Ciudad de perros

Aldo Rosales Velázquez*

Ese día, el 22 de un mes que ya no recuerdo, se estrenaba una película que había sido censurada y prohibida cuando yo era adolescente; quizás la película no era tan buena, nada digno de ser recordado, pero la prohibición a la que fue sometida, durante tantos años, creó alrededor del lanzamiento una especie de aura incontenible. Todos los que la habíamos esperado, de una manera u otra, veríamos recompensada nuestra paciencia. Algunos, me incluyo, ya hasta habíamos olvidado aquel título, hasta que se anunció el estreno. 

Mi vida era muy aburrida, por eso el estreno me emocionó. Sólo tenía el trabajo y el cine. Además, estaba Mónica, mi esposa. Mónica era menor que yo por cinco o seis años pero, en nuestra situación, aquellos años parecían ser muchos más: yo tenía 29 y ella 24 o 22 cuando nos casamos. Sin embargo, nuestras generaciones estaban tan separadas, y había tantas cosas distintas entre nosotros, que parecía como si fueran más los años. Nos conocimos en la fiesta de un amigo en común. Hablamos durante horas. Ese día, curiosamente, fue el día que más platicamos. Nuestro noviazgo duró poco: nos casamos ocho meses después de conocernos. La boda, en un jardín lleno de sol, fue pagada por mis padres; la luna de miel la pagó su madre, una mujer viuda —o separada, nunca hablaban mucho de eso— que había heredado una pensión digna y tenía una florería. El fracaso de mi relación, según un amigo mío, se debió a un fallo arquitectónico “es como colar un techo que apenas tiene pocas varillas: claro que el cemento va a endurecerse, y no lo quebrará una lluvia o un temblor pequeño, pero sí el tiempo, el peso cotidiano de las cosas”. La analogía había sido buena; imaginé qué habría dicho mi amigo si hubiese sido veterinario.

Un día antes del estreno, un 21, el calor en la oficina era pegajoso. Las ventanas estaban llenas de sudor condensado. El sonido de los teclados de las computadoras causaba sopor. El suave siseo de los ventiladores daba la sensación de estar encerrado en un panal gigantesco. Ahí, en el cubículo de al lado, estaba Edith, con sus dedos largos martillando sistemáticamente el teclado. Me asomé por encima del aglomerado que nos separaba y le arrojé un avión de papel que se impactó justo en su frente. Como si hubiese sido un accidente real, un mechón de cabello se deslavó sobre su frente pálida, donde también había una cicatriz de un golpe de columpio en la infancia.

—No veo cómo nos va a dar tiempo de ir a ver la película si no acabas rápido tu trabajo.

Sus ojos, un poco más apagados tras los lentes, estaban atornillados a la pantalla.

Habíamos quedado de ir a ver la película juntos. Mónica no entendía de eso, ella disfrutaba otro tipo de cine: el que no veía conmigo. Cada domingo, desde antes de que nos casáramos, ella salía por la tarde con su madre, se sentaban en los asientos más altos de la sala y miraban películas hasta que el cine cerraba (es un decir). Era normal, entonces, que los domingos, sus domingos, no me pertenecieran: como comprar una casa con un enorme jardín, donde las ramas del árbol del vecino pasan la reja divisoria, pero uno no es dueño del árbol. Uno puede cortar los frutos si es que los hay, adornar las ramas, tomar sombra bajo ellas, pero uno nunca es dueño del árbol. No está mal.

—Ya no te voy a cubrir— Edith seguía hablándome, pero sus ojos vigilaban la pantalla, como si temiera que las letras fueran reos dispuestos a fugarse— si no acabas, te quedas sin ver la película.

—Tengo todo el día de hoy para acabar. Además, si no acabo, tú me vas a ayudar: no tienes a nadie más para ver la película mañana.

Ella sonrió a su manera: guardando silencio.

