Clara | Parte I

Juan Jesús Jiménez | Foto: Ximena I. González Jácome

Una resaca. Lagunas mentales. Voces cuya función no sabemos si es la de alertar o traicionar el cuerpo que habitan. Un crimen: un asesinato. Primera parte del cuento Clara.

I

Tu mirada reposa en un punto de fuga. Llueve, como es usual en esta época del año. Las gotas que caen en el cristal de tu oficina parecen competir por ver cuál llegará primero al marco de aluminio. Tú las observas. De forma imprevista un rayo golpea la punta del edificio próximo; su luz permite delatar que has vivido ahí al menos un mes, dejando tu ropa sucia en una de las esquinas, siendo el espejo de una isla rodeada en papeles amarillos y basura de unicel. Hay también una mesa en la sala, cundida de botellas de cerveza, unas bolsas negras y restos de vómito que dan al baño. En cuanto el destello blanco da paso a la paleta de grises residual, un ruido atraviesa la lluvia y se interna en tus oídos. Ves todo más brillante y un dolor en el pecho se hace presente mientras tus piernas tratan de llegar al sillón que usas como cama. Arrumbas tu cobija de franela y te recuestas para calmarte. Te quedas observando el techo, esperando que todo esto pase pronto. Lentamente te quedas dormido. Mientras descansas, el día parece seguir su curso ahí afuera. El agua traza las vías y el viento los muros. Una simulación de la naturaleza da cabida a seres que se arrastran por el suelo disfrazados de humanos. Van y parecen no parar. De aquí para allá, encontrándose perdidos entre la señalética que ofrece el petricor. El mundo sigue ahí afuera pero tú… tú duermes en lo más profundo de una oficina, que ha sido abandonada hace meses por quien fuese tu compañero.

Tal vez ya no lo recuerdes, pero solía estar la mayor parte del tiempo en la pizarra del fondo, atando puntos y cambiando las fotos cada mes. Plutarco. Si limpiaras este lugar, te darías cuenta de que ocultaste su foto tras el sillón para no verle de nuevo, eso y que debes llamar a un servicio de plagas.

Parece que en tu sueño hay todo un hilo de recuerdos que no has podido soltar, articulas frases desvanecidas por tu propia lengua y antes de que salgan las cortas con una exhalación. Tu mente se coloca meses atrás; tienes un arma y ante ti yace el cuerpo pálido del Mar; Plutarco te observa lleno de horror y tú sostienes un hilo de sangre en el labio. Lloras mientras estás en el sillón y despiertas de golpe, aturdido por las voces que te repiten que la has matado sin razón alguna. Las voces parecen advertir que el teléfono suena desde el escritorio. Alzas la mirada esperando que se detenga para no ponerte de pie, pero sigue sonando. Se sacude y tiembla como si tuviese fiebre. Gritas para que se detenga, recibiendo como respuesta ruidos que van en pares. Desesperas, sudas, lloras. Finalmente te levantas con dificultad, arrastrando tus pies por la alfombra y el piso. Contestas.

Recibes silencio desde tu lado de la línea, esperas al menos una respiración para evitar ser el primero en hablar. ¿Qué debería decirle? ―piensas―, Plutarco es el que hacía estas cosas. Del otro lado de la línea yace el jefe del departamento de investigación, Antonio Lima. ¿Estás ocupado? ―dice― tengo un caso que te va a interesar, veme en la avenida cerezos #302 a las ocho. Y antes de que puedas explicar tu retiro, cuelga en seco con las palabras en la boca.

