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Entrevista a Tryno Maldonado | Parte 2

Les presentamos las segunda parte de la entrevista de Óscar Alarcón a Tryno. Aquí el enlace de la primera parte: Entrevista a Tryno Maldonado | Primera parte

Óscar Alarcón*

ÓA. En algún momento planteaste una etiqueta: La generación Atari, incluso existe una antología en donde reunías a los que tú considerabas eran los mejores narradores de aquel momento, ¿no tienes cierto temor que tu literatura sea etiquetada como literatura hipster? 

TM. No sé qué es eso. Me lo dicen por los lentes o por el peinado pero si nos ponemos serios no reúno las características de lo que la Wikipedia de la calle define: no vivo de mis papás, tengo como 20 kilos de más para ser hipster, tampoco consumo productos orgánicos ni socialmente responsables. Todas estas cosas que sabemos que hacen los hipsters. 

Crecí y viví toda mi vida en un pueblo de 120 mil personas que se llama Zacatecas, que vive de remesas. Me eduqué en escuelas públicas. No pude tener acceso a una formación universitaria. Después, como creí que eso no era suficiente, me fui a vivir al sur del país, a uno de los estados más pobres, a fundar una editorial, que no estaba conforme con la línea editorial impuesta desde el centro. Y empezamos a publicar cosas que creíamos valiosas –lo estoy aterrizando a la antología– pero que se le estaban saliendo del ente de editoriales muy establecidas. Creo que fue un trabajo paralelo al que empezaron a hacer editoriales como Sexto Piso, por ejemplo, con otra óptica pero con esa misma intención de búsqueda. 

Y resultó que había un montón de chavos y de chavas, que estaban escribiendo muy bien y cosas muy distintas. Pienso en decisiones editoriales que en su época nos cuestionaron mucho, como Ondjaki, un angoleño de 30 años; Samanta Schweblin, una escritora argentina de 30 años, que también fue una apuesta editorial mía; Mia Couto, Gonçalo Tavares en su época; Heriberto Yépez, que fue de los primeros que me tocó a mí reapostar. 

Ese ejercicio de ir a ciegas y apostarle por ese tipo de autores en el momento en el que están haciendo su obra me parece más interesante que irse a lo seguro, porque Borges ya tiene un puño de tierra en la boca y no te va a poder contestar. No le puedes ni discutir su autoridad pero tampoco puedes discutir con él en persona. Me interesa mucho dialogar con autores que no tienen tierra en la boca. Esa era la intención, al menos del trabajo que yo hice en Almadía. 

Grandes Hits se le puede cuestionar lo que sea, yo asumo que la hice hace 10 años –tenía veintitantos años– pero creo que el espíritu, lo temeridad de hacer esa antología en su época creo que ahí se queda. Tampoco pretendía instaurar un canon literario. 

¿Si lo volvería a hacer? Pues te digo que no. Nunca lo volvería a hacer pero tampoco me arrepiento porque creo que hay autores ahí que siguen haciendo obras muy valiosas hasta ahora. Y de esa antología, curiosamente, la mitad se fue a Londres, quién sabe de dónde la sacaron: Ximena Sánchez Echenique; hasta mi amigo argentino que lo publicamos en Almadía; está Luis Felipe Lomelí, Antonio Ramos, Eduardo Montagner, que a él nadie le apostaba nada y salió en la antología de Almadía… la mitad se la llevaron a Londres. Entonces que no vengan a decir que sacaron el underground de la literatura mexicana porque ya lo habíamos hecho hace 10 años. 

Es curioso cómo se comportan los cánones. Son principios de inclusión o de exclusión, de intereses que tienen que ver más con la política que con lo esencialmente literario. Volvemos a lo mismo de que todo son relaciones políticas: “A mí me conviene que se venga conmigo fulanito de tal porque me va a reseñar bien o porque tiene un discurso que no asume posturas políticas”, ¡pum! Vamos para acá. Puede ser… bueno, eso ya es una sospecha mía. 

Es muy sano que haya pluralidad en ese tipo de ejercicios y la cosa es que la gente los lea. Lo triste es que en dónde está la obra de estos autores. A mí me interesaría poder llegar a una librería, a un Sanborns, a una Gandhi, y tenerlos todos ahí para leerlos. Y no. Te das cuenta de que aún nos cuesta trabajo tener acceso a esos autores. 

