Sin nombre

Frida Monroy

Aquí estamos una vez más. Despierto. Siento los ojos cansados y el corazón pesado. Hoy debo llevar la maqueta que dejé en la mesa del comedor; me toca matemáticas con un profesor nefasto.

Me cubro la cara con las cobijas y comienzo a pensar en cuanto odio ir a la escuela por cosas como esta, sólo mi mamá me cree cuando le digo que el profesor siempre me incomoda y me pide que me quede en su salón durante el recreo, se la pasa viéndome las piernas o el pecho.

 ― Aun eres joven, pero se nota que vas a estar bien rica cuando salgas de la secundaria –me dice con un tono en el que casi parece que le quiere escapar espuma de la boca.

― B-bueno, tengo que ir a la d-dirección para buscar unos papeles –esta fue mi última excusa.

A pesar de que mi mami está haciendo de todo para sacarme de ese colegio e incluso se queda en la escuela varias horas arriesgando su trabajo, aún no hemos encontrado una solución definitiva, algunas escuelas dicen que no tienen cupo para admitir ni una sola alma más, otras cuando preguntan el motivo de mi baja en la escuela y escuchan que es por acoso sexual…

Ellos dicen que estoy mintiendo, que a los niños de secundaría se nos da muy bien eso de meter en problemas a los maestros y que probablemente yo soy la que se le “ofrece” ¡Pero mi madre y yo sabemos que es ridículo que yo quiera estar cerca de una persona tan nefasta, es un hombre mucho mayor!

Ya hemos ido a denunciar y todos piensan lo mismo, que soy una mentirosa, “ofrecida sin escrúpulos” incluso creen que mi madre “debería educarla como una niña decente y no estar enseñándole a calumniar a la gente”.

Estoy harta de esto, le diré a mi madre que no quiero ir a la escuela y que me quedaré en casa a estudiar, sé que lo entenderá. Salgo de las cobijas, atravieso la puerta algo adormilada y me dirijo al espejo del baño para cepillarme los dientes. Mi madre debe seguir durmiendo por lo cansada que está, la dejaré dormir un poco más.

Justo cuando voy a tomar el cepillo de dientes escucho que la puerta principal se abre y le sigue un débil sollozo ¿Acaso suena a… mi madre? Bajo las escaleras corriendo, tan rápido que ni mis pasos se escuchan, la busco en todas partes con la mirada y no la encuentro, corro a la cocina y ya he perdido una pantufla en el trayecto, salgo corriendo a la sala y me detengo en seco porque ahí está ella. Lleva el cabello sucio y alborotado, parece que no ha dormido en semanas, se le ve más delgada como si no comiera nunca, las ojeras le saltan de su carita como enormes y pesadas gabardinas y en ellas caen y caen lágrimas.

― Mami -le digo muy suavemente desde el otro lado de la sala-.  ¿Qué te pasó, quién te hizo esto?

Ella no contesta, parece que no me ha escuchado, se ha entregado tanto al llanto que no me escucha. Prefiero sentarme a su lado y pasar mi mano por su cabello, pero al sentirla, ella se sobresalta y dirige la cabeza al lado contrario de donde estoy.

― Mi niña… ¿Eres tú? – me dice con la voz entrecortada.

― Claro que soy yo mami – le digo con la voz más dulce que puedo.

― Te he extrañado tanto, todas las noches sigo esperando noticias tuyas y todos los días salgo a buscarte, mi vida. Te he buscado en todas partes y he puesto carteles por montones, busco tu ropa en cada esquina, tu precioso cabello y tus bonitos ojos…

Mientras ella habla yo recuerdo que en realidad no estoy aquí y ni siquiera sé dónde está mi cuerpo. No siento que esté muerta, pero tampoco me siento viva del todo. Hace unos meses yo iba saliendo del colegio y un par de hombres junto a una mujer muy joven me alcanzaron en una calle solitaria que está muy cerca de mi casa y ahí me jalaron hacia una camioneta de la cual ni siquiera recuerdo el color, estaba muy ocupada intentando patear o rasguñar para que me soltaran, grité pero nadie salió a ayudarme, todos se quedaron en la comodidad de sus casas… habrán pensado que eran niños jugando o simplemente me ignoraron, nunca lo sabré. Después de eso no recuerdo nada más.

