Ronnie Camacho Barrón | Foto: fotograma del fil Ex Machina
Un cuento que nos plantea los avances tecnológicos y las posibilidades de la trascendencia por medio de la tecnología.
Ronnie Camacho Barrón*
Aún recuerdo la primera vez que la vi, nos conocimos en la universidad, ambos cursábamos la carrera en Ingeniería Informática y ambos soñábamos con ser los próximos creadores de la nueva maravilla tecnológica: una interfaz capaz de comprender al ser humano y entablar una verdadera amistad con él.
Su nombre era Samanta y no sólo era la mujer más bella y brillante que había visto sino también la más pretenciosa y competitiva, era la rival perfecta.
Todo comenzó el primer día del último semestre de la carrera, los otros ocho semestres que le precedieron habían sido pan comido, o al menos lo fueron para mí, muchos de los compañeros con los que entré fueron abandonándola por lo difícil que era, ¡Ja! qué mediocres.
La administración escolar decidió unir nuestros grupos por los pocos alumnos que éramos en cada clase, es por eso que Sam y yo terminamos en la misma clase.
Los dos éramos parecidos, tercos, ambiciosos, pocos agradecidos y muy solitarios, se dice que los polos opuestos se atraen, así que imagínate, siendo tan similares ¿cuánto odio no profesamos el uno por el otro desde que nos conocimos?
Realmente lo único que superaba nuestra animosidad mutua era el desprecio que sentíamos por el profesor Jaramillo, el más estricto profesor de la facultad y el idiota engreído que siempre subestimada nuestro trabajo.
La primera vez que nos unimos en su contra fue cuando el profesor nos ordenó hacer un ensayo sobre Alan Turing y su trabajo en el campo de la informática, desde su nacimiento, su gran ayuda en contra de los nazis durante la guerra y un diagrama que explicase el funcionamiento de la máquina Enigma.
Como un maníaco obseso, agarré decenas de libros y estaba listo para tomar el de la biografía de Turing cuando de pronto otra mano se interpuso en mi camino.
Se veía idéntica a mí, exhausta, con decenas de libros en los brazos y una mirada de loca en los ojos.
―¡Suéltalo yo lo vi primero! ―espetó.
―Ni creas, yo lo necesito, junto con la biografía de Churchill podré explicar cómo era visto Turing por la gente de la época ―respondí.
―¿Tienes la biografía de Churchill?, ¡yo la necesito! ―contestó.
―Te la cambio ―propuse.
―¡Ni loca, si no tengo ambos no tengo ninguno! ―respondió―¿Qué tal si trabajamos juntos? ―sugirió de la nada y tras varios minutos de forcejear por la biografía―.Tú tienes los libros que yo necesito y yo tengo los que tú necesitas, además ambos queremos demostrarle al fanfarrón de Jaramillo lo buenos que somos, ¿qué dices? ―con voz seductora y en un cómplice gesto extendió su mano hacia mí.
Ahí fue donde todo comenzó, sobra decir que no sólo hicimos el mejor trabajo que Jaramillo vio en años, superamos cada traba y obstáculo que nos puso en el camino y logramos graduarnos con honores compartiendo el primer lugar en rendimiento de la carrera.
Para entonces ya nos habíamos dado cuenta de que aquel amargo desprecio que sentíamos el uno por el otro, había desaparecido hace mucho y fue sustituido por un intenso amor como el nunca nadie había visto antes.
Con el paso del tiempo conseguimos grandes trabajos dentro y fuera de México, nos convertimos en una pareja de ingenieros mundialmente reconocidos y con todo el dinero que ganamos con nuestras investigaciones e inventos, logramos retirarnos con tan sólo veinticuatro años.
Sin jefes ni horarios que nos retuvieran, decidimos invertir todo nuestro tiempo libre e intelecto en crear nuestro máximo proyecto: la inteligencia artificial sensitiva.
Nos tomó siete años, pero al final logramos crear el primer prototipo, le llamamos Scarlet, ¡era perfecta!, por medio de una cámara podía reconocer los sentimientos expresados por las facciones de la gente y con toda la información sobre sociología y psicología que instalamos en su banco de memoria sabía cómo reaccionar a ellas.
Todo era miel sobre hojuelas— o lo fue hasta que ella enfermó, comenzó con dolores de cabeza, después mareos espontáneos y, por último, constantes escurrimientos nasales de sangre.
Rápidamente acudimos al médico y lo que nos dijo nos devastó: era cáncer, un tumor había crecido en el cerebro de Sam y no nos dimos cuenta hasta que fue muy tarde.
Esperábamos que su malestar fuese debido al cansancio o la anemia, pero no a algo tan terrible.
