La matanza del niño tlaxcalteca

Dentro de la crónica Historia de los indios de la Nueva España se hallan cuentecillos que funcionan como exemplas por su función didáctica: justificar la evangelización en el Nuevo Mundo. Se escribieron a partir de los relatos orales que se contaban en diferentes comunidades. Uno de los más populares es el que se encuentra en el capítulo XIV de la parte III del libro, en el que se narra la matanza de un niño tlaxcalteca a manos de su padre. Se le ha agradado título independiente al cuento. A continuación el texto:

La matanza del niño tlaxcalteca*

Fray Toribio de Benavente “Motolinia”

En esta ciudad de Tlaxcala fue un niño encubierto por su padre, porque en esta ciudad hay cuatro cabezas o señores principales, entre los cuales se reduce toda la provincia, que es harto grande, de la cual se dice que salían cien mil hombres de pelea. Demás de aquellos cuatro señores principales, había otros muchos que tenían y tienen muchos vasallos. Uno de los más principales de éstos, llamado por nombre Axotécatl, tenía sesenta mujeres y de las más principales de ellas tenía cuatro hijos. Los tres de éstos envió al monesterio a los enseñar, y el mayor y más amado de él y más bonito e hijo de la más principal de sus mujeres, dejole en su casa como escondido. Pasados algunos días y que ya los niños que estaban en los monesterios, descubrían algunos secretos, así de idolatrías como de los hijos que los señores tenían escondidos. Aquellos tres hermanos dijeron a los flaires cómo su padre tenía escondido en casa a su hermano mayor, y sabido, demandáronle a su padre y luego le trajo, y según me dicen, era muy bonito y de edad de doce a trece años. Pasados algunos días y ya algo enseñado, pidió el baptismo y fuele dado, y puesto por nombre Cristóbal. Este niño, demás de ser de los más principales y de su persona muy bonito y bien acondicionado y hábil, mostró principios de ser buen cristiano, porque de lo que él oía y aprendía enseñaba a los vasallos de su padre, y al mesmo padre decía que dejase los ídolos y los pecados en que estaba, en especial el de la embriaguez, porque todo era muy gran pecado, y que se tornase y conociese a Dios del cielo y a Jesucristo su Hijo, que Él le perdonaría, y que esto era verdad porque así lo enseñaban los padres que sirven a Dios. El padre era un indio de los encarnizados en guerras y envejecido en maldades y pecados, según después pareció, y sus manos llenas de homicidios y muertes. Los dichos del hijo no le pudieron ablandar el corazón ya endurecido, y como el niño Cristóbal viese en casa de su padre las tinajas llenas del vino con que se embeodaban él y sus vasallos y viese los ídolos, todos los quebraba y destruía, de lo cual los criados y vasallos se quejaron al padre, diciendo: «Tu hijo Cristóbal quebranta los ídolos tuyos y nuestros, y el vino que puede hallar todo lo vierte. A ti y a nosotros echa en vergüenza y en pobreza». Esta es manera de hablar de los indios y otras que aquí van, que no corren tanto con nuestro romance. Demás de estos criados y vasallos que esto decían, una de sus mujeres muy principal, que tenía un hijo del mesmo Axotécatl, le indinaba mucho y inducía para que matase a aquel hijo Cristóbal, porque, aquel muerto, heredase otro suyo que se dice Bernardino. Y así fue, que ahora este Bernardino posee el señorío del padre. Esta mujer se llamaba Xochipapalotzin, que quiere decir «flor de mariposa»; esta también decía a su marido: «Tu hijo Cristóbal te echa en pobreza y en vergüenza». El mochacho no dejaba de amonestar a la madre y a los criados de casa que dejasen los ídolos y los pecados juntamente, quitándoselos y quebrantándoselos. En fin, aquella mujer tanto indinó y atrajo a su marido, y él que de natura era muy cruel, que determinó de matar a su hijo mayor Cristóbal, y para esto envió a llamar a todos sus hijos, diciendo que quería hacer una fiesta y holgarse con ellos. Los cuales llegados a casa del padre, llevolos a unos aposentos dentro de casa y tomó a aquel su hijo Cristóbal que tenía determinado de matar y mandó a los otros hermanos que se saliesen fuera. Pero el mayor de los tres, que se dice Luis (del cual yo fui informado, porque este vio cómo pasó todo el caso); este, como vio que le echaban de allí y que su hermano mayor lloraba mucho, subiose a una azotea y desde allí por una ventana vio cómo el cruel padre tomó por los cabellos a aquel hijo Cristóbal y le echó en el