Mi madre  recibe una llamada,  sale corriendo de la casa y me detengo un momento a ver los papeles que se encuentran en la mesa, uno es un cartel que tiene mi foto, mi edad, describe mi uniforme, mi color de piel; es el cartel que mi mamá ha pegado para encontrarme y el otro es una copia de una hoja que parece ser una renuncia al trabajo.

Salgo rápido para alcanzar a mi madre, hemos subido a un taxi, da una dirección y el sujeto del taxi se apresura. Hemos llegado y se ven varías mujeres policía, ellas la conducen a una casa sucia que está cerca de un campo. Ni yo ni mi madre sabemos a dónde dirigir la mirada, si a la casa con la esperanza de que me encuentren ahí o al campo pensando que lo que encontrarán serán pedazos de mi joven cuerpo. Pero no, un grupo de mujeres son las que acordonaron la casa, ellas están en silencio, una de ellas, que lleva una falda muy larga un poco sucia, patea la puerta y entonces entra mi madre corriendo a buscarme en todas partes, las mujeres la siguen y la policía hace guardia con armas en la entrada. Ahí, en la sucia y apestosa casa, bajo una mesa podrida y chorreante está él… ese profesor asqueroso que tanto me molestaba. Está acostado con las rodillas pegadas al pecho, mientras se repite en voz baja “Yo la amo, y ella me ama a mí”. Mi madre se detiene un segundo a verlo con repugnancia que es lo máximo que merece, las mujeres lo sacan de ahí y se le escucha gritar:

― ¡No se la pueden llevar, ella es mía, yo la compré!

Mi madre por fin entra al cuarto de baño y sí, ahí estoy; sucia, desnuda, indefensa, estoy llena de sangre. Mi madre y las otras temen que este muerta, pero yo sé que no es así, mi espíritu ha regresado a mi débil cuerpo, siento las tibias manos de mi madre apartar el mugriento cabello de mi frente, no puedo abrir los ojos, estoy muy muy cansada, pero las escucho, una de las mujeres ha dicho que tengo signos vitales y que necesito un médico urgente.

No sé qué pasó en el camino, sólo recuerdo que hablan de mi vagina destrozada, que me faltan dientes y que tengo varios moretones y quizá heridas internas, pero ya nada me importa. Estoy aquí… donde más anhelaba estar. Estoy en los cálidos brazos de mi madre, siento su mejilla en mi cabeza y su corazón latir, pero también siento asco del objeto en el que me convertí, sólo por ser mujer. Yo no pedí nacer así, yo nunca me dejé, nunca quise que me tocaran pero me lastimaban cada que me rehusaba; hubo cortes por todo mi cuerpo, quemaduras con metales calientes, cigarros, y encendedores, me arrancaron mechones enteros de cabello; tuve profundas mordidas en los labios de mi vagina e incluso en mi clítoris… Mientras más gritaba, él sentía más placer y aprendí a callar.

Y así, en silencio siento el aliento de mi madre y me avergüenzo de que posiblemente mi boca sea una asquerosa mezcla de semen, saliva, orina, fluidos de mi vagina y sangre Me doy asco.


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Sin embargo, son ellas quienes me acarician, se preocupan y alientan a mi madre para que se mantenga fuerte, como lo ha hecho todo este tiempo, sólo ellas sienten mi temor, ellas sienten mi vergüenza, ellas están rabiosas, desesperadas, impotentes, ellas quieren salvarnos a todas. Ellas, destruyen, rayan, pintan, insultan, muestran, luchan para que no exista ni un cuerpo más, un cuerpo rígido, torturado y degradado que sea descrito como una más sin nombre.

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