Dama muerta

Mirna Coreliel*

Para Alida Gabriela y Julia Margarita.

Siento el agua fría y el viento eriza la piel que se mantiene aún seca; mi cuerpo, por su parte, pesa como hierro. Me consuela un poco reconocer el aroma dulzón del líquido que abraza mis piernas como si fuese su primogénita. Porque lo soy, mil veces hija, mil veces madre.

Soy hija de mi primer recuerdo, un sueño de la infancia prematura que me acaricia ahora que fallezco. En él, mis hermanas dormían dentro de una cabaña que apenas identifico, porque, como en la mayoría de los sueños, los lugares son irracionales. Despertaba intranquila, había alguien observando mis pies. Sólo entonces me levantaba de la cama, y reconocía la silueta de la mujer morena con el interminable manto verde que cubría su espalda, mirándome. Bella, con la melena más larga y negra. Mi alma la adoptó, ella me cargó y abracé su cuello durante una eternidad. Hablaba con su imagen, porque la de su hijo nunca me causó la suficiente confianza, no tanta como para platicarle de lo mucho que extrañaba a mi padre.

Mis piernas ahora están seguras. Mis piernitas chuecas. Todos detestaron mis rodillas anguladas, tal vez les pareciesen feas después de imaginar tantos cuerpos hechos de plastilina, mientras satisfacían sus egos burlándose de lo que ellos mismos también padecieron. Porque todos tuvimos algo chueco: las piernas, la boca, el alma…

Esos recuerdos difusos me mantuvieron a flote desde que mi entrepierna se manchó de sangre por primera vez, esperada y desdichada. La melancolía de mi madre junto con un pedazo de luna que protegería mi sexo cada vez que me vaciara de mí misma. Platicas largas sobre el dolor en mi vientre con las mujercitas de mi edad, quisquillosas y en susurros para que ningún hombre escuchara. “Es algo malo, martirio femenino, nada de qué preocuparse.” Porque las sangrientas guerras fueron más naturales que una mujer en su menarquía. Ahora el viento me mata, el mar me reclama y yo estoy hecha de arena.

Arena dispersa, porque traicioné a mi madre cuando todo el mundo estuvo en contra de ella. Con el corazón marchito y sus hábiles manos, cortó cada mechón de su melena hasta tejer la que ahora porto como Venus lo haría. –Amárrate el cabello, porque tu padre se ha ido. Tú lo seguirás amando, pero jamás te casarás con él. Hasta que encuentres a un hombre distinto soltarás tu melena negra. De ser como tu padre, te devoraré cual cangrejo antes de que te haga mujer–. Pero mamita, yo siempre fui mujer. Y me convertí en madre de los hijos que jamás engendré, porque no fui en búsqueda de un hombre, ni compañero, ni de mi padre. Y me solté el cabello ante tu muerte, parte de la mía, para liberarte del sufrimiento que padecimos como hermanas, a pesar de que nunca lo fuimos. Mi vientre ahora está seguro y cálido, arropado por las sagradas lágrimas que se acumularon en el lago.

Y así sucedió la vida misma, cascada desesperante, porque no recuerdo la mayor parte de ella. Una vez llegada la adolescencia, mi memoria se desvanece, dejando sólo un par de recuerdos intactos. Como el día de mi primera muerte, cuando mi madre falleció conmigo. Mi cuerpo ardiendo y mi alma, ya quemada por el frío del hielo seco, proclamaron rendición ante las navajas más finas. Corté mi piel, insatisfecha con la vaga sensación de estar rebanando un durazno tierno, desprendiéndose del dulce líquido que lo hacía ver tan jugoso. Porque mi suicidio, primera muerte, fue la manifestación del apetito que corroía mi garganta, del anhelo por devorar mi propio cuerpo como lo habían hecho tantos otros, sin haberme tocado. Moriré virgen, pensé. Pero aunque ningún hombre tocó mis manos siquiera, yo me entregué a los deseos voraces desde la niñez. Fermenté como uva bajo sus miradas lujuriosas y me volví un coctel corroído, un vino añejo. Cuando estuve a punto de vaciarme por completo, mi madre acudió a mí y lloró como verdadera virgen, ella se desembocó conmigo; juntas creamos un océano entintado de rosa con sangre y salado de lágrimas. Mi último recuerdo de esa noche, es la imagen de mis venas. Mis venas deshilachadas y saltonas, verdes, como algas marinas.

Morí y nací de nuevo, me crecieron un poco las piernas y mi melena se volvió irreconociblemente larga. Ahora protegida por mi madre, fui yo misma quien se dañó. Porque gracias a dios soy hermosa. Gracias a las bebidas embriagantes que jamás pedí, los golpes masculinos en mis muslos que me hicieron arder la cabeza, no la entrepierna. Ese fue el problema, soy preciosa, y todas fuimos hermosas. Y moría cada ocasión que el patrón se repetía. Con cada pequeña muerte, la luna aclaraba mi sangre y poco a poco, dejó su tonalidad carmesí, para ser violeta, hasta tornarse turquesa, azul acuoso.

Desde entonces conocí mi irrevocable destino. Fue mi temor a la luna aquel que me dio indicios de la deuda que tenía con el cielo. Porque sólo en las caminatas nocturnas, sin más luz que el tenue brillo desprendido por la cuna del firmamento, me reconocía en paz con las miradas ebrias de aquellos que acechaban, aun teniendo la sangre azul y algas por venas. Por primera vez, mi único miedo durante la noche fue ser consumida por la inmensidad del universo. No existió para mí otro temor en esta tierra, pues estuve protegida por mis madres desde aquel momento: mi progenitora, mi madre de manto verde y mi madre lunar. Y las madres desconocidas, hijas de otras mujeres, también se convirtieron en mis hermanas. Las pequeñas niñas dormidas en la cabaña de mi sueño de la infancia. Hoy protesta la luna por mi alma.

Estoy en paz, pero no siento las idílicas luces de la muerte cegándome los ojos. El agua dulce acoge mi cuerpo, desde los pequeños pies y mis rodillas chuecas, hasta las caderas amplias y menudos senos. Porque el musgo transforma los frutos, y poco a poco, me derrito con ellos. Me devorarán los insectos, hasta dejar las sobras limpias, los huesos que ya no me pertenecen. Y es que así deberían ser todas las muertes, sin tragedia ni dolo. Con la deliciosa oportunidad de gritar: ¡Cómo amé la vida, cómo amé vivirla! El reventar de mi cabeza, la sangre entre mis piernas, y mis dedos, adornados con joyería descarada, como las prendas con las que me plació adornar mi cuerpo.


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Me ha cubierto hasta la melena que porté cual Venus, pero no siento mis órganos colapsar. El agua es mi nueva madre, y me perdona para ahora serlo yo también. Como dama vine, aunque nací árbol, y como planta sagrada me quedaré, con el polvo y la tierra fértil: floreciendo y amamantando a las aves.

CC. Derechos reservados. Uso no permitido.
CC. Foto de la autora

Estudiante de letras, embelesada por las aves y los insectos muertos. Aprendiz de taxidermia botánica y otras maneras de preservar la ternura de la vida aún después de la muerte.

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