Sin opción alguna, te dispones para salir a la brevedad, piensas en entregar tu placa y hacer oficial tu salida de la agencia de investigación. Es así como tomas un vinilo del suelo y lo colocas en la máquina; la aguja distorsiona los sonidos por lo gastada que está, pero aún puede imitar la voz de Armstrong en el megáfono. Tomas tu navaja, le escupes para limpiarla y arrancas la maraña de pelos implantada en tu barbilla; el desorden que acompaña tu aislamiento no te permite discernir entre lo que está sucio y lo que puede ensuciarse un poco más, así que tomas algo de vinagre para quitar ese olor a alcohol y cigarro de tu camisa. Mientras terminas de colocarte los zapatos, la imagen que soñaste se incrusta en tu mirada, recuerdas ese alquitrán que bañaba tus manos y los ojos sin vida que te miraban desde el suelo. La mataste ―escuchas en la habitación― ¡La mataste, carajo! Volteas tu mirada para asegurarte que no hay nadie contigo. Solo están las gotas que bajan por el cristal.

II

Dos o tres vueltas a la cuadra y no encuentras el #302. Sigue lloviendo en la ciudad pero ya sin fuerza, con apenas algo de viento que se aventura a desperdigar el rocío en las calles. La colonia es un lugar bello que tal vez habías visto antes. Quizás, el que no sepas si en verdad habías estado aquí es porque está bastante alejada de cualquier otra colonia.

Varias casas entorno a un parque repleto de buganvilias, a unos metros de la autopista pero amarrada a un camino de tierra que parece perderse en los campos, casas mal construidas y sin pintar, con los castillos de fuera tapados con botellas de plástico. Definitivamente este no es un lugar como los que sueles frecuentar, aquí no hay banquetas pintadas, arcos de piedra o gente para llenar las calles. Con suerte dos perros escondidos bajo un techo que te miran y vuelven a dormir. Aquí tampoco hay ruido, solo el de las milpas chocando desde sus cañas, llamándote por un nombre que desconoces; el de las hojas que advierten tus pasos, el de una sirena a pie de carretera. El jefe Lima te llama con su claxon y acudes hacía él casi con miedo de perturbar la aparente calma que te enreda al mirarle.

El #302 está al final de este camino de tierra, a unos diez minutos en auto ―dice bajando la ventanilla― súbete. Observas el camino tratando de olvidar el lapso que tuviste algunas horas antes. El camino está pelado, sin piedra o charcos a la vista. Las aves escapan en dirección a oriente, chocando con la luz que ofrece una luna a medio salir. El paisaje que debería llevar en su esencia el arrebol es arrebatado por una escala de azules oscuros en los cielos de poniente.

Tras observar cómo el auto entra en las fauces de una bestia sin rostro, divisas una casa a la distancia, rodeada de robles y rosas que bordean el camino. Este edificio te resulta más familiar que los del resto del pueblo, parecido a lo que bien podría ser una casa del centro. Grande, alta, enmarcada en piedras gruesas y muros anchos que resguardan el frío entre las vigas que cuelgan de sus techos; herrería fina, detalles grabados en las ventanas y una bóveda que parece estar colocada por encima del patio central. Una torre se asoma del techo, igual que dos chimeneas y un ático que da al exterior.

Aparcas ante la reja que delimita el terreno de la casa. Desde ahí, parece completamente vacía de no ser por una ventana abierta en la fachada lateral, luz que se apaga tras oír que llaman desde fuera. Trata de ser sutil ―te indican―, no es nada fácil procesar lo que pasó aquí.

Mientras te dan información del caso, tú recuerdas un lugar muy parecido a este, igual de apartado, rodeado de campo, la casa quizá era más modesta pero igual de grande. El cuerpo de una menor de meses con dos disparos. Tenía las paredes olivo, marcos crema. Signos que delatan una violación, marcas en las muñecas. Está muy lejos de aquí, pero puede que el mundo sea tan pequeño como para que le hayas dado la vuelta. Sin huellas en el arma ni en la habitación. Sería bueno que fuera la misma casa. Sin familiares o compañía más que la de su tío. Sería bueno volver atrás.

―¡Caballeros! ―murmura un viejo― me alegra que hayan llegado. Los había estado esperando.