Cuando esos cánones o esas listas se traduzcan en oferta de editoriales, que podamos leerlos a todos estos creo que nos daríamos satisfechos como lectores. Pero te das cuenta de que tampoco fue así. Nunca he visto la antología México 20: conozco la portada, la presentaron en un restaurant de élite de Londres. Se vuelve elitista, es un canon para ciertas élites. Igual hablo por ardido, hay que reconocerlo. 

ÓA. Alguna vez leí una declaración tuya en donde decías que en México sobraban historias pero faltaban tramas, ¿sigue ocurriendo eso en este momento? 

TM. No sé en qué estado estaba cuando dije eso. Pero creo que esencialmente seguimos escribiendo, dos siglos después, como Flaubert. Seguimos haciendo diálogos entre dos rayitas, creyendo que por usar guiones largos la gente va a creer que habla un personaje. Te das cuenta de que el lenguaje literario, las formas literarias no han evolucionado tanto como otros lenguajes, como el musical o el pictórico, en donde ha habido revoluciones completas en dos siglos, y los novelistas seguimos escribiendo con convenciones decimonónicas. 

Estoy convencido de que no vamos a descubrir el hilo negro ni temáticamente ni formalmente. Cada vez creo más que estamos obligados a contar las historias que tenemos: nuestra ficción con el mundo que nos toca como entes sexuados, como entes históricos en el México del Siglo XXI con las herramientas del lenguaje que tenemos. Nuestra batalla constante es contra el mundo –todos los días– contra nuestro país y contra el lenguaje, que son como las dos batallas que damos todos los días. 

Esencialmente vamos a terminar contando la historia de un tipo o de una tipa que regresa a su casa, que ya está muy bien contada en La Odisea y en el Ulises después de Joyce. Nuestra batalla es esa: todos los días. Creo que hay cosas muy buenas que se están haciendo, no voy a dar nombres para no comprometerme porque si no caeremos otra vez en la listamanía pero hay cosas que me gustan mucho, que se están haciendo de distintos frentes, de dónde pensarías que va a salir literatura interesante. 

Literatura buena puede salir desde el arrabal o de los puteros hasta de la Universidad Iberoamericana. Entonces te da cuenta de que en la Ibero se puede hacer buena literatura pero que también desde un tugurio en Tijuana o en Tuxtla. En Ayotzinapa se está haciendo buena literatura. Yo le voy más a la segunda que a la primera pero no son excluyentes, son igual de valiosas. 

ÓA. Platícanos sobre Metales pesados, ¿después de publicar Teoría de las catástrofes, hay alguna razón por la que hayas decidido regresar a los cuentos? 

TM. Yo me considero lector de cuentos, me gustan autores como Richard Yates, Salinger o Richard Ford, Carver, por ejemplo. Leo más cuento que novela. 

Cuando empecé Teoría de las catástrofes, mi intención era hacer un cuento carveriano de 8 páginas. La historia de Teoría de las catástrofes era un conflicto de pareja, en donde terminan en su tercer año y todo se queda ahí como ambiguo, irresuelto, como estos cuentitos domésticos de Carver. Pero de pronto, el ruido de la calle, el conflicto social empezaron a meterse al texto y acabé con una novela de 500 páginas. Creo que soy muy mal cuentista porque todos mis cuentos terminan siendo una novela. 

Creo que Metales pesados es una transición entre Teoría de las catástrofes, a nivel temático y la novela que estoy preparando, que todavía le falta un tiempo. Entonces, si te das cuenta, todavía está Oaxaca durante el conflicto magisterial en 2002, también están las relaciones de pareja pero ya está el semi-desierto, de donde yo soy. Escenarios oaxaqueños, la Sierra, pero está también la aridez del desierto zacatecano, las minas, que es de lo que va mi nueva novela. 

Es un libro de transición, a nivel formal y a nivel temático. Quería que fueran cuentos como de Richard Yates, de Richard Ford, nunca lo voy a lograr, por supuesto, pero también son ejercicios míos. 

