iguales a los tuyos se prenden a sus hombros, la obligan a permanecer sobre el tapete. Sólo un segundo; la niña los aparta y corre a la habitación más próxima. No sé si al escenificarse por segunda vez el recuerdo te diga algo, ¿se habrá hecho humo? Probemos. Tengo la certeza de que esa niña tiene algo que ver contigo. ¿Así eras a esa edad? ¿Dónde iba la mujer? ¿Al final regresó? No encuentras las palabras para contestar.

Sigo mi camino. La sala, sillones cubiertos con sábanas, telarañas flotando en la luz. La luna entra por la ventana; cortinaje abierto, de terciopelo. Mi mano sobre el respaldo desprende polvo.

Te recomiendo limpiar este lugar. Tal vez haga falta renovar los tapices, cambiar cortinas, sería un museo perfecto. Espero no molestarte. Sólo piénsalo, imagina un momento la repisa llena de porcelanas, los comentarios, las fotografías. Pero es necesario un estilo de figuras homogéneo, el actual no funciona. Altas y finas, lustrosas, de formas redondas y opacas, pequeñas, niños con pelotas rojiblancas junto al zapato y ancianos pasando la eternidad en una banca, hombro con hombro, mirándote. Tal vez no haga falta renovarlas sino colocarlas en diferentes estantes, clasificándolas por su material, colores y diseño.

Mira, esta figura alargada podría ser la principal en una vitrina dedicada a la proximidad de la muerte. Parece hermana del Quijote; en lugar de una armadura vieja porta un vestido que no permite observar sus zapatos. Con ese barniz mate y apariencia de cartón, de principios de siglo, puedo adivinar unas botas cubriendo los tobillos, cintas blancas rematadas con un moño. La edad no permite llevar tacones.

¿Fue un descuido colocar su rostro vuelto hacia la puerta? No ha dejado de observarme, como a ti. Su mentón altivo te reta a comprobar una presencia dentro de ella: la anciana que te cuidaba.

Cuando la viste en el ataúd pensaste que se levantaría y en vez de tener las manos rígidas, una contra la otra, sostendría tus caireles sobre su pecho. Esperaste. Nada; los cirios, los candelabros de plata y cera que coronaban una sala enorme de tan vacía, siguieron cercando la inmovilidad de su cuerpo.

No querías enfrentarla, ¿recuerdas? Preferías imaginar sus larguísimos dedos sobre el piano, viajando a través del Réquiem de Mozart. Esa anciana ocupó el lugar de la mujer que se fue. Pero, ¿qué parentesco tenía contigo? ¿Abuela, tía? Toma algo en cuenta: estoy dando por hecho que esa niña y tú son la misma persona, aunque no creo que lo recuerdes dentro de cinco segundos. A cada paso mío una escena se vuelve irrecuperable.

Antes de ir al pasillo cierro las cortinas. Todavía esperas, tus manos ahora forman parte de la reja.

A la alfombra la vigilan puertas abiertas, rectángulos de luz artificial. El azar me invita a asomarme a una. Detrás encuentro algo que tal vez te gustará olvidar: un hombre de traje gris y rayas blancas te obliga a sentarte con las piernas juntas, y la servilleta hecha un triángulo de tela blanca sobre el regazo, a mantener los hombros rectos y el dedo meñique señalando la ventana siempre cerrada. ¿Para qué necesitabas esas enseñanzas a los nueve o diez años? Ni siquiera ahora lo sabes.

Nunca has usado el comedor. Diez plazas, sillones de piel en los extremos de una mesa con apariencia de espejo de cedro. Vajilla en la vitrina; porcelana, flores de durazno en los bordes. Demasiado. Prefieres comer en la cocina, junto a tus hijos y la eterna ama de llaves que los cuidó desde su nacimiento.

Aquí no queda nada. Cierro la puerta y anexo la llave a las demás en el anillo. Mi sombra continúa dibujándose a lo largo del corredor. Un cuadro más pálido sobre el tapiz es el sitio vacío de un retrato, supongo. El espejo hace más amplio el pasillo, esculpe otro jarrón sobre una segunda mesa. En la cerámica, la geisha despide a su samurai metida en un kimono rojo, rodeada de árboles rosas. Volteo, los racimos claros pegados al techo se apagan al acercarme. ¿Por qué la oscuridad invariablemente acompaña al olvido? No pierdo la esperanza de encontrar en alguna casa una desmemoria luminosa.

