Foto: Cortesía CC(by) lasillavacia.com

Si los cañizales hablaran: racismo estructural y juventud afrocolombiana

Ana Hurtado | Foto: Cortesía CC(by) lasillavacia.com

#LoscincodeLlanoVerde | El 12 de agosto, Día Internacional de la Juventud, las notas de prensa tapizaron sus encabezados con la noticia de una misteriosa masacre ocurrida en Llano Verde. Cinco menores de edad fueron asesinados, sus cuerpos fueron abandonados entre los cañizales. Ana Hurtado refelxiona sobre de los sucesos.

Llano Verde es un barrio al suroriente de Cali, Colombia. Fue parte de los proyectos (entre ellos el Plan Jarillón) de redistribución poblacional que buscaban incrementar la esperanza de vida a víctimas y desplazados por el conflicto armado, éste consiste en un megaproyecto de ciudad para reasentar a los provenientes del Río Cauca, quienes, como consecuencia de la violencia estructural, construyeron ilegalmente su patrimonio a orillas del Cauca.

El barrio tiene una división territorial que organiza espacialmente a las víctimas del desplazamiento en reinsertados y los reubicados. La zona más extensa está habitada por oriundos de Nariño, Chocó, Valle, Meta, Caquetá, Putumayo y Cauca, y hay que decirlo, gran porcentaje de esta población es afrodescendiente. Los proyectos de reasentamiento tienen una larga data en el país, forman parte de los planes de reconstrucción de paz. Sin embargo, en muchos casos estos barrios no han podido cambiar la dinámica de violencia dado que son un blanco recurrente para el crimen organizado que sigue operando en el país. Algunos de estos barrios, incluso, se han convertido en focos rojos de narcomenudeo o simplemente en un mosaico de delitos menores donde los niños y jóvenes son obligadamente involucrados. Los pobladores de Llano Verde han intentado desvanecer el algoritmo de esta violencia, misma de la que han intentado escapar desde hace años.

Los primeros en poblar Llano Verde fueron las víctimas y los reinsertados, desde entonces comenzaron a organizar bases comunitarias en apoyo mutuo con el Municipio. El antecedente del conflicto armado dejaba claro que la única alternativa para contrarrestar los efectos de la violencia era reforzar lazos colectivos. De manera tal, desde el 2013 se ha trabajado en iniciativas de reapropiación urbana, mismas que incluyen murales, programas artísticos y diferentes actividades para promover la comunicación vecinal, esto ha sido posible gracias al comité interinstitucional y a las alianzas con líderes y lideresas comunales que trabajan con distintos estratos.

El 12 de agosto, Día Internacional de la Juventud, las notas de prensa tapizaron sus encabezados con la noticia de una misteriosa masacre ocurrida en Llano Verde. Cinco menores de edad fueron asesinados, sus cuerpos fueron abandonados entre los cañizales. Gracias a la rápida movilización vecinal, fue posible recuperarlos, pues se presume que el objetivo era desaparecerlos. Hasta el momento se desconocen las causas de la matanza, la Alcaldía tampoco ha logrado dar con los responsables y todo se sigue sorteando en especulaciones tímidas que no nombran un problema de fondo: el racismo.

#LoscincodeLlanoVerde es parte de una ola de crímenes raciales suspendidos en la impunidad. La población afrocolombiana es una de las más expuestas ante las garras del crimen organizado y los grupos armados que ―ilegalmente― siguen expandiendo sus dominios a lo largo del país. Desde inicios de este año, líderes comunales y políticos habían alertado sobre el reclutamiento de menores y la presencia de grupos armados, sin embargo, no fueron atendidos oportunamente. Los menores fueron asesinados en la noche del 11 agosto, en el toque de queda decretado en Cali, medida implementada en el marco de la contingencia sanitaria del COVID-19.  Durante décadas, las familias afrocolombianas han sido desmembradas por el brazo del crimen, se han visto obligadas a migrar continuamente y a dejar atrás territorios simbólicos y geográficos.

Es importante insistir que el racismo opera de distintas formas, no siempre lo es infringiendo un daño directo. El racismo estructural aniquila sistemáticamente cuerpos, saberes y prácticas racializadas, a su vez, construye una memoria dolorosa cimentada en una ausencia impuesta y denigrante. Las posibilidades de enunciar un cuerpo y una voz racializada quedan condenadas al pretérito y al estigma revictimizante. El racismo estructural va de excluir la garantía y el acceso a derechos sociales básicos, de trazar asimetrías geopolíticas y normalizar la exclusión al punto de no comprenderlo como un problema de raíz sino como el circunstancial. En 2015, en Colombia se reportaron varios casos de violencia racial que iban desde insultos hasta asesinatos; en lugares como Llano Verde la pregunta que debemos retomar es ¿por qué los niños y jóvenes afrocolombianos son más propensos a ser reclutados? Desde luego este cuestionamiento no deja de lado la experiencia de los indígenas, busca simplemente centrar a la juventud afrocolombiana en un fenómeno que merece toda la atención académica. El mismo racismo estructural determina el rumbo de ciertas políticas, asignando una distribución del trabajo y de representación política, así, los cuerpos racializados son asignados a actividades que corresponden con prejuicios preliminares: tales como el crimen, la violencia o la hipersexualización. Al no garantizar un acceso seguro a sistemas de justicia y educación, con ascendentes brechas económicas y con una cultura que insiste en borrar y negar la presencia histórica-cultural de los afrodescendientes, jóvenes y niños se ven inmersos en un dilema racial que implica su derecho a la vida.

Bien sabemos que la cultura no se limita exclusivamente a las manifestaciones folclóricas y materiales, la cultura es un espectro mucho más extenso que, sin duda, concierne el debate de los derechos humanos. Para dignificar nuestras memorias es necesario nombrar lo que recurrentemente se evade, no soltar nunca más el lugar político de nuestra afrodescendencia, enunciar y denunciar que, pese a todo, existimos.

Algún día los cañizales hablarán…hasta que el futuro nos pertenezca. A los cinco de Llano Verde los nombramos en un acto minúsculo de justicia y memoria:

  • Juan Manuel Montaño
  • Jean Paul Perlaza
  • Álvaro José Caicedo
  • Jair Andrés Cortez
  • Leyder Cárdenas

*Ana Hurtado

Afromexicaribeña (1994) Egresada de Estudios Latinoamericanos, UNAM. Especialización en Estudios Socioculturales del Caribe Insular. Cronista, periodista y coleccionista de historias. En continúa reinvención.


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