Mi primer libro fue de cuentos, entonces 10 años después regreso a escribirlos. Que no sé si son cuentos –pensando en Cheever o en Alice Munro, que también me gusta mucho–, estas historias que no se resuelven de manera tradicional sino que son narraciones cíclicas, que dan vuelta con manejo de personajes no solo de uno o dos sino que aparecen más. Son como artefactos narrativos entre novela corta y cuentos largos. Es la preparación para la novela que viene. 

ÓA. Si pudieras recomendarle un libro a Enrique Peña Nieto y uno a Andrés Manuel López Obrador, ¿qué libro sería? 

TM. A Peña Nieto le daría un libro bomba, así como de esos libros huecos que le puedes meter una anforita o esconder algo ahí, creo que una bomba dentro de un libro hueco, de todas formas no lo va a leer –si está hueco o no– le va a ser indiferente, no le va a sacar ningún provecho. Creo que el libro más provechoso que podríamos darle a Peña Nieto es un libro bomba y ya se acabó y desaparece de la faz del país y llevamos a elecciones otra vez. Después le damos otro a Beltrones si queda como interino. 

Y a Andrés Manuel López Obrador, creo que lo pondría a leer feminismo. Sería una forma de sensibilizarlo sobre los temas de que esta izquierda patriarcal, esta izquierda conservadora y tradicional, que deja de lado toda una tradición de lucha del lado de las mujeres, del feminismo. A mí me gustaría que fuera más incluyente con toda esa ideología, que para mí como autor me ha ayudado mucho; como persona, trato de aplicarla cuando puedo. 

Creo que la izquierda institucional de México no tiene arreglo, igual le podríamos poner otro libro bomba pero en esencia le daría algunos libros de feminismo si el Peje tuviera algún arreglo. 

ÓA. Lideras una banda de rock llamada “Scarlett Johansson”, ahora que mencionabas el canon decimonónico que tienen algunos escritores, ¿dónde te sientes más cómodo para crear, en la música o en la literatura? 

TM. Yo estudié música un rato y mi intención era ser músico. He leído mucho a John Cage, entonces me tomo las cosas mucho más tranquilas, ya me estreso menos cuando voy a tocar con mis amigos. 

Creo cada vez menos en que el arte es para un grupo de élite o artesanos de élite que dominan una técnica, y que solo ellos pueden tener acceso a cierto tipo de creación. 

En la música en México nos pasa muchas veces eso: que si no formas parte de una élite, que se ha educado en los conservatorios o en la Academia, que tiene acceso a cierto tiempo de ensambles, no puedes hacer música. Ahora tenemos las herramientas en un Ipad o en una computadora para experimentar con el lenguaje sonoro y hacer muchísimas cosas. 

Me lo tomo más tranquilo con mis amigos que son artistas visuales y curadores, hacemos un tipo de experimentación sonora que se sale de las jerarquizaciones de la música tradicional. Entonces experimentamos con capas de sonido, con intervención de instrumentos: con un salterio preparado con una pastilla de guitarra eléctrica o la guitarra eléctrica tocada con cuchillos. Es divertimiento, no estamos clavados en hacer cosas súper elaboradas, y al mismo tiempo tratamos de desprofesionalizar o desjerarquizar lo que se cree que debe de ser la música. 

Últimamente creo que estoy viendo más cine que novelas. Me gusta mucho lo que hace Apichatpong Weerasethakul, que es un director de cine tailandés; Lav Diaz, que es un director filipino; Lisandro Alonso de Argentina, también me gusta mucho. Estoy más clavado con el cine. 

ÓA. Se está rompiendo la frontera de la literatura y el periodismo, por ejemplo en Metales pesados, y escuchando la temática de la novela que viene, nos van a dar cuenta de la vida cotidiana que a veces nos da el periodismo, ¿se rompe la frontera, ya está rota o nunca existió esa frontera? 

TM. Si te fijas, incluso en la tradición del español, ya hay libros como Operación masacre, en donde esa frontera ya está difuminada. Es incrédulo pensar que estamos descubriendo el hilo negro. Se le atribuye a Truman Capote la invención de la Non-Fiction, la instauración del género, pero no. Te das cuenta de que ya hay ejercicios muy viejos, incluso en nuestra tradición. 