Todos los domingos, ya no recuerdo en cuál había empezado, Edith y yo nos veíamos en la plaza cerca de la oficina para ir a ver películas. Mónica sabía que iba al cine, pero no sabía con quién. Nunca se lo dije, no porque tuviera problemas con hacerlo, sino porque no me daba la gana: tener un secreto me hacía sentir bien, como cuando un niño roba sólo por robar. Esos domingos, Edith y yo entrabamos a la sala del cine, nos sentábamos en los asientos más cercanos a la pantalla y veíamos las películas en silencio: estaba prohibido hablar. Si teníamos algún comentario, algo que de verdad no pudiera esperar hasta el final, lo escribíamos en un pequeño block de notas. Ambos llevábamos uno, una pluma y una pequeña lámpara para leer los recados. Sencillo. En ocasiones, cuando la película era muy mala o, por el contrario, cuando era tan buena que necesitábamos comentar cada detalle, podíamos acabarnos el block completo y aun así sentir que nos habían faltado cosas por comentar, entonces salíamos y caminábamos por los alrededores. Yo llegaba a casa por la noche. A veces llegaba al mismo tiempo que mi mujer, otras veces antes, pero nunca después. Nos sentábamos a la mesa a platicar de cualquier cosa menos de cine. Luego bebíamos té, nos bañábamos juntos y dormíamos temprano para ir a trabajar al día siguiente: yo en el periódico, ella en la florería de su madre.

El calor en la oficina seguía impregnándose a las cosas. El sol era como una abeja polinizando las ventanas; sin embargo, la oficina era más bien oscura. Las burbujas ascendiendo dentro del garrafón del agua, de vez en cuando, rompían el monótono sonido del lugar. Las máquinas de fotocopiado competían contra las impresoras. Edith se levantó para beber agua, me miró y sacó la lengua, como hacen las niñas en la primaria. Caminó hacia el garrafón y tomó un cono de papel, vertió la mitad de agua caliente y la mitad de agua fría, se llevó el cono a los labios y arqueó las cejas mientras echaba la cabeza ligeramente hacia atrás. Rellenó el cono de la misma forma y volvió a mostrarme la lengua. Luego caminó hacia los baños. Su cuerpo era bello, y así, envuelto en un vestido negro, parecía un eclipse lunar, apenas perceptible, pero largo y fino.

Siempre que miraba a Edith, siempre, la comparaba mentalmente con Mónica: parecían ser opuestos exactos. Y siempre recordaba la vez que se habían conocido en la fiesta de fin de año del periódico: se saludaron con un ligero movimiento de cabeza, luego se estrecharon la mano cuando las presenté formalmente. Yo me dirigí al baño y, cuando regresé, hablaban de un amigo en común: Oscar, un experto en computadoras del que, ni Mónica ni Edith, me habían hablado. Ese amigo murió un par de años después, en un accidente automovilístico que Edith me pidió cubrir por ella. Nada del otro mundo.

Edith volvió en ese momento del baño y se sentó a trabajar nuevamente: cerré los ojos y comencé a imaginar un desfile militar de hormigas avanzando al ritmo de su teclado. Terminamos el día sin volver a cruzar palabra. Pude acabar todo el trabajo, pero le dije a Edith que aún me faltaba mucho cuando me preguntó al respecto. Reímos. Nos levantamos al mismo tiempo y tomamos, cada quien de su escritorio, un pequeño block de notas. Caminamos juntos al elevador al tiempo que platicábamos con Germán, un recién ingresado compañero. Nos platicó algo de la película que estaban a punto de estrenar y, sorpresivamente para su edad, quizás diez años menor que Edith y yo, sabía bastante del asunto. Nos despedimos en la entrada del estacionamiento.

Al llegar a casa encontré a mi mujer sentada en los escalones que daban acceso a la entrada principal. Tenía entre las manos el teléfono inalámbrico y sus ojos estaban largos y húmedos. Le pregunté si todo estaba bien; como respuesta me dijo que la esperara dentro. Entré y me serví un vaso de refresco que no terminé; vacié el resto en la tarja. De un lugar de la casa, que no pude identificar, fluía el ronroneo de la radio: hablaban del estreno tan esperado de la película. Cuando iban a comentar algo más, pude escuchar que mi mujer entraba. Colocó el teléfono en la mesita de centro de la sala y me abrazó. Estuve a punto de preguntarle algo, pero ella me apretó aún más y luego subió a la recámara sin decir nada. Caminé hacia la sala y tomé el teléfono, oprimí el botón de remarcardo y esperé el tono. Luego de unos segundos entró la llamada: un hombre, cuya voz nunca había escuchado, dijo tres veces “hola” y luego colgó al no recibir respuesta. Cené un poco de pasta que mi mujer había preparado y subí a acostarme. Ella ya estaba dormida.

