Génesis uno uno

En el principio, se crearon los cielos y la tierra. Pero nada estaba. Todo, bajo un influjo celestial, fluyó como si tratara de una disociación esquizofrénica. Desde la unidad particular, rodaron los elementos. A pesar de la muerte, me maravillé por la creación. Podía olerla, tocarla, sentirla y escucharla. Entre tanto ruido, percibí un silencio que devoraba mi consciencia.

Los cientos de cielos, impasibles a mí, se abrían y se reflejaban en las aguas. Las aguas, imitaban con poco éxito a la tierra. Mis pies, clavados a la tierra, se enraizaron hasta formar parte de ella. Existió la cantidad. Sentí cientos de pedazos de cielo y mar deslizarse por mi sangre y mi piel. Sobre mi cabeza, escuché el estruendo de la colisión.

El orden que, sin notarlo, segmentó la vida en múltiples jerarquías. Una pirámide inevitable. Tres picos. Olí las montañas, la tierra, el lodo, la hierba. Entre mis piernas, noté que seres parecidos a mí caminaban en cuatro patas y me empujaban: huían del estruendo. Tras el orden forzado, una voz se levantó y volvió a crujir la Tierra. Era la voz de la montaña.

Degusté el aire virgen, deseoso de recorrer toda el área. Durante esa epifanía sensorial, intenté correr. Fue un acto fallido. Mis pies eran raíces. Sin saberlo, todo existía. La ignorancia, para mi suerte, fue un antídoto para el miedo. Creé un abismo de posibilidades conceptuales. Nombraba todo cuando aparecía. Nombre todo al Todo. ¿El miedo formaba parte del Todo?


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Ante la incógnita principal, seguía sin poder ver el resultado de la creación. ¿Acaso un acto de destrucción? ¿Cabía la incógnita? Intenté sentarme contra la voluntad de la tierra. Me quebré como una rama de árbol, a pesar de ser parte de un árbol, o ser un árbol. Me arrastré junto a mi cadáver y lloré por el luto de haber vivido. Hacia un tacto del color, las yemas de mis dedos captaron la concentración multicolor: lo llamé blancura. Lastimaba. Me comía. Me volvía hacia ella. Me acurruqué junto a su seno y bebí.

Me sentí levitar. Según mis percepciones, mi tacto era obsoleto. La luz cegadora inutilizó mis oídos. Mi lengua perdió todo fósil de sabor. El tiempo existía, y me elevó a la luz. Miedo. Miedo por lo que ahora llamaba vida. Miedo por el miedo. La luz me envuelve, y no sé si volveré.

Sentí la vida mediante mis sentidos. Escuché gritos alrededor. Distintas exclamaciones. Terror en la sala. La luz me abraza, como el hombre que me levanta. Sus manos rasposas se moldean a mi cuerpo.

-Doctor, ¡¿por qué mi hijo no tiene ojos?!- escucho sollozos y gritos de terror de una mujer.

-Su hijo ha sido diagnosticado con criptoftalmia- sentencia el hombre. Grité y sentí el aire llenarme los pulmones. Supe que había nacido.

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