Un mar de música (Llamado José Agustín Ramírez)

José Agustín (1944) es uno de los autores más importantes para las letras mexicanas, autor de La tumba, Dos horas de sol, Se está haciendo tarde (final en laguna), De perfil etc. Se le considera el principal exponente de la llamada generación de la Onda, donde también destaca Parménides García Saldaña. Vertedero Cultural le rinde un homenaje del 9 al 12 de agosto. Agradecemos a Rogelio Cuéllar y Pascual Borzelli Iglesias por el consentimiento del uso de sus retratos.

José Agustín Ramírez*

Es difícil saber quién eres, es decir, quiénes somos, o quién es uno mismo y cada uno de nosotros, especialmente si eres de los que, como yo, heredaste el nombre de tu padre, quien a su vez lo heredó de tu abuelo, y etcétera, etcétera, así hasta el infinito. Y para cuando este nombre llega a ti, con todos sus vicios y virtudes a cuestas, al parecer lo conducente es tomar la estafeta, como un estandarte de diversas fusiones familiares, es esta extraña carrera de la evolución, el imperio de los genes, y hacer de ellas una bandera personal. O no. Pero hay que andar muy trucha, para no convertirse en una réplica desgastada de su predecesor. Y así, aunque nunca nadie supo quién diablos era realmente, nos aferramos a nuestra máscara, a nuestro personaje efímero y repetitivo, o muy poco original. Ya sabes, girando con eso del I am U & U R me, & we R all together, dándote vueltas en la cabeza, toda la vida, pero nunca aterrizando en el alma. Como en un duelo de espejos que se encuentran frente a frente, padres e hijos se enfrentan como estaba escrito, en un evento extraño, perdido entre el tiempo y el espacio, dentro de esa criatura inasible y volátil que ingenuamente llamamos: el Presente. Es nuestro único territorio firme, un campo de batalla desechable, pero rápido como el viento, que se nos presenta como un asalto a diario, en una carrera contra el reloj, para dirimir nuestras esperanzas de cambios contra hábitos y tradiciones fosilizadas. Es allí donde se resuelven estos dilemas, no en el pasado ni en el futuro, sino en esa estrella fugaz que nos arrastra entre sus crines, el fuego fatuo donde habitamos: El día de hoy.

Mi nombre, por cierto, es José Agustín Ramírez, al igual que se llamaba mi padre y un tío suyo antes que él. Aunque yo, personalmente, no soy su primogénito, pero por una extraña circunstancia (léase la insistencia de mi abuelo paterno, y la reticencia de mi jefe, durante los primeros dos embarazos de mi mamá), siendo el tercero de sus tres hijos, fui nombrado así, como el modestamente célebre compositor, emblemático del estado de Guerrero, el original José Agustín Ramírez, quién compusiera las canciones que le dan vida aún hoy a las fiestas y reuniones de los guerrerenses tradicionales y sus miles de invitados de toda la orbe, su turismo de talla internacional, al menos en sus buenos tiempos, en el siglo pasado, José Agustín Ramírez y compañía fueron leyendas del Acapulco perdido, nuestro querido Lost Acapulco, my dear friends.

Así que me llamo igual que mi progenitor, a quién quizás ya conoces, o crees conocer, si has leído alguno de sus muy filosos libros; Pero esta no es la historia de porqué me llamo así, aunque en lo personal no esté muy a-gustín con ese nombre heredado, no: esta es la Historia de una antorcha que no encendía, de una hoguera que no se apaga, y de un incendio fuera de control, en los límites de la realidad y mi imaginación, cerca de las frontera de la locura. Tan sólo unas hojas en honor a mi padre, don José Agustín, laureado y otrora joven e irreverente escritor mexicano, de mala fama y peor reputación, pero amado por los buenos lectores, principalmente libre pensadores, de tendencias zurdas y contraculturales, que mantienen vivo este atribulado país; para todos ellos, mi padre fue un símbolo libertario de los afamados sixties, muy al estilo de la generación beat. Fue un viejo lobo, si me lo permiten, que naufragó en un mar de música y silencio, de memorias y olvido.