Al otro día salí temprano rumbo a la plaza cerca de mi oficina. Edith ya me estaba esperando cuando llegué a la entrada del cine. Para nuestra sorpresa (o al menos para la mía) el lugar no estaba tan lleno. La película, quizás, después de todo, no había soportado el paso del tiempo. Edith ya tenía los boletos en la mano. Me mostró la lengua apenas vio que la había localizado. Entonces recordé cuando la conocí: había permanecido más de dos semanas sin cruzar palabra con nadie hasta que, debido a un error de almacén, se quedó sin hojas para imprimir. Se asomó por encima de la pared divisoria de nuestros cubículos y, con tono desparpajado, como si ya nos hubiésemos presentado, me pidió algunas hojas, recicladas de preferencia, para imprimir un borrador de algo. Le extendí algunos reportes sin importancia y seguí en mi trabajo. “Gracias, Néstor”, dijo, y luego se volvió a sentar. Meses después, durante los almuerzos juntos, recordaríamos con mucha diversión que ella, durante dos semanas, me llamó Néstor, sin que yo la sacara del error; había leído el nombre del que me dio esos reportes inservibles.

—Casi atropellas a ese niño— su voz me había traído a rastras de aquel recuerdo; en su mano izquierda estaban los boletos.

— ¿Qué niño? Yo no vi ningún niño.

—Por eso, es lo que te estoy diciendo, que casi lo atropellas, supongo que porque no lo viste. No me digas que te vas a volver infanticida.

Nos pusimos a reír, pero de repente callamos, como si hubiésemos dicho algo malo. Pensé en Mónica y nuestra primera discusión, que ahora recordaba.

—La primera función es hasta las dos.

—Pero apenas son las diez, no tengo ganas de esperar tanto tiempo sin hacer nada.

—Bueno, estamos frente a un cine. No sé, podríamos, para variar, ver una película.

Antes de que pudiera contestarle, ella caminaba hacia la taquilla. Junto al área de dulces, y a un lado de los baños, había figuras tamaño real de uno de los protagonistas de la película. Una tenía los bordes amarillentos, como si la hubiesen guardado desde que se iba a estrenar originalmente la película. Me pareció un buen detalle. La fila en la taquilla era larga. Miré a Edith y ella, fiel a su costumbre, volvió a mostrarme la lengua. Sonreí. En la plaza ya habían comenzado a decorar con motivos navideños. En la punta del edificio había un enorme domo de cristal; un avión proyectó una sombra que nos hizo voltear a todos hacia arriba. No sé cuánto tiempo estuve mirando el domo, pero cuando reaccioné Edith estaba junto a mí.

 — ¿Todo bien? Parece que viste un muerto.

—Sí, bueno, sólo me distraje un poco; nunca había notado que hay un domo aquí, digo, lo noté hasta que ese avión hizo sombra.

Edith me extendió mi boleto y comenzó a caminar hacia la sala. Sin saber por qué, volví a voltear hacia el domo. Eran las diez y veinte cuando un empleado del cine rompió nuestros boletos y nos deseó un buen día. La sala estaba llena de niños. El suelo estaba pegajoso.

Nos sentamos en la primera fila y la película comenzó casi al instante. Debí notarlo, pero no fue sino hasta que vi las primeras imágenes que descubrí que veríamos una película infantil. Un gato desgarbado corría por las azoteas de una ciudad. Usaba corbata roja con puntos púrpura. Cada acción era coronada por un enjambre de risas de los niños. Pensé, sin saber por qué, en Mónica; también me cruzó por la cabeza que quizás ella estaría viendo la misma película. Me dejé llevar, y Edith, al parecer, también. El gato aquél buscaba a su padre por toda la ciudad, acompañado de otro gato obeso que usaba un overol al menos dos tallas más chicas. Ellos dos eran los únicos gatos en una ciudad poblada enteramente por perros. Comencé a reír, no sé si a causa de la risa de los niños o por pensar en Mónica sentada junto a su madre, como una buena niña. Edith se sacudía un poquito de vez en cuando. Estaba viendo la pantalla cuando sentí su mano rozarme los dedos; salté y vi que me extendía un papel. Saqué mi pequeña lámpara y leí “Vámonos”. Hasta ese momento, noté que Edith lloraba.

