La ruta del cangrejo

Diseño de imagen: Alex Scott

Sí, ya todos nos cansamos de las reuniones por zoom, los eventos por Facebook live y ya nadie quiere escuchar el nombre del bicho ese porque… porque su sólo nombre puede traer recuerdos horribles. Por ello quisimos hacer este dossier, llevamos más de 12 meses encerrados (y estamos por llegar a los 13), ¿cómo nos ha tratado el confinamiento?

Este dossier busca que cada texto explore en la intimidad más profunda y dolorosa de cada unx de quienes aceptaron realizar su propia crónica de su visión del mundo pandémico.

A finales de 2019, recuerdo haber escuchado noticias sobre los primeros casos de una nueva enfermedad en China por, supuestamente, una transmisión al comer sopa de murciélago. En ese entonces, había muy poca evidencia para reconocer que la asociación entre el padecimiento y la cultura gastronómica china era más xenofobia que ciencia.

Por esos meses estaba a punto de emprender una mudanza que llevaba planeando desde medio año antes y que representaría la transición entre mi etapa de estudiante y un nuevo periodo profesional. Digo representaría, así, en pospretérito, porque realmente no fue de esa manera. O al menos no en ese momento.

Los últimos días de enero, cuando la OMS le dio a la COVID-19 el estatus de emergencia de salud pública de importancia internacional, yo estaba terminando de desempacar en una nueva ciudad —la zona metropolitana más grande de América Latina— y esperando iniciar clases en una facultad que, supuestamente, levantaría su paro de actividades en máximo una semana. Tampoco ocurrió de esa forma.

A pesar de que comenzaban a aumentar los países con contagios y el número de casos, me mantuve firme (o ahora diría necio) en quedarme en la Ciudad de México: busqué una nueva sede de intercambio y busqué un trabajo para mantenerme mientras esperaba la beca de movilidad. El 28 de febrero, cuando se anunció el primer contagio oficial en México, quizá yo andaba en Puebla antes de comenzar el training de una empresa que, cuando comenzó la etapa de confinamiento, nos hizo firmar una carta de renuncia antes de “tomarnos” dos semanas de home office, en caso de que no regresáramos; por si las dudas.

Era tan terco en no cambiar mis planes que ni siquiera me pesaba viajar hora y media de ida, otra de regreso, tres diarias y 18 semanales, en la ruta casa-trabajo. Al mismo tiempo, mi obstinación me impedía ver que quizá lo menos importante a finales de marzo no era que me hubieran cancelado la movilidad y quedarme en el “limbo” académico más de medio año, sino que comenzaba una pandemia en la que mis papás y mis abuelas eran (y son) personas vulnerables.

Mi capricho tan simple, tan duro como el pedregal sobre el que estaba la colonia donde vivía, me cegó lo suficiente como para no ver que no se trataba de un regreso a casa, sino del inicio de una huida que me regresaría. Un par de pasitos para atrás para dar uno hacia adelante. Una caravana en círculo.

La primera de las paradas del viaje fue la que viví junto con las personas, mujeres y disidentes sexuales, a quienes el confinamiento nos hizo vivir 24/7 con nuestrxs agresores. Durante alrededor de 3 meses —los más duros de la primera ola de la pandemia—, aprendí lo que significa el gaslighting, el chantaje, la violencia económica y varios escalones de los violentómetros que ahora reparten en las universidades.

En su momento, tuve un lugar al cual escapar, a diferencia de las 14 mil 599 mujeres, niñas y niños que pidieron ayuda a la Red Nacional de Refugios entre marzo y junio de 2020. Para ese entonces, todavía no entendía que era una huida y mucho menos lo comprendí todo el mes de julio que viví con mis padres. Aunque creí que había regresado a casa, tampoco ocurrió de esa manera.

Al mes siguiente, la sede de confinamiento se movió de nuevo y, en esa ocasión, me mudé al mismo edificio en el que viví mi infancia. Paradójicamente, el departamento en el que ahora vivíamos mi mamá, mis hermanas, tres de nuestros cuatro gatos y yo estaba debajo del departamento que ocupamos durante 15 años. El eterno retorno. El viaje a la semilla.

A finales de agosto, compramos un pastel de cumpleaños y una de mis hermanas me tomó una foto en la que sonreía desprevenido; se rumoraba que la vacuna estaría lista para el próximo año y las cosas parecían mejorar. Comencé a cursar a distancia mis últimas materias en línea; me acostumbré a rociarme con sanitizante al llegar a casa y a ir a ver a mi abuela —mi nueva vecina— con cubrebocas.

Como parte de la guía que recibí (que me han regalado hasta ahora) para gestionar el vaivén de los meses anteriores, comencé a practicar meditación; en una sesión, vi una playa a la que hace años me prometí volver. En esa costa, aunque no me metí al mar, sí sumergí mis piecitos en la arena al lado de unos cangrejos chiquititos.

Justo al igual que esos animales, la caracola en la que me guardaba, la coraza-hogar, me terminó quedando chica. Esa ocasión, la primera semana de septiembre —con la quinta mudanza del año— representaba una segunda oportunidad. El pasito para adelante.

Regresé a la misma ciudad, pero ya no era el mismo. Regresé a vivir en un departamento que no estaba sobre un pedregal, sino con un río corriendo debajo; un lodazal. Regresé a ver una segunda ola de contagios y muertes por COVID-19: filas para rellenar tanques de oxígeno, para hacerse una prueba rápida y algunas otras para entrar a plazas comerciales.

Aunque volví a la ciudad a la que me aferraba, mis planes no eran los mismos que tenía en un inicio, pero eso no era para nada malo. La ropa que me apretaba comenzó a cerrarme de nuevo y (re)conocí a varias personas. Aprendí —aprendo— a ser más flexible; quizás dúctil para no tronar. Adopté plantas. Decidí sanar a través del movimiento: mi cuerpo haciendo yoga, recibiendo vibraciones, mostrándolo abierto incluso con doble cubrebocas.

Mis dos pasitos para atrás fueron, al final, para tomar impulso. Un péndulo que en cualquier momento puede revertirse. A dos semanas del movimiento turístico de semana santa, solo queda esperar que el vaivén no nos regrese con (tanta) fuerza. Que la ola no se lleve al resto de cangrejos que van caminando.

Alan Robles

Alan Robles

Redactor. Me he desempeñado como reportero de las fuentes cultural y política en medios institucionales. Soy pasante de la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Durante mi formación académica realicé dos movilidades: una en la Universidad Nacional de Colombia y otra en la Fundación Universitaria Monserrate, ambas ubicadas en Bogotá, Colombia. Como reportero de la Dirección de Comunicación Institucional de la BUAP, participé en el Congreso Regional de Lenguas Indígenas para América Latina y el Caribe, organizado por la UNESCO y el Ministerio de Cultura de Perú, en la ciudad de Cusco, para presentar el serial periodístico “La BUAP en el Año Internacional de las Lenguas Indígenas”, proyecto que codirigí. Mis intereses profesionales y académicos son los estudios de género, diversidad sexual y diversidad lingüística.

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