Ambos, mi padre y mi tío abuelo me heredaron su nombre, su pedigrí y algo de su talento, pero también me dejaron el nivel del mar creativo muy elevado, una marea alta de calidad e inspiración puso mis humildes aspiraciones artísticas en serios aprietos, por poco y hundiéndolas, tú comprenderás mi dilema y predicamento. Y por favor, discúlpame si te hago perder tu tiempo con mis investigaciones paternales, de ante mano te lo digo, amable lector y ahora también compañero en esta aventura, si decides abordar este barco ballenero: un navío de los locos tamaño familiar, que solicita voluntarios para un Naufragio.

CC | Foto cortesía: Rogelio Cuéllar. Sitio web: http://www.rogeliocuellar.mx. | José Agustín

¿Pero cómo resumir setenta y tantos años de locura creativa y destructiva en las contadas páginas de un libro entre biográfico y periodístico?, intentaré pues un resumen de sus pasiones musicales al menos, que eran vastas y profundas, incontables como las criaturas del océano, y muy elevadas como objetos voladores desconocidos, quimeras fantásticas y entidades simbióticas que, por unos breves instantes, parecieron demostrar que la armonía es posible entre la humanidad, y me refiero a las bandas de rock, y sus pequeñas joyas musicales, esas canciones que amamos, ¿qué sería de nosotros sin ellas?

Yo, por cierto, conocí José Agustín hace ya cuarenta y cuatro abriles, y aunque finalmente he llegado a comprenderlo bastante bien, todavía me sorprende (es duro el maldito), y a veces puede ser todo un misterio, pero creo entenderlo mejor que muchos, aun cuando ni siquiera he terminado de leer todos los libros de su obra fecunda y brillante, pero sucede que al parecer me reservé algunos para cuando él ya no estuviera aquí, es decir, ya es hora, pues como resultaron las cosas, hoy en día, aun cuando no ha muerto, estando aquí no está, pues ya no escribe y tiene varios problemas de salud, con una casi total amnesia de lo reciente y la hidrocefalia  apenas contenida por una bomba y una válvula microscópicas que drenan el agua de su cerebro. Y así, aunque de pronto parece ser él otra vez, está ausente en presencia de sí mismo, pues su carrera llegó a un alto, y su reloj de arena se rompió y por poco se vacía, tras el tremendo accidente que sufrió en Puebla, al caer de cabeza en el foso de un teatro imprudentemente atascado a reventar, con cientos de fanáticos de sus letras. Pero sus libros siguen ahí, tan frescos como siempre, esperándome, y a algunos miles de lectores más, para sentir el magnífico estilo, innovador y revolucionario, de las letras de José Agustín.

Mi padre siempre ha sido como un cometa, para otros jóvenes, en sus despertares, uno puede perseguir sus palabras como se  acompaña a un meteoro en su órbita estelar, prendido de su fuerza gravitacional. Rolando con él uno no se aburría, siempre buscando aventuras nuevas, siempre en la ruta de las estrellas, nuestro destino (como solía decir él, citando a Alfred Bester y su genial y delirante libro de sci fi: ¡Tigre, Tigre!).

