Antología a tu pútrido ser

Ambrosia

Ilusión, esperanza, inocencia

“Unspoken feelings are unforgettable”

Andrei Tarkovsky. Nostalgia.

No recordaba cómo se sentía que te empiece a gustar alguien por una plática, por la manera en que te expliquen las cosas, por su forma de pensar, incluso por una mirada. Y vaya que me tumbó.

Volví a caer en el vicio, aquella vez te dije que sólo tenía uno, ahora son dos. Bendito sea el amor, el amor puro y con todos sus defectos y sus secuelas. Bendita sea la incertidumbre de saber si serás correspondido. Amores locos, amores partidos, amores que florecen sentimientos y marchitan esperanzas.

Esencia pura y magnífica, me hiciste caer en tus palabras para después caer ante tu alma. Yo no tengo un tipo de persona, a mí me gustan las mentes que saben conquistar.

En algún momento te dije que me enamoré una vez, ahora son dos.

Eros, amor, bonito

(Fragmento de los Himnos Órficos: dedicado al marchito).

A Eros.

Gran Amor, te reclamo, manantial de las dulces delicias, sagrado y puro, que las miradas seduces. Alado, arquero, ardiente, impetuoso en tus deseos, que con los divinos y los mortales juegas, limbre errante, ligero andrógino, guardador de las llaves del cielo, de la tierra, del aire, de los extensos mares, de cuanto contienen los reinos fecundos de Deméter, cuya vida tentan las maternas Diosas, del lúgubre Tártaro cuya vigilancia por decreto ejerces, de extensión vastísima, de resonante hondura. A ti te obedecen los diversos reinos de la Naturaleza que avanzan por sí solos, impelidos por el universal aliento. Acércate, bienaventurado poder, contempla estas lumbres sacras y aparta de nosotros los ilícitos, nocivos deseos.

Himnos Órficos, LVIII
Ambrosía, perfume, delicias

Olemos. Siempre olemos. Ambrosía del alma, demasiado pura que pasa por desapercibida. Me gusta tu aroma, tan indescriptible, único, rico.

Toda la historia ilustrada de la humanidad huele, pero, apuesto que nadie olerá igual que tú.

Miedo, decepción, locura

Me gusta la vida contigo, pero no el sabor que es cuando tú no estás. Me da miedo ser dependiente a la gente, me da miedo depender de ti.

¿Lo sabía? Claro que sí, eres la esencia clonada de la persona que más me ha marcado en mi vida. Horror, no quiero sentir nada [pleonasmo].

¿Tengo miedo? Creo que ya es bastante tarde para preguntarme si lo tengo, el miedo ya existe, pero no sé por qué.

Meditar no me sirve, (¿me servía antes?), pero quiero adentrarme en mi mente para reconocer lo que siento, porque no sé qué es.

Reconciliación, fe, porvenir

Voy recorriendo las calles que no me saben a ti, encontrando de nuevo tranquilidad donde pensé que ya no había. Estoy en un jardín viéndome crecer con flores, ninguna de ellas con espinas. Hay una conexión entre el cielo, las paredes y yo, existe la posibilidad de sanar, volver a ver el brillo detrás de la inteligencia sin dolor. Complacida cerré la puerta sin esperar[te].

Nigredo, oscuridad, muerte

Suplico callada, rezo en cuclillas, creo [en] oscuridad, no me sirve mi fuerza de voluntad. ¿Podrías quedarte quieta? Estoy tratando de invocar[lo]. ¿Podrías, por favor, cerrar la puerta un momento? No me gusta que me vean; vulnerable, frágil, rota, sin afán, sin credo, sin cielo ni infierno. ¿Sola? Pero es que así es como debes de estar. ¿Muerta? No lo suficiente para creerlo.

Haikú
Me quemé
porque entraba otoño
y tú eras fuego.
Carta entregada pero nunca recibida

Estoy sentada. Pensando en la nada. Buscándote entre la lluvia y la tierra mojada.

Escucho una melodía. No tiene letra. Pero me hace sentir más que si tuviera algo escrito.