suelo dándole muy crueles coces, de las cuales fue maravilla no morir, porque el padre era un valentazo hombre, y es así, porque yo que esto escribo le conocí. Y como así no le pudiese matar, tomó un palo grueso de encina y diole con él muchos golpes por todo el cuerpo hasta quebrantarle y molerle los brazos y piernas y las manos con que se defendía la cabeza; tanto, que casi de todo el cuerpo corría sangre. A todo esto el niño llamaba continuamente a Dios, diciendo en su lengua: «Señor Dios mío, habe merced de mí, y si Tú quieres que yo muera, muera yo, y si Tú quieres que viva, líbrame de este cruel de mi padre». Ya el padre cansado y, según afirman, con todas las heridas el mochacho se levantaba y se iba a salir por la puerta afuera, sino que aquella cruel mujer que dije que se llamaba «Flor de Mariposa» le detuvo la puerta, que ya el padre de cansado le dejara ir. En esta sazón súpolo la madre de Cristóbal, que estaba en otro aposento algo apartado, y vino desalada, las entrañas abiertas de madre, y no paró hasta entrar donde su hijo estaba caído llamando a Dios. Y queriéndole tomar para como madre apiadarle, el cruel de su marido, o, por mejor decir el enemigo, estorbándola, llorando y querellándose decía: «¿Por qué matas a mi hijo? ¿Cómo has tenido manos para matar a tu propio hijo? Matárasme a mí primero, y no viera yo tan cruelmente atormentado un solo hijo que parí. Déjame llevar mi hijo y, si quieres, mátame a mí y deja a él, que es niño y hijo tuyo y mío». En esto, aquel mal hombre tomó a su propia mujer por los cabellos y acoceola hasta se cansar y llamó a quien se la quitase de allí, y vinieron ciertos indios y llevaron a la triste madre, que más sentía los tormentos del amado hijo que los propios suyos. Viendo, pues, el cruel padre que el niño estaba con buen sentido, aunque muy mal llagado y atormentado, mandole echar en un gran fuego de muy encendidas brasas de leña de cortezas de encina secas, que es la lumbre que los señores tienen en esta tierra, que es leña que dura mucho y hace muy recia brasa. En aquel fuego le echó y le revolvió de espaldas y de pechos cruelísimamente, y el mochacho siempre llamando a Dios y a Santa María. Y quitado de allí casi por muerto, algunos dicen que entonces el padre entró por una espada, otros que por un puñal, y que a puñaladas le acabó de matar. Pero lo que yo con más verdad he averiguado es que el padre anduvo a buscar una espada que tenía de Castilla y que no la halló. Quitado el niño del fuego, envolviéronle en unas mantas y él con mucha paciencia, encomendándose a Dios, estuvo padeciendo toda una noche aquel dolor que el fuego y las heridas le causaban, con mucho sufrimiento, llamando siempre a Dios y a Santa María. Por la mañana dijo el mochacho que le llamasen a su padre, el cual vino, y venido, el niño le dijo: «¡Oh, padre!, no pienses que estoy enojado, porque yo estoy muy alegre, y sábete que me has hecho más honra que no vale tu señorío». Y dicho esto demandó de beber y diéronle un vaso de cacao, que es en esta tierra casi como en España el vino, no que embeoda, sino sustancial, y en bebiéndolo, luego murió. Muerto el mozo, mandó el padre que le enterrasen en un rincón de una cámara y puso mucho temor a todos los de su casa que a nadie dijesen la muerte del niño. En especial habló a los otros tres hijos que se criaban en el monesterio, diciéndoles: «No digáis nada, porque si el Capitán lo sabe, ahorcarme ha». Al marqués del Valle, al principio, todos los indios le llamaban el Capitán y teníanle muy gran temor. No contento con esto aquel homicida malvado, mas añadiendo maldad a maldad, tuvo temor de aquella su mujer y madre del muerto niño, que se llamaba Tlapaxilotzin, de la cual nunca he podido averiguar si fue baptizada o no, porque ha ya cerca de doce años que aconteció hasta ahora que esto escribo en el mes de marzo del año treinta y nueve. Por este temor que descubriría la muerte de su hijo, la mandó llevar a una su estancia o granjería que se dice Quimichuacan, no muy lejos de la venta de Tecoac, que está en el camino real que va de México al puerto de la Vera Cruz, y el hijo quedaba enterrado en un pueblo que se dice Atlihuetzián, cuatro leguas de allí y cerca de dos leguas de Tlaxcala.


*Extraído de: Benavente, Fray Toribio (2014). Historia de los indios de la Nueva España. España: Real Academia Española. Parte III, capítulo XIV.

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