Activismo erótico

Tania Magallanes escribe acerca del activismo erótico para erradicar la forma en la que se ve a una mujer cuando habla sobre sexualidad o erotismo. Este texto se publicó originalmente en LJA Aguascalientes.

Tania Magallanes*

Leí hace unas semanas un artículo revelador: Follar, hablar de follar, y tener un cargo público (si eres una mujer), en el cual encontré premisas hermosas:

  • El sexo es una de las armas con las que el patriarcado ha tratado siempre de disciplinar a las mujeres.
  • Las mujeres que disputamos el relato sexual del patriarcado somos mujeres peligrosas a las que tratan de humillar o apartar. 
  • Necesitamos hablar de sexo, mucho, y no podemos tolerar que eso nos siga invalidando en ningún aspecto de la vida, ni en lo personal, ni en lo público, ni en lo profesional.

Y también apremiantes premisas. En la era más alejada del Oscurantismo, en la era de la velocidad, de la tecnología y la inteligencia artificial, la más avanzada, las mujeres no podemos hablar todavía de nuestro placer sin ser estigmatizadas. Por supuesto que habrá quien lo haga desde el (des)conocimiento o la educación sexual, pero cuántas mujeres hablan de su sexo y placer sin que el rostro se les enrojezca. No me refiero al deseo o la sensualidad que encontramos en los poemas o cuentos eróticos, sino a la cotidianidad y a la charla que obliga en ocasiones a las imágenes verbales sexualmente explícitas, bellas y placenteras pero grotescas, las más de las veces, ante los ojos del que juzga. 

Deberíamos empezar por atender que la agencia sexual no es femenina. Ni siquiera los temas más básicos, como la menstruación o las cuestiones médicas, son fáciles de verbalizar para muchas de nosotras. En cuestiones de placer, tal vez en una noche de chicas se nos suelte la lengua y hablemos de nuestros idilios, todavía con algún pudor escondido en los detalles, pero es claro que la representación del sexo y su producción imaginaria sigue siendo meramente masculina: si las mujeres hablamos de sexo, entre nosotras o con los hombres, significa que estamos urgidas, que somos de “cascos ligeros” (lo que signifique eso), lo suficiente como para que al grueso de los varones le suene a incitación y busque apropiarse de esas palabras que son la muestra de algún deseo que nos escurre por los poros, para su beneficio. Prueba de eso fueron los mensajes que recibí en Twitter, una invitación a saciar mis ganas y una petición de nudes, después de tuitear una imagen que me resultó divertida sólo porque esa mañana esperé, de más, que se enfriara mi café:

En attendant que le café refroidisse. Esperando que el café se enfríe.

Otra premisa del texto inicial: Se trata de que el sexo deje, de una vez por todas, de penalizarnos. Enfatizo: si una mujer habla de sexo quiere decir que está pensando en sexo, quiere sexo, desea coger, aunque lo niegue. Y para penalizarlo están mujeres y hombres, tirarán la primera piedra contra la golfa adúltera. Las primeras hablarán pestes de la libertina y la segregarán por inmoral; los segundos también la llamarán libertina, pero con otras variantes: algunos intentarán acercarse a ver qué consiguen, otros intentarán llevarse el botín expuesto y creerán que pueden tomarla por la fuerza, si la violan será porque ella los provocó, otros más encontrarán suficientes motivos en sus declaraciones para asesinarla, “La sociedad todavía teme a las mujeres que son dueñas de su propio deseo”, y el temor y la ignorancia dan como resultado la violencia. 

Entonces así las niñas deben convertirse en mujeres decentes, pudorosas, silenciadas. Pregúntese, si usted es padre o madre de una niña, ¿habla con hija de placer? ¿Le regalaría un vibrador? Un capítulo de Backdoor, una serie de comedia, registra esto. El padre se escandaliza cuando su hija adolescente le pide que la lleve a perder la virginidad, cuando él se niega horrorizado, la chica le reprocha que ya llevó a su hermano y que hasta festejaron que se volviera “hombre”. Sí, claro, estereotipos y tal. Los niños varones también la tienen difícil, tampoco a ellos se les habla del placer, del propio y del ajeno, es por eso que su acercamiento a la sexualidad también es torpe, lleno de los mismos estereotipos y de la ignorancia que padecen las niñas, pero de otras maneras: el porno es una de ellas. A fuerza de reforzar una idea de virilidad, deben encontrarle el gusto a ver mujeres desnudas y penetradas cuando su mente tal vez no está lista para procesar la imagen.

