Domingo

Sairt Barrón*

Despierto ebrio, justo cuando el reloj marca las 12:57. Jodidamente tarde, susurro, y me levanto a orinar en el lavabo. Siento hambre y, después, culpa. Mejor lo hubieras dejado en paz, te dijo que no y no es no, aunque después sea un sí, pero poquito. Sí, pero sólo esta noche. Un día más. No vayas a llorar frente a ellos. Ojalá se incendiara el edificio. Van a notar tu estado. 

¿Otra vez trasnochado?, pregunta la señora de la limpieza cuando me ve entrar. Ebrio, completamente ebrio. Coloco la mochila en el suelo. Te pareces a mi hijo. Sigue barriendo. ¿Cómo está él? Ya sabes cómo está, cogiste con él unas dos veces, tiene la misma sonrisa dulce pero triste que ella, se enamora rápido y llora. Igual que siempre, perdido. Sale del cubículo. Por eso le recuerdo a él, grito y reviso los monitores.

Si hubiera acabado la carrera, no estaría en este cuchitril, siendo miserable por no haber estudiado. O tal vez sí: entonces lo sería por perder la vida esforzándome para esto. Necesitas beber algo fuerte.

Entra la señora de la limpieza con un café. Si lo cachan lo corren, y luego ¿con quién platico? Coloca el vaso de unicel frente a mí. Le será difícil encontrar gente como yo, generalmente los que son así aprovecharon las oportunidades. Volteo para estudiar su reacción, mis palabras la han hecho sonreír, pero no dice nada. Él también te sonrió, aunque no recuerdes si fue antes o después de besarse.

En el monitor aparece un hombre joven con gabardina verde. Recuerdo entonces su chamarra, del mismo color y, debajo, la camisa roja, floreada. Concéntrate. Qué bonita camisa, le dije a modo de saludo, y bailamos. Un sonido de pasos me hace voltear.

¿Ha estado enamorada?, pregunto. Pendejo, ¿qué te importa? Alguna vez, pero ya tiene tiempo. Levanto los pies a causa del trapeador. ¿Sabe? me enamoré ayer/hoy, estoy encandilado, pero me dejé ser y no medí mis comentarios. Me contó sobre la muerte de su padre y yo, todo idiota, hice chistes sobre ello. Me interrumpo para dar un sorbo al café y mirar los monitores.

Continúo. Ni siquiera lo conozco, lo encontré en un antro y nos besamos. No estoy seguro de gustarle y a mí me encantó desde que lo vi. Todo estaría bien si no fueras tan culero, no se hacen chistes sobre eso. Ya puede bajar los pies, me interrumpe. Gracias, gracias, ya lo había olvidado. Qué lamentable es verte actuando de esta forma.

¿Y cómo es? ¿Se fue después de su broma? Sale de nuevo. ¿Cómo es? Pues así, como es, hombre. No, sí sabes cómo es. Vuelve con un té de manzanilla para ella. Es mi hora de la merienda, se sienta. Sonrío.

Es blanco, alto, como de mi tamaño, con poca barba, delgado, cabello castaño oscuro, sonrisa amplia y quizá boba, sí, boba y dulce. Como si no importara el dolor. Sí, así, no importa, a ti tampoco te importó, hasta su rechazo estuvo bien porque lo viste sonreír. Es como un disco que repito una y otra vez en mi mente. Gira, gira, gira. Tiene problemas, como todos, pero es tan, ah, no sé, me gustó tanto. Me dijo que yo a él no pero que beso bien, y gracias a eso pudimos besarnos más, aunque nos robaron tiempo. Suspiro. Cómo quisiera encontrarlo de nuevo, alargar esa noche, aunque después no lo vuelva a ver. Poder completar las horas extraviadas y agregar unos cuantos momentos de la mañana siguiente.

¿Tanto así le gustó?, pregunta mientras exprime el trapeador. Sí, pero no para tenerlo en mi vida, sólo para tenerlo presente y no olvidar, para mirar atrás un día y decir que nuestros momentos fueron bellos, aunque el recuerdo está ahora manchado por mi incapacidad de ser prudente y amable.

Doy un sorbo largo. Nunca lo había escuchado hablar tanto, dice, se sienta y bebe también. Mi café se enfrió.

Un celular suena. No es el mío, lo tengo apagado. Tampoco el de ella. Una voz lejana termina la llamada que acababa de empezar. Silencio. ¿Qué se hace en los silencios?

Su hijo es un idiota. Pendejo, ¿por qué dijiste eso? Di que lo sientes. Me mira y sonríe. No es idiota, es joven y soñador. Di que lo sientes.  Probablemente fue mi culpa por la forma en que lo crie, pero es listo, aunque él también se dice idiota. Lo siento, la interrumpo. Todos somos idiotas en algo, yo, por ejemplo, no fui a la primaria y no entiendo muchas cosas, pero cocino bien. Soy feliz. Es usted tan amable siempre. Vas a llorar, la amabilidad te hace llorar.

Se levanta y toma los vasos, me dice que voy a estar bien mañana y que debería disculparme si es lo que quiero. Ese chico lo va a olvidar si no le recuerda que existe, termina.

Ni siquiera sé cómo se llama, sólo es “la señora de la limpieza”. Ni él. No sabes sus nombres y te influyen tanto. Años de plática y no conozco su nombre; un par de besos y le declaré mi fascinación, le mostré todas mis caras y olvidé su nombre; ni siquiera le pedí su número. Idiota.

Casi es media noche. Seis horas más y salgo. Los monitores se llenan de figuras buscando la salida. ¿Hay una forma de saber de él? Nos vemos después, escucho despedirse a la señora del aseo. Hasta pronto, contesto. Pregúntale su nombre. Veo al hombre del suéter verde salir.


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Otro día, otra estupidez. No hay reflexiones profundas o epifanías. No eres protagonista de un romance inevitable. Nos tomamos las manos, me dijo que quería estar conmigo un rato y desperdicié las posibilidades. No bailaste toda la noche, ni fuiste unido por el destino; trabaja. Observo otra vez los monitores: esta hora es tan solitaria.

Hay una forma de saber de él, pero me da pena. Cuarto para las cinco, me preparo para salir. Por lo menos esta jornada sí la acabé despierto. Esperaré exactamente un mes para volver al antro. ¿Un mes? Es mucho tiempo.

Aunque ya no lo vea.


* Sairt Barrón. Ciudad de México, 1994. Estudiante de la Licenciatura en Enfermería en la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia, de la UNAM. Asiste al taller de creación literaria del FARO Indios Verdes.

Facebook: Sairt Manzano | Twiter: @SairtManzano

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