Yo hago la diferencia así: considerando que formo parte de una generación de escritores de ficción en México, estoy seguro de que muy pocos de mis amigos –o de mis conocidos– escritores de ficción se rifarían por mí en un mitin, en el Vigésimo Séptimo Batallón de Iguala cuando están lloviendo los toletes, los cascos, las bombas molotov. Ninguno de mis conocidos escritores de ficción lo haría. En cambio, te puedo contar una docena de periodistas de mi generación que lo harían –y que lo han hecho por mí– y se han rifado. Creo que ahí es donde se forma una generación o un diálogo. 

Yo te puedo decir por lo menos diez periodistas mexicanos, como John Gilbert, Diego Osorno, Alejandro Almazán, Alejandro Sánchez, Marcela Turati, en los que puedo confiar ciegamente y que confío en su trabajo y que además los leo con mucho gusto. 

La ficción actual a mí se me cae de las manos, pero cuando leo la obra de ellos, te das cuenta de que no solo hay un trabajo a nivel estético –trabajo de escritorio– sino que son personas que además son congruentes y se han rifado el físico para sacar esas historias de la calle. Cada vez me siento más cercano a nivel estético de ellos, son mis amigos con los que me pongo de acuerdo en Whatsapp para que no nos den en la madre cuando vamos a Iguala. 

Y ahí ya te estás poniendo en riesgo, no nada más en llevar a cabo un libro o no, sino que te desaparezcan o no. Cada vez me siento más cercano a ellos y ahí sí te puedo decir nombres porque son mis compas. Sobre todo este año en Ayotzinapa me he dado cuenta de cómo trabajan y me quito el sombrero ante ellos. Te dije unos nombres por decirte algunos pero hay periodistas de Guerrero a los que veo cómo trabajan y ¡mis respetos! No vuelvo a leer el periodismo como antes, puedo dialogar con ellos. 

Y con autores de ficción que escriben sobre cómo caen las hojas de un árbol en la Condesa, para mí ese diálogo está cerrado. No solo a nivel de que no soy el lector ideal para esas novelas. A mí no me interesa saber qué escritores están enterrados en un cementerio de París o cómo es la vida en Brooklyn. Me interesa lo que los otros autores están diciendo del país en la actualidad. A nivel de camaradería estoy muy abierto con ellos, y del otro lado, de los escritores de ficción, está cerrado. Es como si me sentara a tomar un café con ellos y dijera: “¿Cómo has estado? Bien”. Y con mis carnales que hacen crónica ya estaríamos ideando hacer un libro o algo. Creo que esa cercanía fue muy natural. 

Creo que lo que se necesita en México es ese tipo de literatura. Vamos a poner que no es periodismo, quitando estos encasillamientos: yo no soy periodista, yo me aventé de boca a Iguala. Todo lo que me dijeron mis editores que no hiciera, lo terminé haciendo. Pero también estoy seguro que no hubiera sacado esas historias y esa información si no me hubiera aventado de boca a Iguala, si hubiera mantenido los protocolos, si hubiera tomado cursos de tratamientos de víctimas, me hubiera tomado un año en prepararme antes de irme a recabar la información. 

Por eso te digo que estoy convencido de que era la forma urgente que teníamos de resolver las cosas en ese momento, con las herramientas que había: me compré una grabadorcita y mi libreta, sin saber cómo hacer entrevistas me puse a platicar con las víctimas. Esa era la forma que tenía de resolver las cosas y creo que eso es lo que se necesita ahora en México. 

No digo que lo otro esté mal pero nos hace más falta, sobre todo ahora que vivimos en un clima de terror o que se pretende instaurar el terror por medio de asesinatos quirúrgicos, hechos bajo el manual de la CIA y que están hechos por la gente que está en el poder ahora. No solo para quitar a periodistas y activistas incómodos sino para diseminar el terror para los que nos dedicamos a escribir sobre esa realidad. 

Creo que justamente lo que nos toca es tomar el toro por los cuernos y hacer lo contrario: hablar de esas cosas sobre las que pretenden que nos quedemos callados. 

ÓA. ¿Tryno Maldonado es el escritor más odiado y al mismo tiempo más envidiado en este momento en México? 