Con algo de esfuerzo abre la reja lo suficiente para dejar pasar el auto y regresa cubriéndose de la lluvia. Mientras la noche se deja caer en las gotas, luminarias eléctricas se van encendiendo. Te detienes frente a la casa. El hombre con sombrilla se detiene frente al auto de Lima y parece conversar con él, tú practicas el discurso que darás para confirmar tu salida de la agencia, tomas tu placa, tu arma y sales del auto. Pisar un charco delata que te acercas, a lo que el viejo voltea para decirte ¡Una disculpa!, debe usted estar empapado mientras converso con el Sr. Lima. Permítame abrirle la puerta. Esta rechina junto con todas las astillas sueltas en el pórtico, un pasillo largo se revela ante tus ojos y al final de este una sala partida por escaleras. ¿Podría hablar con el Sr. Lima a solas un momento por favor? ―dices con tu arma y placa en mano― le juro que será solo un momento. El viejo se retira de mala gana y deja la puerta abierta. No puedo más con este trabajo señor ―dices―, no puedo seguir haciendo esto. Los ojos de tu jefe te comparten su desdén y asienten. ¿Y qué esperas hacer? Ya estamos aquí, ni modo de regresarnos. Apóyame con este caso y luego haz lo que quieras. Avientas tu arma en el interior de su auto y más por compromiso que por voluntad, esperas a tu jefe en el tapete antes de entrar a la casa.

III

La misma voz que te avisó sobre el teléfono en tu oficina, y que te gritaba al oído mientras venías en camino a la casa, reaparece mientras recorres el camino hasta la sala.

¿Recuerdas dónde estabas hace un año? Yo sé que no, porque reprimes ese recuerdo tratando de vivir como alguien más, pero aquí, en tu mente, somos solo tú y yo. No hay algo que puedas ocultar de mí, y yo no tengo nada que ocultarte. Yo sé que la mataste, cómo la mataste. Mar. Ella era una buena mujer, y tú la mataste. Aunque es una fortuna que su hija haya escapado antes de que pudieses encontrarla. Ahora recuerdas esa llamada, ¿cierto? ¿Aún no has llegado a casa? Estabas trabajando en un caso de asesinato que ya había resuelto Plutarco esa mañana. Aún no, llegaré tarde, ¿necesitabas algo? La resolución de un suicidio no te convenció del todo, el arma y el escenario apuntaban más bien a un asesinato. No, es solo que… Si Plutarco no iba a hacer bien su trabajo, alguien más tendría que hacerlo. Que… La buena noticia era que al llegar verías a Mar de nuevo, esperándote en casa con una taza de café, arrumbada en el sofá leyendo un libro. Nada… es una tontería… Últimamente había estado obsesionada con una novela rosa. Bueno… y ¿qué es? Leer tanto y de tantos estilos la hacían alguien sumamente inteligente y atractiva, sin contar, claro, con sus encantos naturales. Creo… Tenía unos ojos verdes preciosos que eran bordeados por un anillo almendrado. Creo… que estoy embarazada… Pero seguro tú la recuerdas mejor que yo; podrías decirme cuántas pecas tenía en cada mejilla, cuántas arrugas bajo sus ojos, cuántos rizos en su cabello. Pero aquella tarde no la recuerdas, cuando te dijo que esperaba un hijo, ¿qué hiciste? Te llamo más tarde… Colgaste.

            ¿Realmente tenías una razón para hacerlo? Porque, a cómo lo recuerdo, no estábamos haciendo nada importante, algo que peligraba nuestra vida o la de alguien más. Mar no esperaba más que una respuesta, algo que la hiciera saber que estaría bien contigo, pero colgaste.  ¿O colgaron por ti? Es difuso pero ahí está, el perfume de una mujer frente a nosotros, sus manos rodeando tu cuello. Definitivamente colgaron por ti. No sé si tenía algún nombre, porque ninguno de los dos se permitió decirlo, solo nos comunicábamos por respiraciones y lenguaje profano. Mar esperaba una respuesta tuya, y tú… tú estabas en brazos de alguien más.

