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Gino Iovaldi

Juan Luis Henares | Foto: CC0 pixabay.com

Un cuento que sobre injusticias que resuenan hasta nuestros días.

Quince años atrás daba clases en una escuela secundaria nocturna de adultos en las afueras de la ciudad. Una noche de agosto, al finalizar la jornada me dirigí a la parada del colectivo, distante a pocos metros del establecimiento. Al llegar a ella se acercó un vecino del barrio, quien me avisó que a la hora veintidós los choferes de transporte de pasajeros comenzaron con un paro sorpresivo, así que no funcionaba el servicio. Por lo tanto, llamaba a un taxi o caminaba hasta mi casa. Como era fin de mes y tenía mis bolsillos vacíos de dinero, decidí caminar los cinco kilómetros que separaban la escuela del pueblo en donde vivo.

La noche estaba fría, pero al menos la luna llena alumbraba el camino. Disfrutaba el sonido de los insectos y animales nocturnos que, amparados en la oscuridad de la vegetación, daban toda una sinfonía que acompañaba mis pasos sobre la banquina de la ruta. Pasó un coche, y a punto estuve de hacer dedo; no me animé, vaya uno a saber si el dueño del vehículo tenía ganas de compartir minutos de su viaje con un desconocido acompañante.

De pronto apareció ante mis ojos: la vieja fábrica química abandonada al costado de la ruta, la que siempre observaba desde la ventanilla del colectivo. Ubicada en el interior de un largo curvón que toma la carretera, la luz de la luna la dejó al descubierto, oculta detrás de un pequeño bosque de longilíneos pinos. Me tenté, ¿por qué no tomar el viejo ingreso que lleva a las calles internas? Era una oportunidad única de conocer ese lugar del que tantas historias contaban los alumnos en la escuela. Además, al quedar en la parte interna de la curva, me ahorraba transitar cientos de metros.

Entusiasmado con la aventura tomé la senda, perpendicular a la ruta, que se interna en la factoría; esta tenía dos viejos galpones, con los vidrios de sus ventanas destruidos —unas pocas persianas metálicas rotas colgaban aún de ellas— y paredes sucias a causa del paso del tiempo y la humedad. Uno de los edificios tenía una chimenea de ladrillos, con las hileras superiores ennegrecidas por el humo que despidió en otras épocas. Al medio, una enorme balanza en la que pesaban las cargas de los camiones; en un costado completaban la escena una pequeña edificación con planta alta y una construcción precaria que, debido a la inscripción “Damas y Caballeros” que se alcanzaba a leer, habría funcionado como baño.

El viento lograba que las viejas ventanas se azotaran contra la pared; lo mismo sucedía con la puerta de un galpón. Me acercaba a él cuando un sonido atrajo mi atención; giré a mi derecha y en la penumbra percibí un movimiento. Mis músculos se tensaron, la mirada se agudizó. Un gato negro dio un salto desde atrás de una pila de deshechos cajones y trepó por la cañería al techo. Sonreí y me tranquilicé, pero al regresar la mirada al sendero encontré una figura —muy alta y algo encorvada— que con la luz de la luna a sus espaldas saludó con su mano derecha levantada. Vestía un sobretodo negro y un gorro al mismo tono. No pronunció palabra alguna, con un ademán me invitó a seguirlo; sin entender el motivo lo hice y caminé tras sus pasos.

Nos trasladamos a través de un estrecho pasillo entre uno de los galpones y el edificio pequeño; ingresamos por la puerta lateral del primero. Las maderas de la entrada crujieron, lo que hizo que las arañas corrieran a esconderse en sus nidos. Me llevó por un corredor, con piso de cemento, que pasaba entre medio de varias máquinas; al final se detuvo y señaló lo que parecía ser un viejo piletón cuadrado, de al menos tres metros de lado. Imposible conocer su profundidad, un líquido verdoso y nauseabundo lo llenaba hasta los bordes. Se acercó y lo observó durante un par de interminables minutos, al final de los cuales yo no podía aguantar las arcadas producidas por el hedor. La penumbra reinante y el cuello levantado de su abrigo —sumado a la gorra que lo cubría— no me permitieron distinguir las facciones de su rostro. Luego de asegurarse que yo había prestado atención al estanque, dio media vuelta y me guio camino a una pequeña oficina ubicada en una esquina del galpón; entramos y señaló una oxidada silla de metal. Me senté, sus patas se separaron y debí apoyarme en un viejo escritorio para no caer; encima del mueble se encontraba un antiguo libraco, humedecido, con hojas ya marrones. Estaba abierto en un listado de nombres; detrás de cada uno de ellos se registraba un horario y la respectiva firma: comprendí, era el libro de asistencia, donde cada obrero marcaba su hora de ingreso y salida. Con los dedos de sus manos me indicó el número ocho: el octavo en el listado era un tal Gino Iovaldi. Pronuncié el nombre en voz alta; mi enigmático acompañante pareció, satisfecho, esbozar una leve sonrisa. Era él, Gino Iovaldi era su nombre. Caminó pocos pasos y se detuvo frente a una especie de pizarra colgada de la pared. Entre restos de palabras escritas con tiza, una lámina a color —o lo que quedaba de ella— en la que los dictadores Jorge Videla y Emilio Massera entregaban la copa del Campeonato Mundial 1978 de fútbol a Daniel Pasarella, capitán del equipo argentino; al pie de ella su título: ¡Ganamos! Sobre el pizarrón, un gran cuadro con la frase Los argentinos somos derechos y humanos. Me miró, parecía querer confirmar que comprendí el mensaje; luego señaló la puerta.

