Chepina

Felipe García Orozco | Imagen

Un enternecedor cuento sobre el amor incondicional que plantea la lealtad de quienes nos aman, más allá del dolor y la muerte.

Felipe García Orozco* 

Lo último que pude ver fue a mi Chepina en la arena, lo último que pude escuchar fue mi nombre, aún sentía su piel, pero ya no tenía el mismo calor como cuando me acariciaba, cuando sentía que le pertenecía. Una sonrisa marcada por haber logrado el descanso deseado. Sentía el viento en mi cara, me tocaba el dorso y me soltaba.  

Lloraba, mi vida era ella, ¿qué sería de mí?  

Rendida a los pies del galán que la pretendía, llegaba cuando el sol estaba por ocultarse. Nunca la dejé sola, ese hombre siempre olía a sal, la verdad no sabía porque. Siempre traía un bocadillo para mí, con eso me hacía dejarlos solos, para que pudieran acariciarse hasta donde la luna no pudiera ver; el hambre pudo más que mi amor. Sin darme cuenta, en una tarde que despertaba de mi siesta cotidiana, Eliseo estaba sentado platicando con el padre de mi Chepi. Me acerqué a ella para que me explicara lo que estaba pasando. Él venía a pedirla para casarse. Nunca pasó en mis pensamientos que este día iba a llegar, corrí hacia sus pies para suplicarle que no me dejará, me alejaba con su pie, no quería ser interrumpida.  

Motivo de festejo fue la unión entre mi amada y aquel hombre, ella se veía como una reina, una reina blanca. Rápidamente corrí a sus brazos para decirle que se veía tan hermosa, me abrazó tan fuerte y me dio un beso en la frente. Me sentía tan feliz, era un día especial para ella, tenía que regalarle algo de la misma magnitud, me salí de sus brazos para correr entre la casa y buscar el regalo, busqué entre los muebles pero nada, también debajo de la cama, corrí a la cocina, me metí detrás de la estufa, ¡sorpresa! Me costó tomarlo, lo atrapé y se lo llevé a mi hermosa Chepi, se lo puse entre sus pies, le hice una reverencia como la reina que era, pero solo escuché un fuerte golpe en el piso.  

Por consiguiente me corrieron del cuarto, pero entré por mi regalo, me sentí tan ofendido, lo único que pude hacer fue jugar con lo que me habían despreciado. Fui a buscar a la reina, ella me miró con desprecio, me dijo algo que nunca me había dicho, solo agaché la cabeza, ¡mi Chepi se molestó conmigo!, mi corazón triste y derrumbando. Desde el techo veía cómo ya eran esposos, él ya la poseía, todos vitoreaban. Un estruendo horrible me asustó, casi me infartaba, me escondí en un lugar seguro, porque el ruido era muy fuerte, hubo mucho escándalo; tambores, cornetas, de todo, qué locos estaban. Vi entrar y salir a muchas personas de la casa, comieron y bebieron hasta no poder caminar.  

Llegó la noche, me dio por buscar comida, llenar ese vacío que se me hizo por la falta de mi Chepina, por la ventana veía como él la tomaba del brazo para llevársela, se subieron a un auto. Me escabullí sigilosamente, me subí en la parte trasera del coche, temblaba de frío, la brisa me pegaba en el rostro, se congelaba mi alma. Bajaron, él le abrió la puerta, ella se ruborizó y su mirada angelical la iluminaba, ¡Oh, Chepina!, qué hermosa se veía. Bajé de igual manera, me metí entre las rejas de esa casa. Me subí al techado, bajé a una ventana donde percibía el olor a rosas que tenía mi reina. Dicen por ahí que cuando el amor entra a los ojos, lo males salen sobrando.  

La habitación estaba oscura, pero veía perfectamente entre el abismo, inmediatamente reconocí a Chepi, cómo confundirme, si conocía esa silueta tan delineada y frágil. Sin embargo, otra silueta desentonaba en lo oculto, le tocaba la piel, la saboreaba, la estrujaba, le mordía el cuerpo. Agotados y tendidos en la cama, sus cuerpos brillaban, la luna los delató, un olor extraño surgió de ellos. Qué noche tan triste.  

Perdido y sin rumbo, sin amor, sin amada, solo en la calle, seguí avanzado hasta que reconocí esa puerta negra de madera, toque para que me abrieran, pero sólo se escuchaban voces y unos cuantos gritos, de repente sale Sergio, me toma entre sus brazos, grita, ―¡Aquí está el condenado! Mi Chepina sale, me toma entre sus brazos, siento su palma entre mi cola, pero no me importa, ese golpe era de preocupación, sé que me ama y se preocupa por mí. 

Un viaje sin retorno fue cuando abrí los ojos, veo que estoy en una caja con huecos. Me preguntaba  ―¿A dónde me llevarán? ¿Me irán a abandonar? Se movía mucho la caja, cuando miré por el orificio, vi un manto azul con espuma blanca, sentí en mi rostro cómo era bañado por la brisa. No aguantaba las náuseas, tanto fue el mareo, que vomité una bola de pelos. Se había mudado con su esposo, como me lo prometió, me llevó con ella. Se mudaron a una pequeña isla rodeada de agua salada. 

Con el paso del tiempo, el cuerpo de Chepi había cambiado, su panza estaba inflada, se volvió lenta, dormía mucho y la cadera le dolía. Una tarde de calor, estaba acostada en su hamaca meciéndose, me trepé como pude, subí, realmente era enorme; ella solo me miró, me subió a su gran panza, me empezó a acariciar, puse mis orejas: fue algo sorprendente el escuchar dos latidos, sin duda uno era de ella, pero el otro lo desconocía.  