Pero primero que nada, quisiera decir que ser parte de su historia ha sido como asistir a una fiesta de las artes con boleto gratis, donde todas las musas griegas y algunas modernas fueron revisitadas con pasión infinita, bajo la sombra alada de mi padre, así como por otros miembros de mi familia, todos los cuales influyeron en mis intentos de quehacer creativo. Entre estas influencias desde luego la más poderosa es la literatura de mi padre, pero también tendría que incluir en segundo lugar a mi tío Gutí, genial pintor mundialmente desconocido y leyenda personal, por su magnífica técnica pictórica y sus enseñanzas en filosofía, estética y política, pues me inculcó la semilla del comunismo y el anarquismo primitivo. En tercer sitio estaría mi madre, Margarita, y mis hermanos Andrés y Jesús; primero ella porque hace ya casi veinte años comenzó a tomar clases de pintura con mi tío, a lo que siguieron cursos en el CNA y con varios maestros gringos en un periodo en que mi padre y ella emigraron nuevamente a los E.U., para que mi jefe trabajara como profesor en alguna Universidad, con ella a su lado como fiel escudera, y así comenzó un pasatiempo que ha crecido mucho, en términos de calidad plástica. Mis hermanos Andrés y Jesús, aunque se dedican a la edición de libros y la neuropsiquiatría respectivamente, también se han destacado como escritores, el primero de muy buena poesía y el segundo con una novela y ya varios libros de investigación y divulgación científica. Después seguirían varios tíos y primos por ambos lados de mis familias, que primordialmente se enfocaron en la música. Primero que nada José Agustín Ramírez, el gran compositor guerrerense, el origen de mi nombre y el de mi padre. En seguida estaría mi abuelo materno, quién gustaba de tocar melodías populares al estilo de Agustín Lara, en cualquiera de los dos pianos que atesoraba en su casa. Le enseñó a tocar, a su vez, a mi tío José Luis Bermúdez, quién desarrolló ese talento hasta poder ejecutar las más complicadas piezas de Beethoven, Schubert o Chopin. Aunque no se dedicó a esto, por desgracia, nombró al segundo de sus hijos Federico, por este último célebre compositor y pianista, y a su primogénito, Claudio, en honor de Arrau. Éste primo también aprendió lo necesario del piano para expresarse, y se decidió por una carrera en la música, eligió las armonías como forma de vida, escribiendo, componiendo y produciendo a otros intérpretes. Aquellos pianos, en la casa de mis abuelos maternos, uno de cola y otro de pared, estaban en el vestíbulo y la sala de esa antigua casa, allá por Potrero, en la Nueva Tenochtitlán. Como un niño, me recuerdo tocando a escondidas, con cautela y asombro, esas máquinas de hacer música, y muchos años después, allí mismo, recuerdo a mi tío, ya de edad bastante avanzada, pero antes que comenzara su ceguera, interpretando, en alguna reunión familiar, unas melodías de Beethoven al piano, y aunque él afirmaba que su ejecución ya no era perfecta, o con la precisión de su juventud, yo adoraba ver sus dedos correr sobre el teclado, como pequeños bailarines o acróbatas en miniatura, dándole vida a las cuerdas de un arpa secreta, allá adentro, con martillos diminutos, pero no menos poderosos, que despiertan los nervios de este instrumento casi mágico, como reflejos del artista y de los oyentes, aquellos con buen oído, el don de escuchar las maravillas del arte sonoro.

Por el lado paterno, hay otros dos primos que siguieron el rastro de sus frecuencias auditivas personales, León y Ramsés Ramírez, el primero desarrolla su trabajo por cuenta propia, para su propio disfrute, y el otro perseveró en su trabajo como intérprete, y ha logrado llevar a buen puerto, junto con sus camaradas del Señor Mandril, a esta banda de rock, jazz, funk, y tecno fusión, obteniendo muy buen nivel y la recepción merecida de un público amante de las artes modernas. Sirva esto como breve explicación del porque la redacción muy sentida de estas letras e ilustraciones de un servidor, que solo desea mantener activo el espíritu de mi padre, cuya carrera se vio trágicamente interrumpida, por los eventos impredecibles de un día fatídico, en cierto teatro de la ciudad de Puebla, durante el 2009, un año tan lejano, y sin embargo, el año en que por acá se detuvo el tiempo, se derritió el reloj, se rompió el ritmo de la flecha termodinámica, y todo pronóstico o profecía sobre el destino de las letras de mi padre, se fundieron en un Apagón, ocultándose tras de los telones de la oscuridad.