Encontré una relación entre mis ganas de estar contigo y la eutanasia, y es que ambas me matan, tal vez de manera romántica, tal vez de locura.

Es que no me da miedo la muerte, ya la he experimentado de manera consciente, sé lo que es estar solo, lo que es creer que no hay nada, ni una sola alma, ni siquiera la mía. Y entre todo eso encontré paz, pero una paz que no es como cualquiera, sin embargo se asemeja a lo que siento cuando voy a tu casa, cuando me besas, cuando me tocas.

Es una muerte que disfruto y que temo, es la caída de mis pedestales de perfección y la reconstrucción que alaba a tu memoria, es el fuego que se apaga pero que no se extingue y eres tú desnudándote de alma y palabra.

¿Qué hay después de la muerte? El comienzo de la vida eterna se me antoja fastidiosa, la reencarnación como tal no significa nada si después de morir no existen tus ojos. Idealízame romántica, [no] soy tuya.

Me he puesto a pensar mil veces cuál es la manera más bonita de morir, todavía no tengo la respuesta, pero me gusta sentir la muerte y seguir viva. Que me sirva para recordarme que aún siento, que soy capaz de salir de mi letargo y reencarnar. ¿Es eso lo mismo que siento cuando te vas?

El otro día hablé con mi Alter Ego, expresamos vivamente lo que pensamos de morir, de la muerte y de ti. Llegamos a la conclusión de que queremos bailar contigo [con ella] en el filo de un mundo que está arriba, cerca. Queremos sentirte respirando bajo nuestro cuello y bellamente escapar a nuestro destino.

No hay tal cosa como la muerte, la vida es sólo un sueño y sólo somos la imaginación de nosotros mismos.

Creencia. Agnosticismo, santos

¿De qué otra manera Dios te salvará en su gloria si no te libras de mis besos que corrompen tu alma? Virgen Santa a la que no le rezo, aunque mi agnosticismo me permite creer en algo, prefiero beatificar tu amor todo poderoso, ¿sin pecado?

Si Cristo al ser crucificado se convirtió en ateo, ¿por qué no lo puedo hacer yo?

Roto, celos, competencia

Me vio entera y no quiso tocarme, no quería romper mi fragilidad. Sentada frente a un espejo lo vi a él de reojo, abría la puerta para retirarse a un lugar donde yo no pertenezco. Y lo dejé ir. Mío, el sentimiento de propiedad me causa problemas. ¿Qué es lo que me pertenece? Tú no, ni ninguna persona que se considere libre, libre… ¿libre de qué?

Yo no formo parte de tu egoísta manera de ver a la gente. Sin pertenencia. Sin posesión. Sin acaparamiento. Sin celo.

Guerra, alter ego, repetición

Entré de nuevo a un país romántico con la esperanza de encontrar aquello que he buscado durante mucho tiempo. Empirista renegada, nunca hago caso, ni siquiera a mí. Pisando por milésima vez esta tierra me di cuenta de las falsas imágenes que se proyectan ante mí, de lo poco que he aprendido luchando en esta guerra conmigo misma, porque soy mi propio enemigo y los prejuicios son los tanques que hacen explotar a un tercero. Estoy manchada de la sangre del enemigo que es ella [yo] y exclamo con voz cortada que esto se acabe. Me agarro tiritante de dolor y prometo fin a esto. Celebro con entusiasmo el fin de la guerra y entre todos los sobrevivientes me veo a mí misma y me sonrío, estamos de acuerdo que la guerra en el país romántico nunca se acaba.

Color Rojo

Estaba en una fiesta, había gente, música, furor y una especie de matices que me hacían pensar en ti. Recuerdo haber comido galletas y tras la ingesta empecé a alucinarte, ahí estabas, sentado, observando todo, tan indiferente y  ausente de tu propio mal, y ahí estaba yo, viéndote serlo. Y me dolía, pero no podía hacer nada porque yo era nadie.