Mientras, a las niñas por lo general nos avergüenza el porno. Nos hace sentir culpables y sucias. Así me sentí yo cuando en cuarto grado de primaria una compañerita llevó al colegio una Playboy de su hermano. Perturbada, obscena. Recuerdo con gracia una ocasión, ya pasada mi mayoría de edad, en que entré a la casa donde se juntaban mis amigos cercanos. Todos ellos estaban allí, en el cuarto del fondo, alrededor de la tele, atentos, callados. Entré sin tocar porque esa era nuestra costumbre, y me di cuenta que veían una película porno. Me reí. Se avergonzaron pero no me corrieron. Si no te callas, te vas, ¿eh? Y me callé hasta que la escena en la tele se volvió más intensa, con más gemidos y la provocación que hizo que mis amigos tuvieran que cruzar las piernas, todos al mismo tiempo, para ocultar la erección que les crecía. Pero yo no me excité, solté una carcajada sonora y salí de la casa entre gritos, el azotón de la puerta y el ruido del cerrojo. ¿Las chavas se juntan para ver porno? Ojalá. Aunque lo dudo. No digo que no suceda, pero veo poco común que planeen una tarde juntas en casa para ver una película porno y terminar corriendo al baño a masturbarse. 

Porque la sexualidad todavía está negada para nosotras si no es para el fin establecido: la procreación. En el matrimonio. Matrimonio hétero. Sexo pudoroso o a sometimiento del marido. Pregúntese, mujer empoderada: ¿su madre le regalaría de Navidad o cumpleaños el succionador de clítoris de moda, un Satisfayer? De ser así, felicidades. Usted que puede y no tiene problemas con enunciarlo, haría bien en hablar de sexo y placer femenino. Se lo debe a otras mujeres que por su contexto no han recibido orientación sexual integral, más allá de las partes del cuerpo. Debería volverse activista erótica. Como aquella mujer en Alicante que robó 40 estimuladores de clítoris y repartió una parte entre sus vecinas. Eso es a lo que yo llamo sororidad. Una verdadera heroína. 

Me regreso un poco de nuevo, la sexualidad femenina aún vive amenazada por un fantasma: la violencia contra las mujeres, que fuera de la violación y el abuso sexual se concibe como prostitución y el porno. Entonces es cuando una parte de las mujeres aseguran que las representaciones sexuales explícitas son opresión de género porque solo han visto un porno ginecológico que enfoca a una vulva penetrada y un miembro enorme, sí, la pornografía clásica, cuerpos femeninos desnudos, abiertos, “listos” para ser penetrados; solo han visto cómo ese miembro sin rostro ni cuerpo eyacula en la cara de una mujer infantilizada o hipermaquillada; solo han visto el castigo y la sumisión de la trama, y llaman a ese porno catalizador de violadores, cuando las violaciones han existido desde que existe la Humanidad, si no me cree vaya y lea la historia de la hermosa Medusa que fue violada por Poseidón. Y hago un paréntesis, por favor, deje de lado el tráfico sexual o la prostitución regenteada, esos son delitos que caben en otros textos y no tienen relación alguna con lo que aquí expongo. Tal vez hablar de sexualidad con nuestros niños los protegería un poco, estarían conscientes de lo que pretenden los agresores, serían menos vulnerables a sufrir agresiones sexuales y a callar por vergüenza, por culpa, una de las armas de los pederastas. 

Entonces, lo que muchos no consideran es que existen mujeres que tienen fantasías sexuales, y que la buscan en “literatura erótica femenina”, como lo que dicen que se hizo en Cincuenta sombras de Grey, de E.L. James, esa trama romántica novelesca en la que la protagonista se convierte en la mujer sumisa de un hombre rico, poderoso y dominante, y que satisfizo el ojo del público femenino porque fue la vertiente más cercana que encontraron para conceptualizar una exploración de su libertad erótica. Aunque poco hemos hablado de las dominatrices sin que sean estigmatizadas como desviadas, prostitutas o locas. 