CC | Foto cortesía: Rogelio Cuéllar. Sitio web: http://www.rogeliocuellar.mx. | José Agustín

Musicalmente hablando, estos fueron mis mentores, en la vida real, para aprender a desarrollar el oído, y apreciar las notas más finas de la vida. No soy ningún experto, ni siquiera sé tocar un instrumento, estoy negado para las matemáticas, incluido el ritmo, y cuando intenté aprender solfeo, descubrí que era sordo para las distintas tonalidades de la escala. No pude afinar una guitarra por más que amara el instrumento, y aunque una vez me compré todo el equipo eléctrico para aprender (la lira, el bafle y el distor), no pasé de dominar el círculo de Sol y componer un par de canciones con mis amigos (algunos de los cuales ya han muerto, prematuramente). Preferí intentar con otras artes, incluido el teatro, el panchormance, y hasta, Dios me perdone, la danza/teatro contemporáneo, etc, pero hoy en día me estoy enfocando ya solamente en las artes plásticas y la literatura. José Agustín, by tha way, también intentó aprender la guitarra, con la ayuda ni más ni menos que del más grande maestro guitarrista del Rocanrol: Javier Bátiz, a quién recuerda con harto cariño, cada vez que lo escuchamos, intermitentemente, con sus excelentes versiones del viejo blues. Desde luego mein father tampoco desarrollo esas facultades, si es que las teníamos, mientras que, poco después de que él pasara sus truncas clases con el Javier, llegaría otro alumno súper dotado, conocido simplemente como Santana, quien pronto se apoderaría de todos los poderes del Bátiz y los multiplicaría en un auténtico sacrificio de su alma, allá por los años marravillosos.

Aunque al final, con todo y su voz aguardientosa, Bátiz resultó un rockero mucho más real que Santana, quien si bien aún es un magnífico virtuoso, se afresó gacho en esas colaboraciones con bandas y artistas de dudosa reputación, y de cuyos nombre no quiero acordarme, y me refiero a esos payasos y demás chacales que reclutó para su rocanroleramente diluido, pero muy celebrado “comeback”: el Supernatural (1999). Meh…

CC | Foto cortesía: Rogelio Cuéllar. Sitio web: http://www.rogeliocuellar.mx De izquierda a derecha: Margarita Bermúdez y José Agustín.

Pero mi amor por la música es demasiado, y tuve que contar esta historia, que inicia por el simple hecho de haber nacido en la Casa que Canta, o del Sol naciente, el hogar de José Agustín, un auténtico musicólogo y maestro, sin proponérselo, de esta pequeña e inadvertida Escuela del Rock. Pero antes que nada, mi padre fue un laureado autor mexicano, con un estilo brillante y alguna vez polémico, que rompió con los anticuados moldes de la vieja escuela de escritores del siglo pasado, en el antiguo precámbrico (o PRIcámbrico), quienes tenían secuestradas las letras mexicanas, escondidos del mundo real, detrás de la Real Academia de la Lengua. Pero un tornado de verdades duras estaba a punto de levantarlos del suelo, y las reglas de la literatura cambiarían para siempre, adaptándose a la modernidad, liberándose de ataduras para ingresar a una nueva era, y el nombre del escritor que derribaría las puertas de aquel futuro, era José Agustín, mi padre. De esto, obviamente, uno tiene que estar orgulloso, ¿no lo estarías tú?