IV

Espero disculpen el desorden ―grita el viejo desde otra habitación―, con todo esto no he tenido tiempo de ordenar. Huele a café y jocoque desde el recibidor. Por favor caballeros, tomen asiento, en un momento estaré con ustedes. La madera brilla por lo pulida que está y no parece haber signos de desorden alguno. Deben estar exhaustos por el viaje, la ciudad queda lejos de aquí. Hay una pecera, un librero enorme y una chimenea que apenas da calor como para notar que está prendida. Menos mal que han llegado ahora, se ve que la tormenta apretará en breve. Si esta no fuera la escena de un crimen, seguramente sería una casa cálida para dejar llover el verano.

Una bandeja con pan embarrado y tazas de café acompañan al hombre que toma asiento frente al tuyo. Sabrá que estamos aquí por lo que sucedió con la niña Clara ―dice el jefe Lima― espero comprenda que no tenemos mucho tiempo para conversar. Recargándose, el costal pálido contesta: Está bien, pero de menos acepte esta taza de café, Sr. Lima. Una grabadora es puesta sobre la mesa y empieza a correr la cinta.

―¿Podría repetirme cómo descubrió el cuerpo de su sobrina?

―Fue la mañana siguiente a la que todo debió ocurrir, fui a su habitación como era costumbre. Ahí la encontré, en su cama, llena de sangre y con un arma a su lado.

―El arma en cuestión, ¿aún tenía balas?

―No lo pude comprobar.

―¿Algún signo de otros disparos en la habitación?

―Ninguno además de los dos que dejaron marca en la cama.

―¿Cómo es que no pudo escuchar los disparos?

―Yo… no sé… una noche antes la arropé y fui a mi recámara… llamé a la policía para reportar la desaparición de mi hermano…

―¿Cómo cree que ocurrió?

―¡Cómo podría imaginar eso! ¡Era mi propia sobrina! ¡Era solo una bebé!

Un silencio es seguido de un rayo que deja la casa sin luz. El anfitrión se ve obligado a parar la conversación y enojado seca sus lágrimas en la oscuridad. Yo no sé qué clase de enfermo ha podido hacerle eso a una niña ―dice antes de buscar una linterna―. ¿Quiere que le ayudemos en algo? ―pregunta el jefe―. Necesitaré a una persona que me ayude a reparar el generador, sí. Te escondes entre los cojines para evitar ser elegido para la tarea, dejando a Lima en compañía del viejo.

Ambos parten. Te quedas a solas. Hay un reloj en alguna parte y no deja de marcar los segundos que llevas perdido en la oscuridad. Tick–tock. La chimenea da muy poca luz… pero la suficiente para notar un espejo en la sala.

Lo observas detenidamente como si esperaras una anomalía. Lo observas hasta que tus ojos, en su tedio y esfuerzo por distinguir sombras, ves una mano que sale detrás del muro que da para las escaleras. Es la mano de una mujer casada, una mano pálida y adornada con unas uñas carmín. Las manos se camuflan con el tapiz y protegen a su propietaria con el anonimato. Le sigues. ¿Mar?

El espectro ríe y se escapa para subir por las escaleras a la segunda planta, el llanto de un bebé la espera desde una habitación con luz. ¡Ahí voy Clara! ―grita el espectro― ¡Ahí voy! Reconoces ese nombre y tratas de correr más rápido, pero la alfombra que pisas cobra vida con una morfología similar a la de una serpiente. Te enreda e impide tu paso. Caes ante el desequilibrio y ves a la mujer perderse entre la puerta que se cierra. Cierras los ojos por un instante. Te despierta el reloj, pero el mundo a tu alrededor se siente diferente, como si hubiese sido diluido.

Pronto la segunda parte


*Juan “El Invisible” Jiménez: Inactivo en redes, escritor y columnista a tres cuartos de tiempo. El resto es pura vanidad. Si insiste en seguirme la pista puede hacerlo en: Neotraba | Pensamientos de Diván.
O siga mi cuenta de twitter @_JuanJ_Jmnz_


Vertedero Cultural

Trabajamos desde todos lados, nuestra casa es la web.

vertederocultural@gmail.com

ISSN en proceso.

¿Quieres convertirte en patrocinador? ¡Contáctanos!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s