Salimos de la sala, ella delante de mí. Antes de que pudiera preguntarle algo, fue hacia los baños. En ese momento sentí que mi celular vibraba: era Mónica. Colgó casi de inmediato; no pude contestar. Le marqué, pero me mandó a buzón, lo mismo tres veces. Cuando iba a marcar una cuarta vez, Edith regresó. Sus ojos estaban rojos e hinchados, su maquillaje un poco corrido. Me dijo que la llevara a cualquier lado que no fuera ahí. Fuimos al estacionamiento sin decir palabra. Una vez frente a su carro, me dio las llaves y subió al asiento del copiloto. Encendí el motor sin decir nada. Dejamos atrás la plaza comercial, que se fue encogiendo en el espejo retrovisor.

—Perdón, no tenía derecho —Edith hablaba por primera vez desde que salimos del cine. Tenía la cabeza recargada en el cristal. Sus ojos, oscuros por el rímel deslavado, se hundían en las calles y parecían no volver.

Sin saber por qué, conduje hasta su casa. Conocía el camino: ella me había dado asilo cuando Mónica me echó de la casa por una discusión tonta que nunca comprendí del todo y que, peor aún, nunca pude recordar por qué había empezado. Por supuesto, jamás le dije a Mónica que me había hospedado con Edith la semana y media que duró nuestro primer pleito marital. Y, aunque ella lo supo (no sé cómo) nunca me dijo nada. Edith suspiraba como si tuviera los pulmones rotos, pero no hablaba. Por fin llegamos a su casa. Pasamos.

—No corras las cortinas, déjalo así.

Se sentó en la sala y yo me quedé de pie junto a la puerta; comencé a jugar nerviosamente con las llaves del auto. Los ruidos parecían crecer debido a la oscuridad del departamento. El reloj sonaba como la campana de una catedral antigua. El goteo del lavabo en la cocina sonaba como un corazón viejo y enorme. De repente la voz de Edith nació de la oscuridad, daba la impresión de ser un ruido más de la casa.

—Nunca le pedí perdón a mi mamá. Nunca.

Creí que iba a decir algo más, pero volvió a callar, como si su voz funcionara con luz solar.

Volvió a escucharse el ambiente del lugar: el departamento parecía estar vivo, palpitar. De repente se escuchó mi celular vibrando en la bolsa del pantalón, lo apagué cuando vi que era Mónica.

—Cuando estábamos en el cine, viendo esa película, supe que había recordado algo, pero no sabía qué. Luego, cuando vi a ese gato buscando a su padre, recordé qué era aquello: no pertenecer. No ser de un lugar, de ninguno: no es como pertenecer a un sitio y encontrarse en otro, es como nunca haber pertenecido, como no ser de ningún lado.

 De repente Edith pasó a mi lado, cual viento apenas perceptible; no noté cuando se levantó. Me estremeció un poco sentirla rozarme apenas con su aroma, igual que si junto a mí hubiese pasado un fantasma. No la escuché tropezar con nada: la oscuridad era agua negra y ella un pez sin taxonomía. Su voz volvió a nacer, pero esta vez nacía de un lugar que creí identificar como la cocina. Como si jugáramos a las escondidillas.

—Mamá y yo somos de otro país, nunca te lo dije. Vinimos aquí, pero ya no recuerdo por qué. Sólo sé que nunca fui de aquí, nunca me sentí parte de este país, pero tampoco extrañaba ese otro lugar. Quizás, no lo sé, algo se me perdió en el camino. Se me perdió la capacidad de algo, no sé de qué; algo se rompió, es todo lo que sé. Mamá siempre creyó que la odié por traerme a este país, pero no era eso, no era eso; si tan sólo fuese esa clase de odio, todo hubiera sido más fácil, pero no lo era. No pudo ser nostalgia porque aún era muy pequeña cuando salimos de allá. No recuerdo muchas cosas. Pero algo se rompió. No sé si fue la mudanza, o el tiempo, o la inocencia, no sé, no sé, pero está roto… roto.

