Foto: Ximena I. González Jácome

¿Por qué abomino las zafiedades?

Por Alicia Reyes Escageda | Imagen: Ximena I. González Jácome

Un ensayo sobre el lenguaje, las palabras y sus tonalidades. Y para que no queden dudas: Zafio, fia: 1.  adj. Dicho de una persona: Grosera o tosca en sus modales, o carente de tacto en su comportamiento. | 3. adj. Dicho de una cosa: Tosca o vulgar. (RAE)

Alicia Reyes Escageda*

Mi abuela ―hija de español y mexicana― era de carácter fuerte y siempre nos defendía a capa y espada. Sé que por ella tengo alma guerrera y le tengo respeto y admiración; nos transmitió el deseo de ser mejores personas. Pero, aparte de admirarla, reconozco que no me gustaba su manera incorrecta ―para mí― de expresarse: tenía un léxico muy florido, que usaba para enfatizar los regaños, por lo que he escuchado zafiedades desde niña, aunque considero que el abuso no es grato ―nada en exceso, todo con medida.

Sin embargo, no me espantan las groserías: considero que las palabras se inventaron para usarse, pero cuando se emplean con el ánimo de ofender todo el tiempo, me incomodan; siento que afectan la autoestima, que degradan: son basura verbal. Según la Real Academia de la Lengua Española, grosería significa: descortesía, falta de atención y respeto. Tosquedad, rusticidad e ignorancia. Dentro de los sinónimos encontramos: desatención, incorrección, inconveniencia, descomedimiento, descortesía, patanería, zafiedad, pachotada, tochedad, ordinariez, cochinada, vulgaridad. COCHINADA: si alguien cerca de mí habla en forma grosera de alguna persona, juzgo que vierte sobre mi persona la inmundicia que no puede proyectar sobre el tercero. Cuando alguna vez, alterada, he insultado a alguien, la gente que me conoce se  sorprende e incluso el ofendido se impacta más que cuando otros, que manejan cotidianamente ese lenguaje, lo hacen.

Cuando tenía 11 años, mi familia (integrada por mi mamá, mi hermana menor y yo), pasaba por una etapa de penurias económicas. Un día, me encontraba cocinando en una parrilla eléctrica ―no teníamos gas― y tocaron a la puerta. Abrí y me encontré con dos hombres vestidos con formalidad, que con aire amenazante me abordaron.

― ¡Háblale a tu mamá!

―No está

―Vamos a embargar ―el tono y la actitud fueron fundamentales. Aunque yo no sabía qué significaba esa palabra, me dio miedo. Discreta, cerré la puerta tras de mí ―. Niña, quítate, vamos a pasar.  

 ―Se me cerró la puerta  ―balbuceé con miedo, ante el enojo de los señores quienes, resignados, me entregaron un papel para mi madre y se fueron.

 Todavía asustada, corrí a contarle lo sucedido a mi abuela, que vivía en el mismo edificio.

― ¡Eres una cabrona! ―orgullosa, usó su lenguaje florido.

―Dejé la parrilla conectada, seguro ya se quemó la comida y puede haber un incendio ―le dije llorosa.

―Vamos a bajar el switch y asunto arreglado ―me miró sonriente― ¡Eres una cabrona! ―repitió presuntuosa y yo me sentí la mejor del mundo.

Cabrona me sonó bien, muy bien. Como cuando una de mis hijas, en sus primeros años, escuchó por primera vez la palabra pinche; mi retoño llegó a casa brincoteando festiva por todo el lugar, cantando “pinche, pinche, pinche, pinche”  ―ante mi asombro, pues en mi casa no decimos groserías ― y  cómo no, si la palabra tiene eufonía: la forma y tono son importantes en el lenguaje, y pueden llevarnos de un extremo a otro, aún en la misma palabra.

 Conozco personas que hablan procazmente todo el tiempo. Jimena, amiga de la secundaria, era una linda oaxaqueña que acostumbraba a expresarse con gala grosera, que acompañaba con carcajadas contagiosas: la forma que usamos al hablar es fundamental para comunicar la intención exacta de lo queremos expresar. Alika, por ejemplo, una africana enorme, franco parlante, de dicción fuerte y simpática, a quien conocí en un curso de inglés, se daba a entender perfectamente, a pesar de su mala pronunciación, con sus ademanes pícaros. Incluso el profesor, que era sumamente serio, se reía de sus ocurrencias. Alika, para enfatizar sus bromas, las acompañaba con recias palmadas en la espalda del compañero más cercano. Nunca, ni por error me senté cerca de ella; por mi seguridad, lo evité.  