Subo, recojo con las yemas el polvo del barandal. Me asomo a una puerta. Observo un recuerdo bañándose en la tina, envuelto en nubes de vapor. Las flores verdes de la orilla se convierten en espuma y acarician los hombros de una mujer. Sí, eres tú. Te extrañará que vuelva a referirme a ti en tercera persona. Me gusta y no soy el único. A ti también. He formulado una teoría: si uso esa voz, las escenas borradas aparentan pertenecer a otra persona y le duele menos a la memoria.

Pero me estoy alejando de la imagen, te hablaba de esa mujer. Ahora es dueña de la casa por la que todavía vaga su niñez. No veo al anciano que la mantuvo enclaustrada cada fin de año escolar, tal vez sea una de las dos tumbas al fondo del jardín. Ángeles en actitud de orar, tulipanes marchitos. Después de todo lo quería.

Si él la viera, la sacaría a golpes del baño y la regresaría al colegio de religiosas. Aunque su espalda reposa en la tina, sus senos soportan el peso de otro cuerpo. Los ojos grises naufragan en la espuma junto a otros. Verdes, cortinas de piel morena. Un hombre le acaricia los brazos. Se apoya entre sus piernas. Los dedos anulares de ambos lucen argollas con una inscripción. Una letra “A” de líneas cursivas ahora sin significado alguno. En vista de tu falta de hipótesis, yo puedo darte algunas: el nombre del bar, tienda o calle donde se conocieron, parte del escudo de armas de la familia de él, seis generaciones más antigua que la de ella, la inicial de sus nombres.

¿Con qué letra comienza tu nombre? ¿Tienes uno?

Encierro las nubes detrás de la puerta. El vapor quiere derribarla, rebota en los mosaicos, presiona con sus miles de manos en la ventana que da al patio trasero. Otra llave a mi anillo, otro recuerdo hecho cenizas en su proyector. ¿Dónde quieres que lo tire?

Alargo la vista. No encuentro más habitaciones, sólo clausuras, sólo la fragilidad de unas tablas cayéndose de polilla. Queda por correr la cortina del fondo del corredor. Me acerco, acaricio el encaje, sonrío; la ventana es apenas mayor a una rendija, las estrellas disfrazaban su pequeñez.

Mis pisadas no son las únicas sobre la alfombra, están conmigo los niños que hace muchísimos fines de semana dejaron de correr aquí. Sus risas, desde la pared, susurran en mis oídos. No son los acompañantes de la niña de caireles rubios en su carrera hacia la falda negra, estos tratan de alcanzar unos breves tacones de aguja que tocan el Réquiem sobre los escalones, a la mujer del baño. La reconozco por el anillo, algunas hebras blancas empiezan a asomarse entre sus rizos.

Al ver la postal piensas que esos sí son hijos, no los que se dicen tuyos. La palabra hijo convoca a niños pequeños corriendo en el patio, luego de clases, o sentados contigo para escuchar sobre un camino de migajas bosque adentro y una bruja. Los hijos no son hombres que ayudan a una anciana a bajar del auto, ni mujeres que la acompañan a probarse pantuflas con ribete de peluche y la siguen como si fueran parte de su sombra, que no la dejan si no es para dormir. A ellos no los reconoces. No son tus hijos y en cambio tal vez lo sean esos niños que cada sábado juegan en el jardín.

Cierro la cortina, no resisto volver a mirarte. Tal vez sean figuraciones o lo pequeño de la ventana, pero te veo como una estatua frente al jardín. Eres el monumento al olvido. Ahora tienes las manos a cada lado. Y no suplicas, sólo esperas. Me alejo. El ruido en el pasillo se apagó.

Bajo. La oscuridad cobija al corredor, su aliento no me deja pasar. Ni siquiera distingo los bordes de la mesa, el brillo del jarrón oriental. No queda nada por hacer, cada habitación ha sido clausurada.

Estoy a punto de salir cuando mi mano tropieza con una perilla que no había notado. Una última puerta abierta, una ojeada a los sillones. Un triángulo luminoso baja del techo hasta tocar otro féretro, ¿esta vez quieres verlo? Lo mismo te preguntas, no hay respuesta, no hay alguien mayor en cuyos hombros puedas llorar, otra persona en quien descanse la responsabilidad; los hombres que ahora dicen ser tus hijos aún no crecen, su edad no les permite acompañarte. Para ellos, papá hizo un viaje largo a bordo del primer avión invisible. Debes presidir los rosarios y la misa de cuerpo presente, debes vigilar los cirios y la caja mientras desciende a la oscuridad del olvido.