A finales de marzo vi salir a doña Rutila de la casa, muchos decían que era una bruja, tal vez más verdad que mentira, traía en sus brazos a un pequeño bebé, tenía el mismo olor a mi Chepina, era su hijo, un bebé de primavera. Con el tiempo creció, le gustaba jugar conmigo, me jalaba la cola, me apretaba y lloraba cuando me apartaban de su lado; le pusieron el mismo nombre que a su padre, para dejar un legado, según entendí.  

Muchas veces escuché que su padre le decía que los hombres no lloraban y se aguantaban como los machos, vi cuando lo golpeó por querer cocinar y no ir a pescar con él. Mi reina sólo lloraba en las noches, cantando y curando sus heridas, le decía que se esforzara un poco más, vaya destino, se volvió a equivocar. Llegaron más hijos, mi reina había cambiado, el brillo en sus ojos ya no estaban, sólo lágrimas en la noche. Con el paso de los años, el primogénito se transformó en lo que realmente era: en Fernanda. Como cualquier paloma libre, voló a otros rumbos, dejando lágrimas en los ojos de su madre.  

Así el tiempo pasó, pobre de mi querida, su piel ya no se sentía tan suave como antes, su rostro había cambiado, estaba cansada y con la sonrisa apagada. Llegó un joven a la puerta preguntando por doña Josefina, por lo que ella inmediatamente dejó el fuego y se dirigió a él con preocupación. Cuando escuché el grito de mi reina, pegué un brinco y mis pelos se pusieron de punta, el joven contaba la tragedia. Decía que en un soplo de norte, la balsa se había volteado, habían caído al agua, él había saltado a tiempo y empezó a nadar, pues la corriente era fuerte, cuando llegó a la orilla sólo veía la balsa flotando bocabajo, pero que ya no volvió a ver a los hijos de mi Chepina. Inmediatamente fue un grupo de pescadores a buscarlos; sólo se pudo encontrar el cuerpo de uno de sus dos hijos, con los pulmones llenos de agua, al otro nunca lo pudieron a encontrar tras días de búsqueda. Cuentan que las sirenas se lo llevaron, pues ellas, se llevan a los hombres bellos y vírgenes. Sin duda alguna el hijo de mi amada era uno de ellos.  

Me subía al techo en busca de aventuras, pero sólo podía maullar toda la noche por mi gran amor. Bajé para acurrucarme debajo de su catre, no podía dormir ya en una hamaca por lo cansado de su espalda; sus hijos e hijas se habían olvidado de ella, triste y derrumbada, se sentía  como un mueble inservible. Eliseo llevaba dos días sin llegar a casa; se hincaba a rezarle a la virgen, a la santa de los pescadores, para que no se lo hubiera llevado la corriente, o quizá una sirena. Al tercer día llegó el hijo de Cornelia, para decirle que don Eliseo, no llegaría a su casa porque ya vivía en la suya a lado de su madre. No la vi derramar una lágrima. Agarró sus cosas y las quemó. 

 Después de largos días, sentada en su hamaca, pasó su pie sobre mi dorso, me estiraba, le lamía sus dedos y le ronroneaba, ella metía sus pies en la arena, le cantaba a sus penas y a su soledad, había demasiado viento, cuando le llegó la noticia de que Eliseo se había caído, golpeándose la cabeza; ella sólo dijo “que lo atienda su mujer, que para eso está ella”. Él ya no pertenecía más a este mundo. Le encendió una vela, me cargó, me abrazó, me dio un beso, sentí su amor, su tristeza.  

La muerte arrastra también malas intenciones; luego de meses de la muerte de Eliseo, en una mañana de mayo con los calores insoportables, llegó un hombre elegante, se veía que no era de aquí, acalorado por el sol, atrás venían dos hijos suyos. Sin creerlo, Eliseo le había dejado todas sus posesiones; no fue del agrado de sus hijos, pues amenazaron con pelear lo que les “pertenecía”. Una madre llora cuando un hijo enferma, pero ¿qué hace una madre cuando su hijo la maldice por unos cuantos pesos?, Chepina no se había quedado sola, estaba conmigo, cumpliendo ese juramento que me hizo, “siempre estaré junto a ti”.  En ese transcurso, no sabía quién había vivido más penumbras, he vuelto siete veces de la muerte para estar con mi amada, mi Chepina. 

Mi llanto la llamaba, acostada en la arena, descansando en paz, ya no llorará, ya no será maldecida, pero siempre será amada por mí, su fiel protector. Veo cómo llegan a levantar su cuerpo, la colocan en su ataúd, hay llantos y velas, realmente no puedo ver muy bien, siento como unos brazos me levantan, me pone en su pecho, es Fernanda, me da un beso en la frente, cuando me doy cuenta, estoy dentro del ataúd con Chepina, no me importa que lo estén cerrando, es un honor, pues se dice que los muertos deben irse con aquello que más amaron en esta vida.


Felipe García Orozco*, tiene 25 años de edad, es un apasionado de la lectura y de su profesión, es docente en educación primaria, estudió en la Escuela Normal Urbana Federal del Istmo (ENUFI), originario de Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, México., actualmente se encuentra impartiendo clases en la sierra Mixe del mismo estado.  

Facebook: Felipe García. https://www.facebook.com/FelipeGarciaOro  

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