Ella, y otros africanos que he tratado, me dejaron grata imagen por su alegría. Por otro lado, sus melodías me encantan. La música, ese arte de mezclar sonidos y silencios, respetando la armonía y el ritmo, depende también del tono. La música africana, por ejemplo, al ajustar varias señales (voces, instrumentos e incluso las manos de un solo intérprete) produce un intercambio lleno de energía. También, ya lo dije, en la música hay tono, volumen e intención, como en las conversaciones. La música es conversación, intercambio. Miriam Makeba ―sí, la de Pata Pata―, por medio de su alegría interpretativa nos llena de gozo. Angelique Kidjo, en otro orden de ideas, les da voz a las mujeres del África Occidental y canta contra las desigualdades de género y el machismo imperante: las palabras y la música sirven para comunicar, concientizar y mover voluntades, pero también para contagiar entusiasmo y fuerza. Desde un mismo origen étnico, percibimos dos mensajes distintos, gracias al tono.

En gran parte de nuestro territorio podemos identificar la presencia de población de origen africano, en regiones como Guerrero, Oaxaca, Morelos, Michoacán, Guanajuato, Tabasco y Veracruz, una relación que surge del comercio de esclavos negros en América en el siglo XVI y que se extiende hasta las palabras. Es a través del lenguaje que nos hermanamos.  

Macondo ―man-kondo que significa bananas―, es una etnia de Mozambique y Tanzania; sin embargo, en México encontramos un área dentro del municipio de Villaflores, Chiapas, denominada así. Mucama ―mukamba― es la mujer que ayuda en las tareas del hogar. Mochila ―mu nzila― habla de un saco en forma de sobre. Mandinga ―Kan dinga “el de la voz, el de la palabra”―,  originaria de la Nación Malinkè de Senegal es, también, una región de Veracruz y una forma de llamar al diablo en algunas regiones de Sudamérica, como Chile, Argentina y Colombia.

El diablo: Lucifer, Satanás, Mandinga, demonio, serpiente de Eva, tentador, dianche, demontre; el enemigo. Satanás, es en realidad  un ángel caído,  que fue expulsado del cielo por revelarse a los mandatos de Dios. A La Palabra de Dios. Todos los seres humanos tenemos algo de diablo, nadie es completamente bueno: la maldad sale a relucir en determinados momentos (¿dependiendo de nuestros tonos?). ¿O es qué queremos quedar bien con Dios y con el diablo? En la parábola del sembrador, Jesús nos dice que  el sembrador siembra la semilla, que es la palabra de Dios. Los que están junto al camino donde se difunde el mensaje, lo escuchan, pero llega el demonio y planta la duda (la errata es el demonio de la impresión) que navega en la oscuridad, opacando   la luz que se había sembrado en ellos. Porque Lucifer (el de la voz) utiliza el poder de su palabra para generar dudas en el hombre. En verdad que “el diablo mete la cola”

Hasta en eso de la bondad tenemos un tope, somos buenos o malos según las circunstancias o el momento. Freud establece que al hombre lo guían dos instintos básicos Eros y Tánatos; amor y muerte (odio). En la vida todo tiene  límites;  caridad, paciencia, bondad, maldad, vida, libertad, fronteras, ríos, terrenos, créditos. Sobrevivir en la sociedad implica ajustar nuestras acciones para no invadir los espacios y derechos de otros.

Cuando cerré la puerta a los embargadores, coarté la libertad de estos hombres, como cuando platicamos con otros y sentimos que nos pueden faltar al respeto, o que van a hablar mal de alguien. Me pasa cuando mandan memes  subidos de tono, o  chistes que no tienen nada de jocosos ―para mí―; jamás contesto, los ignoro. El silencio es un factor que pertenece a la comunicación, es demostrar que no interesa el tema de conversación, no querer entrar en controversia, es un límite que marcamos: una puerta que cerramos. Y es que hasta  para hacer o decir pachotadas o zafiedades se necesita creatividad y gracia. Hay personas que cuentan cualquier historia, o anécdota; dramatizan, modulan la voz, manejan su cuerpo al ritmo del cuento y lo hacen de manera natural, captando la atención de su audiencia. Esto me parece admirable. El tono y el lenguaje corporal determinan ―por ejemplo― que las palabras güey o mamacita signifiquen identificación, amago, insulto, humillación o un cordial saludo. 

Hasta los animales tienen lenguaje corporal y emiten diversos sonidos. Los perros emiten ladridos, gruñidos, aullidos o quejas de consentimiento o de dolor. Si no entienden algo, mueven la cabeza en señal de interrogación. Cuando llegamos a casa nos reciben moviendo la cola en señal de alegría; si les llamamos la atención bajan la cabeza y la cola avergonzadas; también pueden ser groseros, ignorándonos cuando los llamamos o se nos escapan. Mi hija Sandra, cuando apenas contaba con 13 o 14 años, tenía un perro, Átomo, que usualmente la acompañaba a la calle. Cierta ocasión, de camino a la papelería, un jovencito le dirigió ciertas palabras a mi hija.

―Mamacita, qué buena estás.   

El perro, amenazador, se paró en dos patas con intenciones de atacar al agresor.

― ¡Repite lo que me dijiste! ―lo encaró mi hija envalentonada

―Amiga, discúlpame. Por favor controla a tu perro

Aunque el agresor no subió el volumen de voz, al can, que en realidad era gentil, no le molestó la palabra, sino la intención y tono del mensaje. No la palabra.

