Dosis diaria

Montserrat Rodríguez *

Mientras Benjamín toma el desayuno, sus hijos existen. La pequeña sala es el espacio que los divide. Los separa y no da muestra de las vidas que llevan: en esa casa, cada individuo se ha acostumbrado a transitar solo. 

A Esther nunca le ha gustado su nombre. Piensa eso mientras se para frente al espejo. Sin camisa. Con los brazos en jarras observa sus pechos. Está satisfecha. Ha logrado algo. A pesar de la situación, puede sentirse ligeramente orgullosa. Solo me falta cambiar esta casa, esta familia, el tiempo, mi ropa, la universidad, mi nombre…

El olor a desayuno llega hasta su cuarto, puede visualizar a su padre; encontrarlo en el mismo lugar de la mesa, comiendo sin llamarlos, comiendo solo y la madre cocinando… sola. Cada quien absorto en sus pensamientos, o no pensando. Tan solo yendo con la rutina que el día requiere para poder decir que han hecho gran cosa.

Ella, Esther, para poder decir también que ha hecho algo, asiste a la universidad. Cursa una carrera y simula que tiene interés. Pero lo que ella quiere, en realidad, es trabajar. Trabajar para que cuando abra el closet encuentre algo que le guste; trabajar para no vivir más en esa casa con esas personas que son como extraños. No recuerda la última vez que hablaron. Ya no la regañan. Se puede decir que ella tuvo suerte, la soltaron. Está libre. Pero a Martín… Su hermano, sigue atrapado en el papel del hijo, en el lugar del regaño, en el reclamo matutino: Ya está el desayuno, Martín, apúrate. Ella tiene suerte de que la hayan olvidado. Tiene suerte pero no tanta porque ya se tiene que ir a la universidad, ver a sus compañeros, dormitar en las clases, salir. Después podrá respirar. Ir a la entrevista de trabajo, conseguir algo mejor. Para eso tiene que estar a tiempo:

–Martín, ¡sal ya! -golpea la puerta del baño haciendo un esfuerzo por no derribar la madera vieja.

–Ya casi termino.

–¡Se me hizo tarde!

–Te hubieras levantado más temprano.

Él sabe cómo hacerla enojar. Martín es con el único que tiene contacto en esa casa. Su comunicación está regida por la costumbre de pelearse por el baño e insultarse en voz baja. Por su culpa llegaré tarde. Ella aprieta los puños, se imagina a Martín sonriendo del otro lado, satisfecho con su respuesta. Pinche…  

–¡Maricón! -la palabra sale disparada con su propia bilis. Da en el blanco sin poder detenerla. Arrepentimiento. Después, silencio. Sabe lo que ha hecho, lo que su reacción implica. De inmediato siente una culpabilidad tan agresiva como su insulto. Tan agresiva como el coraje que se sigue coagulado en su cuerpo. Las emociones contrastan con el silencio en toda la casa: golpeó la puerta, gritó esa palabra y parece que a nadie le importa. Ni siquiera a Martín, quien sigue callado; solo se escucha el sonido de la secadora, esa su única respuesta.

Regresa a su cuarto. Aturdida comienza a preparase. Abre el cajón de su tocador para encontrarse con las pastillas anticonceptivas. La píldora del miércoles sigue ahí, esperándola. Más pequeña que la yema de su dedo meñique. Paciente. Se mantiene atenta a que la arranquen del día de la semana. A que la desprendan para poder ejercer la función que todas las pastillas anticonceptivas tienen. Pequeñas y burlonas; el propósito de los efectos secundarios. Antes de salir, se mira por última vez al espejo. Se siente asqueada, odia esta vida. Se mira por última vez y se despide de todo.

Durante el trayecto a la universidad observa por la ventana del taxi. Imagina la vida de los demás, de aquellos que pasan y caminan. Declara que la suya es la peor. Pero lo que ella no alcanza a ver es el contorno de esos seres con los que le gustaría cambiar de lugar. No conoce la extensión de los que van al lado. Ha llegado a la parada. Se baja. Cuando ve a los compañeros es peor, los juzga uno a uno. Se indigna. Nadie puede estar peor que ella, tener esta vida, este cuerpo, esa familia…

–¡Esther! -le grita una muchacha a lo lejos. Decide ignorarla, irse de paso hasta los baños, lavarse las manos, echarse agua en la nuca. Pero ahí la encuentra. Acorralada.

–Esther ¿no me viste? Te estaba haciendo señas con la mano.

Todavía mojada, las gotas escurriendo en el lavabo. Inclinada, aguanta la inevitable conversación.

–¿Qué hicieron ayer en finanzas, me explicas? No pude venir porque justo en la rampa se me apagó el carro. Creo que es el radiador o algo; hoy tuve que pedirle raite a mi hermana, le voy a tener que pagar cuidándole a mis sobrinos.

La compañera, casi amiga, no parece inmutarse con las gotas que escurren por el cuello de Esther. Ésta, por su parte, cuenta los minutos. No solo para que esa conversación termine, sino para que también termine la universidad; que el último semestre se pase ya. Así podrá dejar de ver a esas personas que tanto detesta. Así podrá por fin trabajar. Pero todavía no. Por lo pronto solo queda darle la cara a su amiga, voltearse completamente hacia ella, con las gotas escurriendo.          

–¡¿Te paso papel!?

