La historia secreta de nuestras vidas I: la máquina

Ángel L.N. | Imagen: pixabay.com

Angel L. N. nos presenta un texto cargado de recuerdos y reflexiones. El futuro, el pasado y el papel de los avances tecnológicos dan como resultado La historia secreta de nuestras vidas. Las maquinas de refrescos nunca formularon tantas reflexiones.

En el nombre de las cosas se encuentra siempre una historia secreta sobre nuestras vidas, por ejemplo, “máquina de refrescos”. Esto podría indicar para usted solamente lo que en realidad es; una máquina expendedora de bebidas burbujeantes. Para mí
significa lo siguiente:


Máquina de Refrescos; adjetivo. Viaje en carretera, generalmente familiar que podría verse interrumpido por el sobrecalentamiento de una Vollager verde y vieja. El hurto de la moneda sobrante del pago de peaje en pro de enriquecer a una multinacional. Momento de genialidad infantil. Sinónimo. Ver desaparecer una moneda que no volverá nunca.
2 m. Placer en el acto anterior de la descripción. Nostalgia, si le es indiferente recordar o sentir empatía por lo que resta de la definición quiere decir que es demasiado joven y/o que nunca viajo con su familia entre los años 1990-2005.
Este adjetivo no es igual a las maquinas que existen hoy en día. Máquina de refrescos dentro de mi diccionario personal significa solo si el expendio es de dos metros de altura, iluminado innecesariamente con luces LED, que promociona su respectiva compañía de procedencia y tiene botones alineados de forma vertical que no le permiten al consumidor más joven acceder a todos los sabores existentes del producto. Es indispensable que el tragaperras de la maquina sea de metal, así emite un sonido idéntico al recibir la moneda que al abrir la lata de aluminio o botella de vidrio. El plástico queda tajantemente descartado ya que no transpira de la misma deliciosa forma a sus anteriores dos rivales mencionados.
Lo más curioso de este pequeño placer nostálgico es el gozo-acto ritual de insertar una moneda en un orificio plano y obtener algo a cambio mas que de refrescar la garganta.
3 m. Fetiche al embaucar un aparato mecánico iniciando así, formalmente, la lucha entre el hombre y la máquina.


–Termina la definición-

El primer disparo de mi parte en esta guerra apocalíptica fue realizar un orificio en una moneda. Embaucando así al dueño de la gasolinera junto a su máquina y no a la multinacional, esto permitirá que nos ahorremos el costo de 8 refrescos más, principalmente por que el gasero tendrá que pagar la diferencia.

Nota. En este recuerdo podemos darnos cuenta como los dueños de estas máquinas análogas fueron fáciles de engañar, ellos comenzaron a traicionar a la humanidad favoreciendo la tecnología de sus máquinas expendedoras y no, como muchos historiadores pensaran erróneamente en el futuro, las empresas transnacionales. Asimov jamás lo hubiera podido imaginar así.


En pleno 2020 ya no tiene nada de especial “disparar” (como se le dice coloquialmente a invitarle algo a alguien sin esperar nada a cambio) un refresco. No requiere de ninguna habilidad especial, el neoliberalismo nos robó eso. Ahora hay oxxos en cada esquina dirigidos por los hijos de antiguos dueños de esas máquinas obsoletas. Si queremos robar dos o diez refrescos tendríamos que engañar a una cajera o un cajero al que no le pagan lo suficiente por lidiar con nosotros como para estar en igualdad de condiciones.


¿Dónde está la magia de sentirse más ingenioso que una maquina? Si mucho nos da la modernidad puede que el precio esté mal y podamos reclamar a la burocrática PROFECO que nos respeten un precio mal etiquetado, ¿hay victoria en eso? o ¿solo nos quieren hacer creer que la hay? Sé que allá afuera hay un montón de gente esperando, como yo, a que las grandes franquicias de tiendas de conveniencia lleguen a la bancarrota, a que se desplomen sus acciones en la bolsa de valores más que nada para que los tienderos viejos convertidos en abuelos desempleados desempolven sus máquinas expendedoras.

Esas que cuando seleccionas F9 gira mal un resorte regalándote el doble de producto, que de vez en cuando deja el producto atorado entre la repisilla y su cristal, ahí seria cuando el viejo gana. Con suerte algún distraído olvida su cambio en la portilla, sentir adrenalina al ganarle ese cambio al dueño de la maquinita, qué ansias de revivir ese momento. Nuestras ganas de acabar con el sistema nos han hecho consumidores olvidadizos de los pequeños placeres de la vida.

Dudo mucho que en 30 o 40 años un muchacho que tiene todo al alcance de su mano extrañe realmente comprar algo por Amazon o Aliexpress y anhele los nervios de saber si su pedido va a llegar con ANTRAX o COVID-19, en el mejor de los casos con el producto de un color equivocado que podrá cambiar casi automáticamente.


La posmodernidad nos ha robado la nostalgia de cuando un viaje sale mal por un ventilador sobrecalentado que apaga el motor del auto dejándote varado en una gasolinera demasiado lejos de tu destino pero aún más lejos de casa. La posmodernidad nos privó la oportunidad de mejorar el viaje si perforas una moneda para insertarle un hilo que te deje perpetrar la seguridad de las maquinas análogas, skynet, tu familia y en último lugar la inquisitiva mirada del gasero al ver que llevas una moneda pendiendo de un hilo.


*Ángel L. N.

Funderburker: pagina de Fb sobre divulgación de textos buscando publicar de forma constante textos e ilustraciones propias, así como de colaboradores, pero en realidad escribo desde hace tiempo.
Me gusta la tela casi transparente que existe entre la realidad y la ficción pero que entretiene por igual.
Instagram – @Fun_derburker

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