Dos meses

Francisco Santoyo Pérez | foto: pixabay ||

Francisco Santoyo, participe del taller de cuento Indio Faros Verdes, escribe un cuento enternecedor que refleja el compañerismo y la vida que las mascotas dotan a los seres humanos. Aquí:

Conforme el sol trastornaba la dirección de las sombras, él se mudaba de una banca a otra para guarecerse del calor, luego a otra y otra, hasta que anocheciera y tuviera que volver a casa. Eso fue durante el primer mes. A partir del segundo, se abandonó al sol y dejó de moverse, de resolver los crucigramas del periódico y de encerrar los anuncios del aviso oportuno. 

Cierta noche, camino a casa, advirtió un letrero que colgaba de la parte superior de un zaguán. 

Se regalan perros de dos meses

Tocó la puerta. Salió un anciano con overol lleno de manchas de grasa. Tenía un trapo y se limpiaba alternativamente los dedos de ambas manos.

―¿Qué se le ofrece?

―Su letrero dice que tiene perros  ―respondió él―.  ¿Todavía le queda alguno?

―Claro  ―carraspeó―. Ahorita se los muestro.

Vio entrar al anciano. Escuchó movimiento de trastes metálicos y garras acercándose, como tacones pisando madera. Se abrió una puerta contigua al zaguán. Dentro había una reja. Fueron apareciendo los cachorros. Luego la madre y detrás de ella el anciano del overol.

―Aquí están.

―¿Cuántos meses dice que tienen?

―Ah  ―volvió a carraspear. Escupió hacia fuera de la reja―. Sí, ese letrero lo coloqué hace un tiempo, pero, véalos  ―tomó al más próximo y le levantó el belfo―; siguen bebés.

Eran cinco machos y dos hembras. El hombre del overol explicó que la camada había sido de once. Algunos vecinos habían mostrado interés y ya casi todos los perros habían encontrado hogar. Sin embargo, a las pocas semanas, seis fueron devueltos. Notó que había estado hablando mucho rato sin recibir respuesta, cambió de tema.

  ―Entonces, ¿se lleva alguno?

―Creo que sí ―como el anciano permaneció en silencio, añadió―. Es para un regalo.

―Un cachorro es un gran regalo. Ojalá puedan quedárselo.

  ―La familia que lo adoptará es buena. El padre se la pasa en la calle, puede llevar consigo al perro todo el tiempo  ―se ruborizó―. Es que su trabajo se lo permite. Su hija siempre ha querido un perro.

―Ah, mire  ―el hombre del overol continuaba limpiándose los dedos con el trapo ―. Es una lástima que estos perritos se la pasen aquí en el taller. Una mascota necesita espacio para correr.

―Tiene razón, es una pena estar encerrado  ―había metido la mano entre la reja y acariciaba el hocico de los cachorros que se encimaban para acercársele. La madre les gruñó para que se alejaran del hombre y se aproximó a olfatearle la mano. Él la apartó.

―Bueno, ¿Cuál le gusta?

―La verdad  ―dijo como si ahogara una risa―, me da igual.

El anciano tomó uno completamente oscuro. “Se llama Negro”, le dijo al entregárselo. Negro nunca había salido del taller. Encajó sus patas en las grietas de la acera y agachó la cabeza cuando su dueño quiso moverlo. Él se quitó el saco, envolvió al perro y lo cargó así hasta la casa. 

Al llegar, el animal se arrinconó junto al colchón. Él preparó dos huevos con tortillas y sirvió agua en un trasto.

―Ven, Negro  ―le ordenó ―. Comida.

El perro se acercó al plato sin despegar la mirada del individuo que se lo ofrecía. Devoró el contenido y enseguida tomó agua. Se apresuró a volver a su esquina. Él se acercó a Negro y lo acarició. El perro lo miraba como si hubiera sido regañado. No obstante, a los pocos minutos, ya movía la cola cuando su nuevo amo le dirigía la vista. “Necesita un juguete”, pensó. Fue a buscar al cuarto vacío, pero no había quedado ninguno. Sólo halló migajas de crayolas al fondo de un frasco. Apagó la luz y le dio unas palmadas al cachorro, como si tuviera que consolarlo por no haberle cumplido una promesa.

Hacía tiempo que al despertar no salía inmediatamente de la cama. Lo primero que hizo fue revisar la alacena. Junto a la caja vacía de cereal, quedaba una pila de latas de sardina. Abrió dos de ellas. Comió una y le sirvió otra a Negro. Mientras lo miraba engullirla, se preguntó si eso contaría como volver a prepararle el desayuno a alguien. Miró hacia el refrigerador averiado. En el dibujo que pendía del imán, puso atención a un cuadrúpedo que estaba separado de las tres personas representadas junto a la casa; esta vez le pareció más grande.

Aprestó su saco y abrió la puerta. La luz no hirió sus ojos. No recordaba la última vez que había salido de casa antes del mediodía.

No fue necesario usar correa para dirigirlo al parque. Negro caminaba al lado derecho de su amo y luego se cruzaba al izquierdo. Él a veces tropezaba, pero en vez de regañar al cachorro se adaptaba a su modo de atravesársele en el camino.

Enfiló a la banca. Tomó asiento y Negro se acostó debajo de sus piernas. “Necesita caminar”, pensó. Se puso de pie y recorrió el parque. Atravesaron la zona de juegos, la heladería, el quiosco, las canchas de basquetbol, el basurero, el césped amarillo y las grandes porciones de tierra seca. Cada vez que se encontraron con otros paseadores, les decía:

  ―Buenos días  ―inclinaba un poco la cabeza hacia adelante―. Lindo perro.

Nadie le respondió. Tras la caminata, volvieron a la banca, donde alguien había olvidado el periódico del día. Lo abrió para revisar la sección de empleos. Se mantuvieron ahí hasta que el sol los hizo moverse para buscar sombra.


*Francisco Santoyo Pérez


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Un comentario en “Dos meses

  1. los perros son Angeles. Creo que fueron provistos por Dios, estratégicamente colocados donde están ubicados. Creo que saben infinitamente más de lo que nosotros sabemos … ¡Ojalá pudiéramos alcanzar el nivel de estas increíbles criaturas!

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