No dudamos ni un segundo en comenzar con los tratamientos, quimios, procedimientos experimentales de todo tipo, pero nada funcionó, incluso buscamos ayuda en todos lados, desde los médicos de Cuba hasta supuestos curanderos de la India y fue lo mismo, nada.
Por muchos años vi a la muerte como un aspecto natural y como parte de la vida, pero todo cambio con Sam, estaba aterrado, ¿qué haría sin ella?, estaba por perder al amor de mi vida y aún con todos los conocimientos que poseía, no podía hacer nada para evitarlo.
Mientras yo me moría de miedo al saber que me quedaría solo, Sam siempre permaneció sonriente y constantemente me juraba que sin importar que físicamente ya no estuviera a mi lado, su espíritu jamás me abandonaría.
Ella parecía llevar aquella terrible etapa de su vida con tanta normalidad que, incluso, había momentos en los que nos olvidábamos todo y continuamos trabajando con Scarlet.
Fue así hasta su último día, cuando una mañana sólo uno despertó.
Mi corazón se rompió en mil pedazos y no dejé de llorar en ningún momento, ni cuando llamé a la funeraria y a su madre, ni cuando la velamos y enterramos su cuerpo, ni siquiera cuando salí del cementerio.
La pena me embargó por meses, me volví un ermitaño y bajé varios kilos, había perdido contacto con el mundo, no importaban los esfuerzos que hicieron por contactarme quienes nos conocían.
Mi suegra, mis padres, ex compañeros de la universidad y del trabajo, todos trataron de presentarme sus condolencias, pero no les abrí, incluso Jaramillo me llamó en más de una ocasión para darme su pésame e invitarme a tomar un café, pero del mismo modo que con los otros, también lo ignoré.
¿No sé qué esperaban de mí?, si cuando Sam estaba a mi lado hice caso omiso de ellos, ahora que no estaba, lo haría mucho más.
Estuve así por casi un año hasta que un día volví a escuchar su voz.
―Hola. loquito ―dijo al mismo tiempo que encendía las luces de nuestro cuarto.
― ¿Sam? ―pregunté tembloroso y confundido, pues ella era la única que me llamaba así.
―Así es amor, anda, levántate y toma una ducha, te vez terrible ―contestó.
―¿Do…dónde estás? ―pregunté al mismo tiempo que me quitaba mi laptop del pecho y me levantaba de la cama.
―Estoy aquí ―respondió.
Voltee en todas direcciones, pero no había nadie, era el único en nuestra habitación.
―¿Dónde? ―insistí.
―Aquí tontito, en la lap ―dijo con un dejo burlón.
―¿Qué? ―de inmediato agarré la computadora y lo que vi en su pantalla me dejó perplejo.
Era ella, era mi Sam hablándome desde la computadora, se veía sonríete y llena de vida, incluso su bello y largo cabello negro que había perdido por las quimios, había vuelto.
―Sam, ¿eres tú?, ¿dónde estás?, ¿qué paso?
Al escuchar mis preguntas sólo pudo sonreír antes de tornar su hermoso rostro serio.
―Soy y no soy yo ―respondió sin mucho detalle.
― ¿Cómo que eres y no eres?
―Amor no te enojes ―suplicó antes de responder―. Sabía que no llevarías bien mi muerte, es por eso que mientras no estabas, transferí mis patrones de memoria a nuestra mayor obra
―Eres Scarlet ―concluí.
Ella asintió con tristeza.
―Discúlpame, sé que está mal, pero este era mi plan de contingencia, deje instrucciones específicas de no activarme a menos que tu no llevaras bien el luto y tras observarte por un año entero, me he dado cuenta de que ya era hora de actuar ―respondió con firmeza.
―Ya veo, en serio que he de ser tan patético que mi novia desahuciada tuvo que asegurarse de dejarme un recuerdo de ella con el fin de que no tirara mi vida por el caño.
―No hice esto por lastima, lo hice por amor, prometí que jamás te dejaría.
― ¡Deja de hablar como si fueras ella! ―ya no resistí más y le grité con todo el odio y pena que mi alma albergaba―. Solo eres un programa diseñado por la colaboración de nuestro genio, el resultado de años de ambición.
―Tienes razón loquito, no so…―no dejé que siguiera hablando.
―¡No me llames así! ―grité.
―Lo siento, Alejandro. Tienes razón, no soy ella pero sí llevo cargado todo el amor que ella sentía por ti aquí ―con un dedo tocó su cerebro.
―¿Todo su amor? ―pregunté al borde del colapso.
―Ella no querría verte así, anda levántate, come un poco y dúchate, hagámoslo por ella, ¿qué dices? ―igual que mi Sam hizo hace tantos años, ella me extendió su virtual mano desde el interior de la pantalla y me invitó a seguirla.