 Los gatos, por otra parte, emiten ―según los expertos― muchos más sonidos. Maullido o ronroneo: te amo.  Bufido: vete. Gruñido: advertencia. También emiten sonidos sexuales y gritos de guerra, entre muchos otros. Pero no solo eso los emparenta con los humanos: los gatos también hacen zafiedades por su peculiar independencia. Mau, mi gato,  en una ocasión en que llovía a cantaros,  llamó mi atención maullando en la escalera de la casa. Yo me encontraba absorta trabajando en la computadora.

― Mau, está lloviendo, tranquilo― continué realizando mi labor sin darle importancia.

― ¡Mauuuu, meeeuw!― el felino se notaba impaciente subía y bajaba la escalera y me veía agrandando aún más sus ojos; yo lo ignoraba, enfrascada en mis tareas

― Mauricio, tranquilo, no pasa nada.

Volteé a verlo para tranquilizarlo y me di cuenta de que los ojazos me veían ansiosos y su pelo se había erizado, mientras recorría los peldaños, desenfrenado.

― ¡Meeeeeeuuuwwwarf!

― ¡Ay, Mau! ―fastidiada, me puse de pie para atenderlo― Vamos a ver qué quieres.

Apenas llegar al primer piso, me recibió una catarata que se desbordaba desde el domo de mi baño hasta el inicio de los escalones. El volumen y tono de la notificación fueron fundamentales, significaban peligro, urgencia. ¡Caramba y hay quienes dicen que los animales no piensan!

Por desconocimiento, o falta de empatía, cotidianamente se usan pachotadas en un léxico  saturado de expresiones discriminadoras; sexistas, homófobas, racistas y por supuesto especistas. ¡Animal!, cuando también los humanos somos animales.  ¡Cerdo!, cuando en realidad el puerco es una animal limpio, inteligente, sociable y rápido. El  asno  es más entendido que los caballos, es noble, pacífico, amigable y tiene buena memoria. Sin embargo su nombre suele utilizarse como sinónimo de tonto o torpe. Pero la referencia a animales, con la intención de ofender, no termina ahí: zorra y perra, por ejemplo, para referirse en ocasiones a las mujeres. Ya lo dice aquel documento de PETA (Personas para el trato  ético de los animales): Las palabras son importantes y a medida que nuestra comprensión de la justicia evolucione, nuestro lenguaje evolucionará junto con ella.   Las palabras, ya lo dije, son importantes, pero quizá lo sea más el tono.  Porque es a través del lenguaje que nos hermanamos. O nos distanciamos.


*Alicia Reyes Escagera. Docente por más de 40 años e investigadora y directora de proyectos sobre discapacidad en el Instituto Politécnico Nacional, actualmente jubilada. Reconocimiento Nacional al Servicio Comunitario SEDESOL 2003.Abuela niña que recorre cielos y montañas encantadas, escalando estrellas, para alcanzar la luna.

Facebook: Alicia Reyes             

Instagram: alicia.reyes.754365

14 comentarios en “¿Por qué abomino las zafiedades?

  1. Excelente! Gracias por compartir tu experiencia y demostrarnos la importancia en la calidad de nuestro leguaje y expresiones. Me encantó la claridad y ecuanimidad del texto.

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  2. Me encantó el contenido, pero, me enamoró la narrativa. Debería de escribir un libro, tiene la genialidad para atrapar al lector, en su relato. Excelente artículo!!

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  3. Gracias por tu texto. Justo hoy fuí objeto de una zafiedad, clásico que iba caminando muy rápido, tomándome de frente con una señora con mucho sobrepeso, iba sin cubrebocas, y dos niños en la misma situación, yo de gorra, lentes, cubrebocas, nerviosa e incómoda, intentando pasar rápido por un pasillo lleno de personas demasiado juntas, a mi parecer, en la que dicha señora y sus niños se extendían con total desconsideración, en mi prisa por pasar, casi me llevo con mi carrito a la niña como de cinco años; como bien mencionas, las palabras soeces también me resultan incómodas, no forman parte de mi léxico, ni de los que me rodean, o al menos no en el humor en que los trato. La señora retiró a la niña a la que yo pensé esquivar sin problema, y me gritó una peladez, creo recordar que nuestras miradas se encontraron, por menos de un segundo, pero repito, llevaba prisa, y no me iba a entretener con alguien tan bajo, lo cual imagino también pensó ella, ya que a su parecer, ¡por poco atropello a su hija! 🙈
    Agradezco tu texto, me resultó liberador 🌻

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  4. Qué grata sorpresa y excelente relato! Ya lo compartí y sé que será muy útil que lo lean por ahí algunas personas, jajaja!! Abrazos!!

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  5. Alicia , muy interesante el relato , y
    Muy cierto el tono , puede tener diferentes connotaciones siendo la misma palabra . El lenguaje de los animales muy bello , se dan a entender con el tono y la postura,

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