De entrada asumamos que el relato sexual ha sido narrado y gobernado también por los hombres, un breve ejemplo es Homero (que dicen las malas lenguas, bien pudo haber sido mujer) que cuenta de la belleza y sensualidad de Elena de Troya, de sus senos y su cuerpo desnudo que arrastró a Menelao a tirar la espada por encontrar el placer en ella, pero que una vez que ya no la tuvo, recogió la espada para ir a hacer la guerra.  O como la otra noche en que leí la sexi comedia griega de Lisístrata, la protagonista que convenció a todas las mujeres del pueblo de hacer una huelga sexual contra sus maridos para que estos, como Menelao, dejaran el combate. Digo sexi porque las leí calientes, invocando a Dionisio y hablando de orgías, ansiosas de los miembros masculinos después de escuchar la propuesta de Lisístrata:

“Si nos quedáramos quietecitas en casa, bien maquilladas, y pasáramos a su lado desnudas con sólo las camisitas transparentes y con el triángulo depilado, y a nuestros maridos se les pusiera dura y ardieran en deseos de follar, pero nosotras no les hiciéramos caso, sino que nos aguantáramos, harían la paz a toda prisa, bien lo sé”, mientras piensan en unos consoladores de piel de perro para calmar el deseo de sus entrañas y muslos, y en pasar a la historia como las mujeres “Acabaguerras”. Muy sexi quizá, pero que al final se trata de una comedia escrita por Aristófanes, un hombre que plantea escenarios sexuales, pero sin mencionar el placer de ellas. 

U otros relatos sexuales como en Fóllame, de Virginie Despentes, que narra también sobre sexo pero desde la violencia y no en el placer, como en la violación de Karla y Manu, quien se somete para no ser más lastimada, qué más da si ya ha tenido otros hombres adentro, “sobre todo no provocarles para que no se pasen de los golpes a las jetas y las violentas embestidas de cadera”; mientras que Karla que se defiende y es asesinada al final. Eso sí, con Despentes se cumple el que ninguna víctima es víctima si no parece una, y sus protagonistas serán lo que quieran, menos víctimas.

Mientras, la antropóloga Gayle Rubin piensa constantemente en este atolladero sexual y en las políticas del sexo y por eso asegura que “las sociedades occidentales modernas evalúan los actos sexuales según un sistema jerárquico de valor sexual; identidades sexuales aceptables: heterosexualidad, matrimonio, monogamia, reproducción”, por eso se rezaba antes de coger, por eso existieron (o existen) esas sábanas con un hoyito para entregarse al marido, porque “todo lo demás”, fuera de la hegemonía, es denigrante y merece castigo, el sexo es poder y bien puede incluir en la misma oración los verbos someter, castigar, denigrar, en el mismo campo semántico si se trata de una mujer.

Así es como las mujeres no hablamos de sexo con soltura, del nuestro, de nuestro placer o de cómo tomamos las riendas de nuestras fantasías. La censura, la autocensura, el castigo, la vergüenza, nos obliga a pensar primero en que eso suena putezco, en la prostitución, en la denigración, antes que en un punto de vista femenino, en el sex-positive que nos libraría de ese puritanismo protestante que nació en EU (y que no ha muerto), junto con la guerra feminista de la Revolución sexual, pero que no se ha consolidado en nuestras conciencias después de 50 años. Bien podríamos iniciar pensando cómo les arrebatamos al patriarcado la narración de nuestra sexualidad. Tal vez en 1973 la primera presentación feminista de Betty Dodson de diapositivas de vulvas en Nueva York rompió estigmas para esas mujeres, pero ahora, en mi misma calle, lo más probables es que exista una mujer que no sabe dónde se ubica su clítoris o que no habla de sus deseos, en la era más avanzada de la Humanidad.

Se trata para mí de obligar a que se deje de pensar a las mujeres como libertinas si hablan de placer, de ser tomadas en serio, de cambiar el discurso, y sólo lo conseguiremos si tenemos la agencia de nuestra sexualidad, si hacemos activismo erótico, que no significa nada más que poder hablar sin que se nos enrojezca el rostro de un falso pudor impuesto. En los extremos, no todo el mundo es Suecia con sus premios al mejor porno feminista, del otro lado todavía existen lugares en este planeta en donde niñas y mujeres son sometidas a la crueldad de mutilación genital para que no se apropien de sus deseos. En medio, estamos las que, en nuestras múltiples realidades, podríamos empezar por “disputar el relato tradicional y patriarcal sobre el sexo”. Se trata de que el sexo deje, de una vez por todas, de penalizarnos.


*Tania Magallanes. Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista

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