TM. No, creo que hay otros que son más odiados. Quiero sentirme un poco más querido. 

Envidiado no, no tengo mucho por qué ser envidiado. ¿Por qué podría ser envidiado? Ahora son más accesibles las editoriales. Tengo 14 años tratando de publicar, tengo cartas de rechazo de la editorial que me digas. Por eso en buena parte, cuando iniciamos Almadía, me pareció que era la alternativa a toda esa gente que ha estado tocado puertas. 

Uno también se abre las puertas que necesita. Te puedo asegurar que nadie me ha regalado nada pero también que estoy respaldado por ese trabajo de 10 años y que estoy en el momento preciso. Si ahora fuera a contar una historia a Ayotzinapa y no tuviera los 10 años de la parte técnica para escribirlo, difícilmente podría trasladarlo. Mucho de lo que creo que he ganado es por talacha. 

Y odiado, creo que se espera mucho en la tradición mexicana, en la literatura, a los autores dóciles, que han estado subordinados al régimen del PRI desde hace mucho tiempo. Antes, la forma en la que tenían de cooptarlos era incorporarlos a la carrera diplomática, tenemos a los que quieras, para aventar, que han sido cooptados y silenciados. 

Es una forma de censura muy sofisticada que tiene el Estado. Creo que se esperaría de un autor mexicano que correspondiera a esas formas, que hablara bien de la gente, que fuera diplomático, que fuera políticamente correcto, que saludara al editor de tal revista, al embajador, al director de CONACULTA. Y te das cuenta de que nuestra generación ya no opera así. Entonces a alguien le pueda incomodar que yo diga eso, que pueda denunciar esas cosas y decirlo. Y así como lo digo, se lo voy a decir en la cara del que me lo pregunte. 

La tradición mexicana es una tradición esencialmente hipócrita, que cuida mucho las formas y que cuando salta alguien que no solo no vive en ese centro donde se reparte el poder sino que además lo dice, lo van a ver como algo malo. 

Arnaldo Córdova lo define muy bien: el PRI ha instaurado algo que se llama política de masas, entonces cualquier pensamiento disidente, cualquier opinión crítica, está mal visto por la masa dominada o la clientela. O van a decir: “Ese es un rijoso o algo ha de querer, ¿por qué dice eso?”, es muy mal visto el pensamiento disidente en nuestro país. 

Hay que pensar eso también: que en las cúpulas de poder o en los grupos editoriales es doblemente mal visto ese pensamiento disidente o ese pensamiento crítico. Y si no fomentamos ese tipo de pensamiento, ¿qué tipo de país o qué tipo de literatura vamos a esperar que salga de ahí? Literatura ya inoculada, literatura de cajitas chinas, que está muy bien hecha pero que dice muy poco sobre este mundo. A lo mejor me equivoco. 

Pero ya hablando en serio, toda la gente que me trolea en Twitter, nunca ha ido a Oaxaca. Nunca me he encontrado con ellos allá. No hago lobby en la Condesa, en la Roma, no voy a los encuentros. Entonces, a lo mejor hay una idea de que esta persona que emite ideas u opiniones en Twitter, o en la columna, es de tal forma. Y generalmente las opiniones que recibo no son de mis opiniones, son ad hominem, son personales, cuando nadie se ha preocupado por decir “Oye, Tryno, tú dijiste esto, ¿por qué lo dices?” La gente que me insulta por todos lados, no me conoce, pero desde que descubrí el botón de silenciar en Twitter soy más feliz, vivo más tranquilo, se me curó la gastritis. 


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Creo que las ideas se discuten en otros campos, no a nivel de chismes. Cuando alguien quiere decirme algo, agradezco que me pongan una @ o que vengan de frente a decírmelo. Y usualmente no lo hacemos. Se vuelve todo chisme. 


*Óscar Alarcón García (1979). Escritor, columnista y periodista cultural. Autor de Polimastia (BUAP, 2008), Veintiuno. Charla con 20 escritores (Nitro-Press, 2012) y Veintitrés y uno. Charlas con 23 escritoras (Nitro-Press, 2018). Actualmente dirige el sitio web Neotraba y colabora en el diario El Popular. También es docente de la preparatoria Emiliano Zapata y funge como editor en Ediciones Escualo.

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