Te asomas. El cuerpo moreno se despide con las manos sobre el pecho. La “A” en su dedo anular parece formada con diamantes. Brilla sobre tu frente. Tus labios rozan el metal, intentas despertarlo con baños de lágrimas y aliento en su paladar. El gris no se evapora de sus mejillas; los párpados tampoco descubren los ojos verdes, invitaciones a tomarlo del brazo, a decir “sí” frente al altar de apóstoles y nubes. Colocas un clavel sobre su corbata roja, contestas su despedida.

Recuerdas cuidar su sueño de pastillas y suero. La almohada abrazándole la cabeza. ¿Qué pasó con él? ¿Por qué dejó de ser la máquina de funcionamiento perfecto que cobijaba tu pecho? He vuelto a dirigirme a ti en primera persona, tus reclamos, súplicas desde la acera, lo exigen. Estoy cansado de hacerte creer que clausuro otra casa, de tenerte compasión.

–No te lo lleves, sólo él me queda. Eres dueño de su recuerdo, de sus ojos, de su dedo dentro del anillo, te pertenece su cuerpo fuera del ataúd, reposando sobre mi pecho. También nuestros hijos. En un momento no reconoceré el rostro de quien durmió junto a mí. Quiero conservar en mi mente la tumba junto a los rosales, el camino de curvas ascendentes, las rejas del viejo cementerio. No quieras dejarme vacía. Tienes cada momento de mi vida en tu llavero, por lo menos déjame su muerte; no me gusta estar sola.

Despiertas de tu letargo de piedra. Quisieras destrozar el candado, triturar con los zapatos los helechos rojos y sacarme de tu casa a empellones. No puedes. En cuanto tiras de la cerradura, tus dedos estallan, parecen cristal. Sigues gritando. Sientes cómo, sin estar cerca, aprisiono tus muñecas.

Tu fragilidad me permite defenderme, decirte junto al cuello que la avaricia, en mí, cambia de nombre. No es un pecado, algo evitable. Cuando llego a una casa, mis manos sólo se dedican a cerrar puertas de goznes que se quejan con cada movimiento, a hacer más espesas las telarañas de los rincones. Es mi naturaleza y no tengo por qué justificarme ante ti.

Tengo una última pregunta, ¿conoces al hombre dentro del féretro? Te quedas callada, no sabes por qué lloras. Tus gritos se van haciendo mudos. Se extinguen.

Cierro la puerta y me atrinchero en el sótano. Una alfombra de polvo cubre los escalones, se rasga bajo mis pies. Por lo común, estos sitios guardan restos de memorias. Así, busco entre sillas rotas, cojines sin plumas y cajas llenas de revistas. Literatura soviética, arreglos para automóviles, reparaciones caseras con una promesa de ahorro para los lectores, la letra de una canción del grupo de las últimas páginas. No encuentro nada relacionado contigo. Tus huellas no están grabadas aquí, y tampoco creo que hayas aprendido el método para limpiar y colocar una bujía.

No queda nada en tu cerebro, cada una de sus puertas está cerrada y la memoria no puede escapar. Yo tengo las llaves en el aro pendiente de mi bolsillo. Me quedo en el sótano, escondido junto a la antigua vajilla azul. Acompañándote por siempre. Aunque siempre sea un tiempo indeterminado, no tengo intenciones de abandonar tu cabeza.

Te he convertido en el perpetuo presente, el recuerdo de un segundo antes. Soy el dueño de tu historia.


Este cuento forma parte del libro La distancia hasta el espejo, ganador delPremio Salvador Gallardo Dávalos 2005, en la categoría de narrativa.Instituto Cultural de Aguascalientes, 2006.


Foto obtenida de Facebook

*Judith Castañeda Suarí. Autora de La distancia hasta el espejo, Dios de arena y Aire negro. Ha participado en las antologías Ráfaga imaginaria y Vamos al circo entre otras.
En 2005, recibió el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos. En 2007, ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Alejandro Meneses y el Premio Nacional de Narradores Jóvenes María Luisa Puga.
Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultural y las Artes en dos ocasiones.

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