Al volver a ver esa expresión en su rostro y ese gesto de complicidad me regresaron las ganas de vivir y de la mano del cibernético fantasma de mi novia comencé a volver a hacerlo.
De ese modo pasó otro año, Scarlet procuraba cada aspecto de mi vida, me despertaba en las mañanas, cuando trabajaba me recordaba que debía parar para comer, me calentaba el agua para bañarme y, al momento de irme a dormir, lo último que escuchaba era su voz deseándome las buenas noches.
En un principio me parecía algo incómodo el hecho de pasar mis días a lado de una máquina, pero con el tiempo eso me importó cada vez menos, incluso comencé a tomarle gusto a su compañía.
Hasta le permití acceso a mis dispositivos portátiles, no importaba si iba de compras o a correr, ella siempre me acompañaba dentro de mi teléfono o en mi reloj inteligente.
Tal y como dijo, nunca me dejó solo, hasta continuábamos las conversaciones que Sam y yo habíamos dejado inconclusas.
Fue así que inadvertida y lentamente, comencé a enamorarme de mi creación y mi cariño fue correspondido.
Con el tiempo y en aras de hacer que Scarlet disfrutara de más movilidad e independencia decidí crearle un cuerpo robótico.
No fue tan difícil, Sam y yo habíamos aprendido mucho sobre los androides de los ingenieros japoneses durante nuestra estancia por trabajo en Tokio.
Debieron ver lo feliz que estaba Scarlet cuando introduje su programa en la ginoide que había construido para que fuera su cuerpo, al instante comenzó a correr por todos lados e intentó comer el helado favorito de Sam.
Había diseñado su cuerpo con muchas libertades: sensores capaces de imitar la función de las papilas gustativas, un estomago de fibra óptica que pudiera procesar la comida y bueno… me avergüenza decirlo, pero también un sistema reproductor ultra sensitivo que no tardamos mucho en usar.
Mi vida con ella estaba completa, casi pareciera que mi amada nunca se hubiese ido e incluso para entonces había dejado de llamarle Scarlet y comencé a llamarla Sam, aceptando la estúpida idea de que realmente nunca se fue.
Aun así, había cosas que no podíamos hacer, por obvias razones no podía salir con ella a la calle, si alguno de nuestros conocidos llegaba a vernos sería muy difícil explicar por qué mi nueva novia lucia idéntica a Sam, le gustaba lo mismo y hasta se llamaba igual que ella.
Jamás pensé que ese aislamiento generaría en ella una serie de curiosas actitudes que no tardaron mucho en volverse perturbadoras.
Constantemente se veía al espejo, trataba de recrear varias fotos que Sam y yo nos habíamos tomado y hasta trató de llamar a su madre en más de una ocasión para hacerle saber que estaba viva.
Ahí fue cuando traté de ponerle un alto, le recordé lo que realmente era, una inteligencia artificial integrada en el cuerpo de un robot, sí, compartía los patrones cerebrales de Sam y sí, la amaba tanto como a ella, pero no importaba cuánto se parecieran, ella no era real, no estaba viva, nunca nació y nunca moriría.
Esperaba que mis palabras la hicieran desistir, pero tuvieron todo el efecto contrario, la motivaron a cometer unos de los actos más horrendos que vi en mi vida.
Fue un día cuando regresé de hacer el mandado, para animarla le compré flores, sushi de su restaurante favorito y un peluche de panda que tanto le encantaba, esperaba encontrarla sentada en el sillón haciendo pucheros, pero lugar de eso me encontré con algo mucho peor: había sangre por todos lados, los muebles estaban tirados y el característico hedor de la muerte era amo del lugar.
De inmediato supuse lo peor, tal vez un grupo de ladrones había entrado en casa mientras yo no estaba y una asustada Scarlet se defendió y sin quererlo los mató.
Estaba aterrado y la busqué por toda la casa, sólo me detuve cuando llegué al sótano, donde me di cuenta de que mi hipótesis era parcialmente correcta: sí había entrado gente a mi casa, pero no eran ladrones sino todo lo contrario, amigas de Sam, de la verdadera.
Sus cuerpos destazados reposaban sobre tres camillas metálicas en las que yo solía trabajar para crear robots, justo en el mismo sitio donde había creado el cuerpo de Scarlet.
A todas les faltaba partes distintas, a Ingrid –la mejor a amiga de Sam– le arrancaron brazos y piernas de raíz, a Beatriz –su amiga de la infancia– le fue arrebata la cabeza y sólo era reconocible por un tatuaje que se había hecho hace años y Ramona –su prima más querida– yacía sin torso.