Otra vez sentí que fracturaba lo negro con su aroma. Su perfume incendiaba sin luz el departamento. Ahora estaba cerca de la recámara, lo supe por su voz. Era un fantasma; no pesaba.

—No recuerdo mucho del otro país. Recuerdo, por ejemplo, que una vez me llevó a un hospital: yo ardía en fiebre y alguien me bañó con agua helada. Estaba sobre la camilla. Pudo no ser cierto, pero importa, porque lo creo —el departamento seguía palpitando— sólo sé que, desde que llegamos aquí, le hice sentir que la odiaba. Como un juego. Pero de repente ya no era un juego, ya no lo era. Y no supe cómo dejar de jugar: ya era tarde. Y su enfermedad… quizás creyó que fue por su enfermedad, quizás creyó que tener que andar a su lado de aquí para allá me hizo odiarla, pero no fue eso. Sólo era no saber cómo dejar de jugar. Y ese algo roto…

La voz de Edith volvió a nacer en otra parte de la casa, como una flor. Me asusté, pero no deseaba irme, no podía. Ella era la oscuridad: ya no era parte, sino la oscuridad en sí misma. Recordé la película del gato y traté de pensar cuántas personas llorarían al verla. Pensé que no muchas. Pensé en Edith paseando por las calles, con su madre del brazo; pensé en Mónica paseando por las calles, con su madre del brazo. Pero no era la misma imagen: la de Mónica me aburría; sin embargo, imaginar a Edith me hacía temblar, querer saber más, querer haber estado con ella en esos años.

— ¿Y tú mamá está…? —no completé la frase; Edith lloraba.

Salí y ella se quedó en el sillón, donde creí escucharla por última vez antes de abandonar esa oscuridad: su llanto era como un recuerdo perdido en la negrura. Volví a pensar en los gatos y su odisea en aquella ciudad de perros. Yo era el otro gato, el gordo: quise volver y decirle que yo era ese otro gato y que sabía qué se siente estar en una ciudad de perros, en una nación de perros, y ser un gato, pero me arrepentí.

Prendí mi teléfono y tomé un taxi hacia la plaza. Llegué. Cuando subía a mi auto, Mónica me marcó.

—Necesito que vengas a la casa, tenemos que hablar.

 — ¿Pasa algo? ¿No estás en el cine con tu mamá?

—Sólo ven, hay algo que explicar.

Encendí el motor. A pesar de que me tomaría más tiempo, me desvié para pasar frente a la casa de Edith; no se veía movimiento. Marqué su número, pero tenía el celular apagado. Sin saber por qué, me arrepentí de no haberla besado. Pensé en ella cuando niña, llorando cerca de los columpios, con la frente ensangrentada, temblorosa bajo las ramas de un árbol que pertenecía al vecino.

 Seguí avanzando hasta llegar a mi casa. Cuando bajé del auto, recordé la película que no pude ver: en mi bolsillo aún estaba el boleto. Lo partí por la mitad y lo arrojé a la coladera del patio. Pensé, por un momento, que Edith regresaría a ver la película; sentí malestar.

 Entré a la sala. En el sillón, junto a Mónica, estaba su madre. En una silla, frente a ellas, un hombre que jamás había visto. Mónica caminó hacia mí.

—Tenemos que hablar.

Asentí. La sala estaba iluminada, plena, como si el sol hubiese nacido ahí. Entrecerré los ojos para ver mejor al hombre.


CC (by) | Foto tomada de su facebook.

*Aldo Rosales Velázquez. Ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2018 con el libro Linde Faz. Autor de Los panes y los pescados (2018), Sombra-Reflejo (BUAP. 2017) y Entre cuatro esquinas (Tierra Adentro. 2013). Mucha de su literatura gira entorno a los deportes de contacto, especialmente la lucha libre. 

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