Vivir con José Agustín era una montaña rusa de emociones contradictorias, tan bellas y profundas como peligrosas y aterradoras. Pero, a nuestro favor, mi sagrada familia siempre llevó un camino con corazón, diría Castaneda, en el cual fluía un tráfico constante de  arte y cultura, de ideologías y filosofías, de cuestionamientos y razones tan elocuentes como fantásticas. Siempre era más y más música, más y más libros mágicos, una y otra película genial, insólita, cuadros y edificios, templos y catedrales, arte sacro y profano, como dicen por ahí, pues sus intereses eran gigantes y sus conocimientos al parecer inagotables, una especie de enciclopedia caminante, que aún hoy me sorprende recitando poemas completos de memoria, que fueron las desesperadas canciones de su infancia y juventud. Principalmente versos de García Lorca, Neruda, Sor Juana o Rubén Darío, pero la otra noche me asombró con uno que él, con su amnesia de lo reciente a cuestas, declamó con harto feeling, pero ya no recordaba el autor, así que corrí a la computadora con un fragmento de lo escuchado, y resultaron ser Las Coplas del Amor Viajero, de Andrés Eloy Blanco: (“Yo sólo sé que te vas, yo solo sé que me quedo”). En lo ideológico, pictórico y filosófico, como dije antes, influía mucho también el tío Gutí, hermano mayor de mi pater y primogénito de mi abuelo, a quien conocí poco, pero  recuerdo mucho, pues vivimos en la que fuera su casa, y en la sala el Gutí dejó un imponente retrato suyo, del capitán piloto aviador, Augusto Ramírez Altamirano, cuya guía espiritual y ética era palpable en toda esa familia, y prevaleció en el buen corazón de mi jefe y sus hermanos (as), aún si murió bastante joven dejándolos finalmente huérfanos de ambos padre y madre. Mi abuela Hilda falleció varios años atrás, antes de que pudiera conocerla, lo mismo que a mi carismática tía Yuyi, dos de las mujeres que, con su carácter libre, intenso e irreverente, son quienes más cerca estuvieron del espíritu de José Agustín, sin contar, desde luego, a mi Mamá, Margarita, el amor de su vida, y quizás habría que incluir sus amoríos con Angélica María, una aventura psicodélica/pop, para mi gusto con sabor como a chicle de frutas, pero que dota a la biografía de mi padre, de un interés especial para los eternos enamorados de esa diva televisiva de antaño, quienes aún profesan una envidia muy popular contra mi padre, por tanta buena fortuna, allá en sus buenos tiempos.

Pero en fin, lo que trato de decir es que fue una gran fortuna crecer bajo el amparo de su amor por las artes, un interminable flujo de misterios y respuestas plasmadas de formas tan bellas, pues era incalculable la cantidad de arte que entraba en mi cabeza voraz, ávida de estos secretos, maravillas y destellos humanos, siempre lloviendo sobre mi alma asombrada y estremecida. Era como navegar en un Mar de Música, este océano en el que ahora he naufragado, y en el cual los invito a perderse. Flotando sobre lienzos al óleo como alfombras voladoras, he vuelto hasta aquellos días, pues escribir esto es una hipnosis regresiva autoinducida, como tratar de recordar un sueño y redactarlo antes de que se disuelva, cual letras de arena en la playa. Sin embargo prosigo, como quien construye una Ciudad de la Luz entre castillos que se lleva la marea, ciudades sumergidas y subterráneas, necrópolis e inframundos abisales, donde, en las noches, nos invade el Reino de la Oscuridad, con sus tormentas y tornados, y lluvias de estrellas bajo la Luna llena, auroras boreales y guerras psiconíricas, tecno maravillas de diseños extraterrestres, de todo un poco, encontrará usted en este bazar de asombros y sorpresas para sus ojos y oídos, estimado lector.

Vivir con José Agustín fue como caminar en una cuerda floja sin red, siempre entre la guerra y la paz, el Sol y la Luna, la genialidad y la locura, una dicotomía muy evidente que me acompañó toda la vida, como el capitán de una Nave de Locos, que yo me niego a abandonar aún ante los pronósticos de zozobra. No sé si lo volvería a hacer, si compraría boletos para este condenado crucero espacial, pero no puedo negar que hubo momentos del viaje que disfruté enormemente, quizás demasiado.

