Viento

Presentamos un cuento narrado desde el desconocimiento de una visita no esperada

Librado V. García*

Acompañado por el viento frío de la ordinaria tarde del trece de febrero, alrededor de las seis, Francisco Barajas golpeaba con la punta de su zapato la puerta de la casa de Doña Marta, mujer de antes, quien siempre vestía falda con calzado de piso y un mandil amarillo que le regaló Martita el día de las madres.

Seis con diez y Barajas continuaba en el constante golpetear de la puerta de aluminio. Vestía casimir oscuro rayado, botines baratos con suela de madera y bigote engomado, una biblia en la diestra y una varita de rosal en la otra, pues era zurdo.

Seis con quince. Los cielos se nublaban, persistía la sonrisa en su rostro impasible.

―Será la emoción –pensó, seguro de haber visto asomándose entre las cortinas a su linda Martita, muchacha reservada, jamás miraba a los hombres a los ojos y contaba sus pesadillas siempre después del desayuno.

No fue sino hasta las siete de la noche, la hora dorada, en que una vez preparado el café, ―¿Será él, por Dios?―, y mullidos los almohadones de la salita ―Dime que es él, Señor―, Doña Marta hizo pasar al caballero advenedizo del trece de febrero.

***

―No tienes idea de lo agotador del viaje, Marta, ahora sí como quien dice, he cruzado océanos de tiempo para encontrarte.

Martita, la muchacha, regresaba con una bolsa de colorados y escudriñaba recelosa al advenedizo, se preguntaba qué buscará un hombre tan apuesto en esta colonia marginada.

Lo cierto es que Doña Marta parecía muy a gusto y hasta reía, conversaba con aquel hombre como si le conociera de toda la vida.

―¿Qué haces aquí, Francisco?, y en pleno febrero, yo creía verte hasta…

A Barajas le embriagaba una dicha inmensa; volvía a ver a la mujer de su vida, ofuscada por los años, apagada, pero al fin de cuentas la mujer de su vida, y a Martita, su sangre adorada, que estando aún en el vientre de su madre…

Ocho de la noche. La joven ya se consideraba su fiel enamorada y éste convivía a gusto en la charla de sobremesa con las dos mujeres.

Ocho con veinte. Doña Marta concluía su anécdota del día en que se quedó dormida en el camión, ―¿Te acuerdas hija, que hasta me fuiste a buscar a la base?

Reías, Francisco, y no sólo reías sino que llorabas, en el fondo de tu traqueteada alma, por la felicidad incansable que la Providencia te permitía. Decías que a ti no te era menester la gloria, pues estabas convencido de que a lado de tu mujer y tu hija eras el ser más afortunado de todos los tiempos.

Nueve de la noche, Martita lo ponía al tanto sobre sus penas de amores, sus problemas académicos y su incansable amor por la fotografía.

Nueve y treinta, Barajas se despedía y Doña Marta, exaltada por la cafeína y el encuentro, le lloraba de nuevo, el joven le sonreía, diciéndole cómo te quiero, Marta.

Tomaste tus cosas, te  levantaste de la mesa, diste un beso en la frente a Martita y abriste la puerta.

―¿Te volveré a ver? –le preguntó la joven–.

―Claro que sí –respondió–.

Armado con tu varita de rosal y tu biblia, te marchaste, perdiéndote entre las tinieblas de la noche, en la eternidad inasible del infinito, caminando sobre la acera como buen cristiano y sin mirar atrás.

Doña Marta lloraba y sonreía.

―¿Pero de dónde conoces a ese joven? No entiendo una chingada.

―Es tu padre hija –profirió claro mientras encendía una veladora en el altar de madera– murió dos meses antes de que nacieras, un trece de febrero, me dijo que volvería pero a decir verdad, nunca le creí.

―Con razón olía tanto a incienso y flores podridas –pensó–.



*Librado V. García. Escritor amateur, sin estudios oficiales ni nada.La belleza de la tragedia y comedia de la vida me ha sembrado el deseo de perpetuarle a través de las letras, de otro modo no habría encontrado otra eternidad que la muerte.

Facebook: Librado V. García.

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