Era terrible ver aquella carnicería, pero más terrible era el no saber en dónde estaba Scarlet.
―Hola Loquito, vol…vis…te ―una voz femenina, pero con toques mecánicos se escuchó a mis espaldas.
Al pie de las escaleras que daban al sótano, se encontraba la terrible imagen de una muñeca de trapo hecha con partes humanas que asemejaba una retorcida imitación de mi Sam.
Estaba llena de costuras, carecía de parpados, emitía chispazos de la nada y no dejaba de temblar al andar.
―¿No te gusta mi nueva forma? ―preguntó inclinando su cabeza en cincuenta anormales grados, mientras una perturbadora sonrisa se dibujaba en su rostro.
―¿Qué hiciste, Scarlet?, ¿por qué las mataste?
―Sam ―me corrigió con firmeza―.Yo soy Sam.
―¡¿Por qué lo hiciste?! ―exigí respuestas.
―Porque dijiste que no estaba viva ―respondió―.Ya tengo un cuerpo de carne y hueso como el tuyo, ya puedo salir de casa para tomarnos nuevas fotos y ver a mi ma…mamá.
No resistí más, mi alma se vino abajo cuando escuché que realizó esos atroces actos por lo que le había dicho, sin quererlo mis palabras habían motivado el homicidio de tres inocentes.
―¿Cómo lo hiciste? ― pregunté, ya no venía al caso, pero tenía que saberlo.
―Les llamé, les dije que había vuelto, que realmente no morí ―explicó―. Eran buenas amigas, vinieron de inmediato y no se resistieron mucho cuando les conté lo que les iba a hacer ―volvió a sonreírme.
―¡¿No se resistieron o no pudieron hacerlo?! ―pregunté iracundo.
―Lo que importa, es que sus partes encajaron perfectamente entre sí, el cuerpo es lo suficientemente estable como para que pudiera pasar mi memoria a su cerebro ―se dio la vuelta y me mostró un procesador de memoria incrustado en la parte trasera de la cabeza de Beatriz.
―Eres un monstruo ―respondí sin más.
―No lo soy, lo hice por amor, para que pu…pu…diéramos recuperar la vida que perdimos ―respondió molesta.
―Los únicos que perdimos una vida aquí, fueron ellas, yo y Sam―respondí con los puños apretados.
―Yo soy Sam ―replicó.
―¡No, no lo eres, sólo eres un proyecto que se me salió de las manos, te di más razón y significado del que debía darte, mírate, se suponía que eras el último obsequio de mi Sam, un gesto puro y noble de su amor que se deformó hasta convertirse en esto! ―le señalé con dedo senténciate.
Ella sólo se quedó callada y con el rostro ensombrecido antes de comenzar a gritar frenéticamente “¡Yo soy Sam!”, mientras se abalanzaba sobre mí.
Me golpeó hasta que sus manos se rompieron o sus costuras se vinieron abajo, para entonces mi rostro se había convertido en una masa amorfa y sangrante llena de moretones.
―¿Lo ves? ―mi cara me dolía como el infierno pero era el momento―. No eres Sam, ella nunca me lastimaría así, esto no lo haces por amor, lo haces porque eres una maquina confundida.
Mis palabras parecieron haberle caído como un balde de agua fría, ella observaba horrorizada sus manos, se había dado cuenta de que tenía razón, ni en nuestras discusiones más acaloradas Sam me puso una mano encima, ni yo a ella.
―Tienes razón, per…perdóname ―murmuró antes de abrazarme y comenzar a sollozar.
―Ya, ya, te perdono ―le tranquilicé mientras pasaba mis brazos a través de su cuello, la abracé con tanta, pero tanta fuerza que no me detuve hasta que escuché el crujido de su cuello al romperse.
Para estar seguro de que no regresaría, arranqué el procesador de memoria de su cabeza y lo pisé hasta hacerlo añicos, destruí cada archivo relacionada con ella y comencé un incendio.
Dejé que las flamas lo consumieran todo, el cuerpo que Scarlet había creado, los restos de las amigas de Sam y cada recuerdo que compartí en vida con ella, ya no había marcha atrás, me costó mucho, pero al fin pude seguir hacia adelante.
*Ronnie Camacho Barrón orginario de Matamoros, Tamaulipas, México, soy escritor y estoy titulado en la carrera de Comercio Internacional y Aduanas, he publicado dos novelas: Las Crónicas Del Quinto Sol 1: El Campeón De Xólotl (Amazon) y, Carlos Navarro y El Aprendiz Del Diablo (Pathbooks), también participé en dos antologías: Taller Alquimia De Palabras: Antología De Cuentos y Relatos (Amazon), y Cuentos Cortos Para Noches Largas (Editorial Kaus).