El barco en la botella

Foto: pixabay.com

Para Alejandro Meneses, siempre…

Cuelgo y golpeo el teclado sobre el teclado que dejó flotando el teléfono, nata de la realidad. En la pantalla, gatos negros acechan la estufa donde un asesinato se cuece a fuego muy lento. Agazapados, mueven una cola flaca y se trenzan con mis dedos, me miran sin maullar, inundan con un fuego verde la esquina superior de la página electrónica, llena a medias. No sé cómo haré para alcanzar el final del relato. Quizá si no los tomo en cuenta… Escribo. Un cucharón vuelve a remover el contenido de una cacerola, el vapor sube para encontrarse con el cochambre del techo, la página de un recetario abierto en el capítulo de carnes. Cada sílaba, ya huérfana del impulso primero, es un aplanar letras mecánico.

Volteo hacia la ventana para buscar el siguiente verbo: el patio trasero, la habitación metálica más allá del cristal. Ahí germina y crece madera. Llantas usadas casi tocan el techo construido hace años a fuerza de clavos y martillazos, frenan la mirada como si se tratara de hongos enormes. Lejos, el volcán. Esa mole de piedra, nos dice la leyenda, humea esperando que la mujer dormida abra los ojos y lo envuelva en un abrazo tan largo como su espera. No lo veo, pero existe, apenas veladuras en un lienzo azul.

Aún no creo que las únicas palabras que recuerdo de esa llamada se refieran a ti. “Parece que falleció el fin de semana”. La frase imita el vuelo de una polilla, si pudiera tomarla, examinaría la nervadura y la iridiscencia de sus alas, el temblor en las patas y luego la dejaría libre. Entonces, la ruta hacia el foco encendido sería la clave para comprobar la veracidad de la noticia, de esa duda dicha casi con susurros. Pero ese insecto es muy ágil, no puedo alcanzarlo.

De pronto viene otra frase y acompaña a la primera. Es una cita. En el centro. A las siete. Por fin, podré seguir la ruta de la polilla sin necesidad de correr tras ella, saltar y estirar los brazos varias veces antes de quedarme sólo con aire.

Me levanto y apago la computadora. Otro pantalón, los zapatos para salir. Rápido. Imposible. El aire comienza a imitar la densidad del líquido en el que flotan los barcos miniatura. La habitación se vuelve cristal; la puerta, un cuello larguísimo rematado en lacre y corcho. Estoy dentro de una botella. Adelanto un pie, el otro. El suelo se hunde, no es más la alfombra con ocasionales motas blanquecinas y huellas de polvo. Acabo tropezando.

Cuando intento levantarme, un mar aceitoso me rodea, forma oleajes al chocar contra la cara interna de la botella. Su azul turquesa llena el fondo, el lugar donde antes estuvieran las paredes. Me falta el aire, hago presión con las manos, golpeo a puño cerrado, grito por ayuda. La botella no tiene ni un quiebre, y si alguien presenciara mi desesperación, seguro vería el acto de un mimo. Sólo queda seguir tratando, esperar.

Más allá del vidrio, te veo caminando en calles pasadas por agua durante horas. A tu espalda, las torres de Catedral se vuelven reales bajo el toque de una iluminación creada por los hombres; sin esas lámparas cada noche las borraría de las guías turísticas. Se me ocurre una frase. Libreta y pluma están lejos de la botella, pero no importa. Escribo esperando que ese par de líneas me ayuden a llegar al final del cuento del asesinato: “Los ángeles presumen de haber fundado una ciudad, de trazarla, y ahora regresaron por un souvenir, quizás un comprobante de su trabajo; por eso se llevaron la Catedral con todo y cimientos. No saben si podrán conseguirla más tarde, entre los restos de otro Berrinche Universal”.

Desapareces de repente. La camisa a cuadros, el pantalón de mezclilla; no encuentro tus pasos de tenis blancos, tampoco tus anteojos. ¿Y si fuiste al restorán cercano a la Catedral? Ahí, en la mesa de la esquina, lees los jueves por la tarde, ocasionales martes, casi nunca en lunes. Y mientras fragmentos viejos de la ciudad te observan desde el muro, mientras la música revienta las bocinas, tus ojos siguen la historia que se deshilvana desde algún intento de cuento, desde la sección cultural del diario, como si estuvieras a solas. También quiero pensar que tus anteojos tomaron el lugar de la botella, que en cualquier instante me toparé con tu mirada clara, con tu risa duplicada dentro de ambas pupilas. Pero no, ni tus ojos ni el restorán, y ahora, tampoco veo la casa fuera de mi habitación.

Creo que la marea aceitosa, al final, lo ha conseguido. Yo no pude empujar el vidrio, en cambio ella, a fuerza de vaivenes y de la erosión que los milenios causan, lo alejó hasta convertirlo en la frontera del mundo.

Aspiro con profundidad, confiando en lo amplio que es ahora el interior de la botella. El efecto es contrario al que pensé obtener. En lugar de abrirse, el aire cierra todavía más su entramado, añade grosor a cada hilo y se aferra a mi cuello. Aprieto los ojos, entierro las uñas en esos hilos transparentes, trato de separarlos. No puedo deshacer el nudo corredizo.

Mientras me ahogo, el restorán cercano a la Catedral aparece detrás de mis párpados. Lo tienen a media luz, se escucha lleno: gritos, risas, el primer gol del clásico en la televisión. La mesa donde lees los jueves está vacía. Peces violetas flotan en el aire junto a la entrada del baño. Los meseros deambulan sobre baldosas de musgo, derraman refrescos rojos y amarillos. Ambos líquidos se combinan con el turquesa del mar de la botella, que empieza a invadir el local. Las hebras de refresco se parecen a tus cabellos. Pero no son, lo sé, como también sé que nadie puede vivir después de un “parece que falleció el fin de semana”. Mi optimismo empieza a irse con el final de la historia en la computadora. Quizá no la termine, de todos modos nadie la habría leído.

Abro los ojos. La botella sigue rodeándome, la horca de aire todavía dificulta mi respiración. Pienso en el teléfono, tal vez una llamada alivió antes la densidad al interior de otra botella. A punto de la asfixia, levanto el auricular y marco un número. Las paredes de la habitación vuelven a tomar su sitio cuando una voz responde al otro lado de la línea.

*Cuento publicado en la antología La muerte es un sueño, 15 narradores de Puebla. Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla / Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, serie los urbanos, 2009.

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