Salen del baño y la compañera no deja de hablar. Le platica lo que hizo ayer, lo que hará el fin de semana. Energética. Decidida a conseguir que Esther le pase la tarea de finanzas. Decidida a no dejarla escapar antes de que comience la clase.

Observándolas, en la puerta del salón, está Manuel.

–Esther, ¿qué vas a hacer saliendo?

Ella no contesta, se abre paso hasta algún pupitre vacío. Desea hacerse invisible. Que nadie le hable, que nadie la moleste. Imposible: siente la mirada de él desde la puerta, la de su compañera desde el mesabanco y la propia cuestionando sus decisiones.

–Deberías salir con él. He escuchado que…

–No quiero, no me interesa.

–¿Para qué te tomas las pastillas si ni siquiera tienes novio?, te complicas la vida.

–Es parte de madurar, no lo entenderías…

–Aparte ni siquiera tienes dinero para estar gastando en eso.

–Por eso estoy buscando trabajo. Para tu información, hoy tengo una entrevista.

–A mí se me hace que por estar tomándote esa cosa, siempre andas de malas.

No dice nada, se le queda mirando. Un impulso, solo eso se permitirá, para demostrarle a ella, a todos. Se levanta, regresa a la puerta, corrige:

–Mañana después de clases.

Es de noche, está acostada en su cama. Piensa en la entrevista, en lo bien que se sintió. Juega con la idea de pasar el menor tiempo posible en la casa, contenta de partir. Por primera vez en mucho tiempo, tiene una sonrisa en la cara. Una sonrisa que nadie ve.

A la mañana siguiente, parada frente la puerta del baño, toca. La casa parece dormida, no hay sonido de desayuno.

–¿Martín?

Nada. Entonces abre la puerta. Parece que todo está intacto desde ayer. Ayer cuando dijo la palabra que ahora le da vergüenza pensar. No se ha disculpado… no he tenido tiempo… ¿No ha querido? Bueno, por el momento se alegra de no tener que pelear por la regadera. Será un buen día.

Cuando termina de asearse, de nuevo está en su cuarto. Inicia el ritual de desenredarse el cabello, ponerse maquillaje. Lo siguiente es la pastilla. Abre el mismo cajón y saca la pequeña cartera de aluminio. Se dirige al jueves. No está. Hay un hueco burlón, más hiriente que la misma pastilla. Se me ha de haber caído en el cajón cuando saqué la de ayer. Con desesperación la busca. Menea las cosas, saca los papeles, los labiales, el rizador de pestañas, nada. Está vacío. Vuelve la bilis, el coraje. Piensa en Martín, en cómo curiosamente hoy no está. En cómo le gusta meterse a su cuarto, probarse sus cosas, revolver su maquillaje. Maricón, piensa sin menos remordimiento. 

¿Cómo seguir con la mañana? Su peso la empuja, se sienta en el suelo con la cartera de pastillas en la mano. No hay jueves. Y si tomo la del viernes y luego veo cómo reponer esta… No puedo, hoy no es viernes, ve la hora. Seis treinta, se le hará tarde. Si se retrasa todo el día se arruinará. Está bien, tomo la del viernes y luego veo que hago. Le tiemblan las manos, dobla pedazo de rectángulo, intenta sacar la píldora. Se cae a la alfombra, todo se va en picada. A tientas estira los dedos, palpan el polvo acumulado. La encuentra y como un mal augurio la pastilla tiene un efecto ensordecedor. Secundario.

Está en un pequeño café con Manuel. Él intenta hacer conversación, ella sigue revisando el celular. Cero llamadas. Nada está saliendo como lo planeado.

–¿Pedimos la cuenta? ¾sugiere ella, harta.

–Claro, ¿quieres ir a otro lado?

–Estoy cansada, ¿me llevas a mi casa?

–Sí, aunque… también estaba pensando que podríamos pasar un rato a la mía… no hay nadie a esta hora.

–Pero…

–No te preocupes, mis papás están trabajando.


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Esther piensa en las pastillas anticonceptivas. La decisión de tomarlas, toda su anticipación para estar preparada cuando le sugirieran… Pero no está lista. No se puede quitar de la cabeza la pastilla del jueves. Tampoco puede confiar completamente en la del viernes. Esa podría arruinarlo todo. Era una advertencia, tenía que hacer caso.

–No. Mejor otro día, no tengo ganas.

En el carro sintonizan un silencio incómodo. Manuel maneja como desesperado. Se pasa los altos. Quiere llegar, deshacerse de ella. De ese rostro que solo observa su celular, está sonando. Por fin, piensa Esther. Suena para salvarla de esa vida. ¿no?

Han llegado, desciende. Toca el suelo y no hay vuelta atrás. Está de regreso, no hay escapatoria. Una casa donde solo siente odio, indiferencia… Martín. Recuerda a su hermano, la pastilla faltante. Jueves. Todo es su culpa. No le dieron el trabajo. Jueves. Destinada a pelear por el baño. Jueves. Se prepara para entrar a la casa. Toda la furia acumulada. Toda la bilis de la hija pródiga que regresa al hogar.  


*Montserrat Rodríguez (Tijuana, Baja California, 1993). Es licenciada en Educación Primaria y Maestra en Educación. En 2018 obtuvo la beca Inés Arredondo para el II Encuentro Internacional 13 Habitaciones Propias. En el mismo año recibió la residencia La Güera Trigos por parte del programa Under the Volcano que se llevó a cabo en enero del 2019. Sus cuentos han aparecido en diversas revistas digitales como Rojo Siena y Vozed.

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