No por eso han de creer que nuestra historia es una comedia sin sentido: ni siquiera tenemos garantizado un final feliz, como nadie lo tiene, y cada día es una pequeña aventura y un nuevo acertijo, es todo lo que tenemos, camaradas mariner@s, este día, el aquí y ahora, vagabundos ciegos de nuestro propio infinito. Claro que tampoco fue el padre perfecto, es sólo un humano, y entre sus principales defectos estoy yo, el más pequeño de los tres, pues durante la mayor parte de mi vida resulté ser un auténtico patán, una pálida representación de su creatividad artística, y en resumen la oveja negra de toda la familia, o al menos así fue durante largos y tortuosos años, en el camino para escapar de mi propio infiernito. Pero este cuento aún no termina, y aunque ya soy muy viejo para iniciar mi entrenamiento, deseo, estoy determinado a convertirme en un guerrero de la Fuerza, tal como mi padre lo fue alguna vez.

Son una infinidad de agravios, delitos e infracciones las que he cometido, algunas pesadillas inconfesables y ya casi imperceptibles, drogadas y perdidas en lagunas del tiempo y espacio, que por suerte sólo yo recuerdo, y de todo eso soy culpable y estoy arrepentido, y por un tiempo pensé que ya iba directo al manicomio, la cárcel o la muerte, pero me escapé de estos tres destinos por  escasos segundos, milímetros, milagros fugaces que ocurrieron en un parpadeo, y de pronto me encontré vivo otra vez, en el atrio de un templo abandonado, soñando con recuperar mi alma y la de mi padre, varado en una Isla desierta, con miles de sueños y mensajes embotellados, formando arrecifes entre las olas y las costas de una bahía imaginaria.

Ahora, mi madre y yo somos los últimos marineros que deambulamos por la cubierta de este navío fantasma, el barco de José Agustín, nuestro capitán con amnesia, a quien no estamos dispuestos abandonar, hasta que la nave se hunda. ¿Acaso no se lo merece?, ustedes lo saben, él no necesita presentación: mi padre siempre fue un gran artista innato, de La Tumba a la cuna, fue un viajero intrépido que se atrevió a ir más allá de las puertas de la percepción, forzó la cerradura y derribó una muralla de malas lenguas, recorrió los siete mares de alma y volvió para contarlo, como un viejo lobo de mar. Y puedo afirmar que fue un gran  escritor, le pese a quien le pese, porque lo padecí toda la vida, y tuve el privilegio de sentarme en su mesa, siempre llena de pan, vino y cervezas bohemias.

Si la definición del artista es aquel que nos conmueve, nos fuerza a pensar y sentir otra vez, aquel que puede hacernos reír y llorar, que puede hacernos partícipes de ese sentimiento mágico que uno habita en las páginas de las grandes historias, como lo hice yo sentado entre la piedra y el pasto, tantas veces en su jardín sagrado, entonces mi jefe fue un gran artista, pues efectivamente, siempre podía hacerme reír o llorar, arriba y abajo del ring, en la cima o el fondo del escenario, sea con sus palabras plasmadas en sus libros místicos anarquistas, o con sus voz suave o furiosa, en la vida real, estos símbolos dan forma al laberinto de mis recuerdos.

Todo esto llegó a su fin, la construcción de este castillo de cristal, esta Ciudad de la Luz, terminaron, o al menos se detuvieron violentamente, desde el fatal accidente que sufrió don José Agustín en el año de 2009, en la ciudad de Puebla, cuando, en medio de un teatro repleto de sus simpatizantes, lectores y admiradores, lo orillaron a caer en el foso del proscenio, en el filo de su propio abismo, aquel fue el escenario final para sus aventuras.  Fue así que mi padre, mi mentor psicodélico, cayó hacia su silencio literario, desde una altura mayor a los tres metros, y de cabeza, y no, no cayó sobre pétalos de rosa. Pero en fin, a veces la vida es cruel con las creaturas pequeñas, ¿cierto?, tú has de tener tus propias tragicomedias personales en este preciso momento. Suerte con eso. May God Help Us All.

