Los buenos días

Juana R. toca un tema que hace tiempo resuena. Un tema social hecho literatura que invita a la lectura.

Juana R* 

Creyó escuchar, entre sueños, el ir y venir de gente más presurosa de lo habitual. ¿Cuchicheos de mujeres? ¿Abrir y cerrar de puertas? ¿Perros ladrando? Y más allá, quizá a unos metros, el llanto de algunos niños. La sorpresa y el terror aparecieron de súbito en el rostro de Macario, al recordar dónde estaba, luego siguió escuchando, callado. 

“¡Viejas chismosas!”, pensó, mientras estiraba la mano hasta la ventana. Recorrió la cortina que le impedía calcular la hora del día. No vio nada extraño. 

Esconderse en ese barrio le daba cierta tranquilidad ¿quién podría imaginarse que se encontraba ahí? El lugar resultaba apropiado: un mundo de viviendas abandonadas, salidas misteriosas, túneles que parecían laberintos y sombras que se escurrían por las paredes. Ya casi nadie vivía ahí, todos terminaban yéndose.  

Lentamente se incorporó. Sentado en la orilla del catre, comenzó a pensar en lo frágil de la situación. Sus ojos cafés recorrieron la pieza: una vieja mesa sostenía con dificultad algunos vasos, platos y envoltura de comida. Sonrió. Apreciaba la ayuda del Gran Dany. El amigo conocía el lugar y para protegerlo lo resguardó, además de facilitarle lo necesario para sobrevivir algunos días. Ahora el único contacto con el exterior era la vieja radio A.M y su única compañera la nueve milímetros, que llevaba en el cinturón.   

“Solo es cuestión de tiempo para que los buenos días regresen”, se dijo. Buscó sintonizar alguna estación que se escuchara bien, luego comenzó a hurgar entre las bolsas en busca de algún pantalón para cambiarse.  

“¡Qué metida de pata! Dejarte sorprender por esos batos. ¿En qué momento te arrebataron la mercancía?” Recordaba un fuerte golpe en la cabeza, luego nada.   

Hasta ese momento se consideraba un buen burrero, tenía futuro: apenas había cumplido los 17. Le gustaba pensar en los días futuros, cuando paseara con hermosas mujeres del brazo y se trasladara en su propia camioneta. Tendría una mansión, o hasta dos: una para su familia, para que tuvieran algo propio dónde vivir.  

Se negaba a aceptar que el jefe cumpliera sus amenazas. Sí, era verdad que estaba enojadísimo, pero de eso a que quisiera desaparecerlo, había un abismo. “Eso pasa en las películas, no con Don Cleto.” Además, él entendía que así era el negocio: a veces también se pierde. Seguro que iba a comprender lo que sucedió y todo quedaría como una experiencia, una anécdota nada más. Lo habían agarrado por la espalda, ni siquiera los vio: solo recordaba el golpe en la cabeza y luego nada. Seguro que comprendería.    

Volvió a escuchar los ruidos de afuera, esta vez con más atención. Abrir y cerrar de puertas. Perros ladrando. Más allá, quizá a unos metros, el llanto de algunos niños. Pero esta vez las mujeres no cuchicheaban: gritaban. Cada vez más cerca. Sintió el corazón latir desbocado y el sudor brotar de su frente. Quiso llevarse la mano al cinturón, pero no pudo moverse.  

La luz inundó el cuarto cuando los hombres entraron abruptamente a la vivienda. Pudo distinguirlos cuando se puso de pie, creyó reconocer el rostro del Gran Dany. Luego su cuerpo frenético giró al son de brillantes destellos de colores. 


*Juana R. Estado de México, 1962. Asiste al Taller de Creación  Literaria del FARO Indios Verdes desde 2017. 

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