La gente empezó a bailar, alzaron las manos queriendo conjurar un ritual, un ritual contra ti y tu pestilente saber, sus palabras hacían juego con las luces del ambiente, aunque no las entendía, sabía que eran azules. Azul y rojo eran los colores que dominaban la atmósfera llena de voces, de música, de comida y de drogas. Todos éramos uno solo, o eso creía, porque la gente se dividía en gente azul y gente roja.

Te vi, me dio miedo, seguías sentado y tu silueta era roja, todo tú eras rojo, rojo demoniaco, loco, de miedo. Seguías sin verme, aunque yo quería que me vieras para ver si todo era real, o era producto de mi alucinación. Y de repente lo hiciste, me viste, sostuviste la mirada por unos segundos y después te volteaste, y yo me quemé por lo decrépita que era tu mirar, me mataste, me hiciste añicos, tu rojo me consumió y me quemó tu fuego.

De pronto, en medio de mi horror, un sonido de metales chocando me hicieron volver a la realidad, era un persona que venía del lado azul del cuarto, iba a presentar un espectáculo, empezó a hablar, era un diálogo que performaba varias personalidades de colores azules y rojas, todas con diferente pensar, diferente vida, diferente criterio y todas eran una misma persona. Ahora imitaba caras grotescas, caras de colores y la última, roja, fue la que más me dio miedo.

Se terminó, aquel azul guardó silencio y se consumió en su propio color y yo me quedé sin saber qué hacer, estaba temblando, estaba estupefacta, anonadada, me petrifiqué por aquella última cara que te había retratado tan bien. Minutos de silencio y aplauso, todos estaban extasiados por la espectacular presentación, volvieron a bailar, a conjurar rituales, a platicar, a drogarse y a reírse. Y yo estaba sentada, viendo de reojo que estabas con tu todo, pero ya no tenía miedo, la presentación me había cambiado de humor, ahora estaba enojada y decidí acercarme para que notaras mi dolor, mi miedo disfrazado y mi soledad marcada por ojeras.

Me paré, intenté verme normal aunque la galleta ya había tomado efecto y me tambaleaba, pero aun así mi necesidad por ser vista era más grande, así que me acerqué a donde tú estabas, atravesé la parte azul donde me sentía segura y fue ahí donde me perdí.


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Rubedo

Pensé en sueños cómo era mi vida en este instante, soñé amargamente tu recuerdo y tu presencia, recordé (no sé si con miedo o con nostalgia) cómo me sentía yo a tu lado, vil afán de catarsis presentada en la noche; todo el día recordándote, vienes como si nada y me sigues torturando en sueños.

Te vi cómo eres en vida, sin querer tropecé con tus ojos, me sorprendí porque estaban vacíos, sólo eran cuencas, no existía tu alma y todo tú era una construcción personificada de mi miedo, mi ansiedad, mi dolor, mi desesperación y de un oscuro cuarto del que me temo estar encerrada porque no encuentro mi llave.

Desperté (o quizá no) y seguías ahí, queriéndome chupar el alma con tu asqueroso verbo, recuerdo haber gritado por ayuda, pero el lugar en donde estaba sólo habían sordos y todos eran tú, que no podían ver ni escuchar más allá de ellos porque no les importaba nada más. El lugar era frío, y conforme se adaptaba mi vista vi que era tu casa, y que estaba en tu cama, atada con tus brazos que no querían soltarme, seguí gritando y esta vez lloré desesperada por escapar de un infierno que no comprendía ni soportaba. Me dolía mi cuerpo, no comí por días; me dolía mi cara, estaba desfigurada por mis lágrimas que eran ácido; me dolía mi alma, seguías queriéndome robar lo único que todavía no te daba y lo querías desesperadamente.

Luché por tanto tiempo para no entregártela, me deshice moralmente, me aislé espiritualmente, me quedé ciega a propósito para ya no tener que verte, me quemé los odios para ya no escuchar tu voz.

Y al final gané, no quedó nada más que mi alma, pero quedó intacta, pura, completa. Y no hubo más que un color rojo que salía de ella, señal de que me había apropiado de mi dolor, lo hice mío y me convertí en amor.

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