CC | Foto cortesía de Rogelio Cuéllar. Sitio web: http://www.rogeliocuellar.mx | José Agustín en la facultad de Filosofía y letras de la UNAM

Volviendo a su brillo natural, en su juventud como un precoz y célebre escritor mexicano, todos saben por aquí que fue un autor polifacético, que trabajó el cuento, la novela y el teatro, el guión de cine, el periodismo e incluso la poesía, aunque nunca se atrevió a publicarla. Se han adaptado historias suyas al cine, como abolición de la propiedad, y Ciudades Desiertas, así como el mismo adaptó la novela El apando, de Revueltas, en la tremenda cinta de Cazals. Solía contarme la vez que conoció a Borges, o de cómo trabajó con García Márquez, y según él, era su compadre y por lo tanto yo su ahijado. Me contaba de la vez que vio a Jim Morrison en vivo y escribió elogiándolo como a un gran poeta y chamán. Cuando era niño, nos leyó a mí y a mis hermanos el Hobbit, el Señor de los anillos, Las Crónicas de Narnia, el Pinocho de Collodi, los cuentos de los hermanos Grimm, los mitos chinos del Rey Mono y un largo etcétera. Me subió a la cima del Tepozteco en sus hombros cuando, y me salvó la vida una vez, cuando me estaba ahogando en mar abierto, en la playa de Papanoa. Por todo eso, le estaré eternamente agradecido, pero quizá más que nada, le agradezco por toda la música, le agradezco por este mar en el que hemos naufragado voluntariamente. Nos dio, a toda la familia de mi sangre y de sus lectores, un empujón salvavidas para seguir navegando en esta vida tan cabrona y genial, por decir lo menos.

Pero el recuerdo medular de mi padre siempre será verlo escribiendo, incansable, en el viejo escritorio de madera de su estudio nocturno, iluminado por una luz amarilla mortecina, bajo las estrellas privilegiadas del atardecer zodiaco, mitológico y alquimista, viene a mi mente la carta del Mago, del Tarot de White, sacada al azar; O míralo allí, hace más de cuarenta años, sentado como un lagarto bajo el Sol de su Jardín, junto a la gran piedra y sobre una toalla en el pasto, bebiendo una cerveza o un coctel, bajo el aire que mece las ramas de la palmera que sembramos juntos, regresando de Papanoa. Me recuerdo a mí mismo escuchando un mar de música que aun truena en mis oídos, desde el fondo de una concha de caracol ermitaño. Como las tormentas eléctricas que solíamos disfrutar en el horizonte de la noche, sentados en la terraza lluviosa, celebrando eufóricos los truenos y relámpagos, que formaban palacios celestiales fugaces, con destellos enormes de luz azul, en la inmensidad de las nubes.  Espectadores azorados  en el teatro de los Dioses Salvajes. Mirando al horizonte, allá donde, cuando yo era niño, creía que se terminaba el mundo, hace muchos ayeres, antes de la llegada de esta tempestad que lo devora todo, antes de todo, hasta que vuelva a salir el sol que acompaña a mi padre a todas partes, con un calor intenso que ha sabido compartir con todos sus lectores mexicanos y extranjeros, a través de sus letras vivas, cautivando a un selecto clan de mentes abiertas, radicales libres, a quienes ahora invito en cada puerto, como voluntarios para un Naufragio, en este Mar de Música, los invito a mi fogata playera de historias sin tiempo. Y a ti, Gran Jefe, déjame decirte que ser hijo tuyo, es una cicatriz que llevo con mucho orgullo en la cara, y llevar tu nombre, es una bendición que siempre me ha mantenido vivo, muy cerca del fuego. Grazie di tutto.

                                                                       J.A.R. 09/08/2019


*José Agustín Ramírez (1975). Es columnista en el periódico Milenio. Su sitio web es: http://elblogdejoseagustin.blogspot.com/

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