Transitamos en silencio; al salir del galpón la luz de la luna de repente iluminó su rostro. Me sorprendí al verlo: no tenía cejas ni pestañas y abundaban las cicatrices, como si hubiese sufrido graves quemaduras. Solo dos grandes ojos marrones lograban que su rostro pareciera humano. Me despidió con la mirada, y sin mediar palabra caminé unos metros; de repente pensé que tenía muchas preguntas para hacerle: di media vuelta, sin embargo el extraño hombre ya no estaba. Volví sobre mis pasos y reingresé al galpón, el pasillo se encontraba vacío; miré hacia arriba, investigué las paredes en busca de una puerta secreta, mas no encontré nada. Lo llamé ¡Gino! Una, dos y tres veces; grité su nombre: no hubo respuesta. Salí aturdido; me acerqué a la ruta sin comprender lo sucedido, con mi cabeza llena de datos que parecían girar en ella y yo sin poder detenerlos. Caminé de esa manera hasta llegar —una hora después— a casa, me tiré en la cama, y de inmediato quedé dormido.

Al despertar a la mañana siguiente solo habitaba en mi mente Gino Iovaldi. ¿Quién era? ¿Qué hacía en ese lugar desierto? ¿Habría sido un sueño? Urgente me dirigí a la computadora, y en el buscador de Google coloqué el nombre. Recorrí las diferentes entradas; en la mayoría se combinaba Gino con otros apellidos, y cada tanto aparecía Iovaldi pero con distintos nombres. Pasé horas en la búsqueda. A punto de desistir, noté que una entrada dirigía a una web referida a la desaparición de personas en Argentina, y recordé el poster de Videla y Massera. Ahí, en un listado de desaparecidos en los años de la dictadura militar, lo encontré: Iovaldi, Gino. Nacimiento 1944, desaparición 1978. Soltero, sin hijos. Último trabajo: Química La Patria.

Pronto me contacté con organismos de Derechos Humanos, quienes me contaron que Gino —conocido como El lungo Iovaldi— era ateo y marxista, delegado de los trabajadores ante el gremio; en la fábrica organizó un pequeño grupo de obreros junto a quienes estudiaba a Marx, Gramsci, Lenin y Guevara. No obstante, los dueños de la empresa tenían fuertes conexiones con los militares, y tal y como sucedió con tantos otros, un día no se supo más nada de él. Si bien con el regreso de la democracia comenzó la investigación, jamás hallaron rastro alguno. En entrevistas realizadas a ex trabajadores a mediados de los años ochenta —La Patria cerró sus puertas en 1979—, varios comentaron acerca de rumores de cuerpos arrojados a un tanque con ácido sulfúrico. Luego cesó la indagación, tras lo cual se olvidaron de Gino.

No me di por vencido: proseguí con la búsqueda. Pasaron años. Al principio algunos jóvenes militantes recorrían a mi lado el deshabitado lugar; aunque cada vez que repetía la historia de lo que viví esa noche me respondían con miradas evasivas, a modo de quien intenta eludir una conversación. Más tarde ya nadie me acompañó: siempre alguna actividad importante les impedía realizar la visita; al tiempo me pareció notar que esas miradas extrañas se habían transformado en burlonas. Una noche en la escuela ingresé al aula y encontré en el pizarrón, escrita con grandes letras hechas con tiza amarilla, la frase El profesor chiflado. Recién en ese preciso momento caí en la cuenta —con tristeza— de que todos se reían de mí, que nunca nadie creyó ni creerá mi historia.

Ahora, jubilado ya, disfruto de las pocas cosas que me gustan en la vida: colecciono monedas y estampillas, miro la lluvia caer, leo bastante y escribo pequeños relatos. Y como la cardióloga me recomendó que para cuidar mi salud lo mejor es el aire puro de la campiña, en las serenas noches de luna llena salgo a caminar, y con una botella de vino en la mano busco a Gino por los recovecos de la vieja fábrica abandonada.


*Juan Luis Henares, nació en 1963 en Paraná, Entre Ríos, Argentina; desde 2012 reside en Colonia Avellaneda, un pueblo ubicado a 15 kilómetros de su ciudad natal. Profesor en Ciencias Sociales. En 2004 con Treinta mil imprescindibles obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Ensayos sobre Derechos Humanos Memoria y Dictadura, organizado por la Universidad Autónoma de Entre Ríos y la Universidad Nacional de Entre Ríos, comenzando en ese momento a escribir notas sobre temas sociales en diferentes revistas de su ciudad. Desde 2015 escribe cuentos y relatos; varios han obtenido premios y menciones y otros han sido publicados en diferentes antologías y páginas web de Argentina, España, Cuba, México, Uruguay, Venezuela, Alemania, Canadá y Estados Unidos. En 2018 fue publicado su primer libro de cuentos y relatos: Lápiz clandestino (Ana Editorial, Paraná, Argentina). Actualmente prepara el segundo.


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