Año uno

Diseño de imagen: Alex Scott

Sí, ya todos nos cansamos de las reuniones por zoom, los eventos por Facebook live y ya nadie quiere escuchar el nombre del bicho ese porque… porque su sólo nombre puede traer recuerdos horribles. Por ello quisimos hacer este dossier, llevamos más de 12 meses encerrados, ¿cómo nos ha tratado el confinamiento?

Este dossier busca que cada texto explore en la intimidad más profunda y dolorosa de cada unx de quienes aceptaron realizar su propia crónica de su visión del mundo pandémico.

Para mí no fue el 13 de marzo del 2020, sino el siguiente fin de semana: el sábado 21. Un mensaje de WhatsApp inauguró una cuarentena de quién sabe cuánto tiempo: “Vamos a cerrar a las cuatro”, decía; mientras yo, en casa, me preparaba para llegar al segundo turno en la biblioteca donde hasta la fecha laboro.

El panorama estaba tornándose serio: la suspensión del servicio social y las recomendaciones de lavarse las manos y la cara antes de saludar a nadie desembocaban en un período imposible de medir. Las bromas sobre cómo los mexicanos adquirimos anticuerpos al ingerir comida preparada en la calle, esos tacos de canasta que se consumen de pie, en la esquina de los parques o junto a un puesto, iban siendo murmullos, la sombra de las dudas que poblaron los siguientes seis meses.

Fue raro no pensar en el reinicio de la semana de trabajo el lunes, el otro lunes, el próximo lunes, de dos lunes en quince, en treinta. Llené dichos días con actividades que hago durante los períodos de vacaciones normales, por así llamarlos: mover muebles y asear debajo de ellos, lavar ropa de cama; la ayuda en la cocina se sumó con los días y la repetición de tales quehaceres fue el eco de aquella incertidumbre: ¿cuándo regresábamos a trabajar?, ¿cómo volveríamos?

Con la reapertura de los comercios considerados no esenciales, en septiembre del año pasado, se hizo presente otro tipo de dudas: ¿sería seguro llevar mochila, como acostumbraba antes? No, quizás una bolsa de plástico, o nada y todo a los bolsillos del pantalón, imposible cargar libros porque iba a manipularlos en el transporte público, uno de los sitios más peligrosos en cuanto a contagio —al final ganó una bolsa/mochila pequeña, donde guardo agua, lentes, cargador, teléfono y algo para comer—. ¿Soportaría el cubrebocas, cuando eran dos horas o poco más el tiempo que lo había portado, al salir a comprar despensa? Sí, sin problema las nueve horas entre jornada y transporte. ¿Llevar conmigo los objetos que habituaba a.C.? No, decididamente no.

Un poco sobre la marcha planeé lo que hasta ahora es mi protocolo de regreso a casa, después de una jornada laboral: limpiar con un trapo húmedo de agua clorada el teléfono, USB, si lo llevo, la pequeña mochila —ahora la rocío con un atomizador—; remojar en agua con cloro llaves y monedas para después frotarlas con un poco de jabón y enjuagarlas; en cuanto a la ropa y el calzado, dejarlos en la habitación que funge como taller para mi papá, dentro de casa, a donde entro rápido y de puntitas. De ahí no salgo hasta que no me cambio, hasta no haberme lavado manos, brazos y cara. Entonces subo a bañarme. En casa vieron un poco excesiva tanta actividad; yo supuse que bastaría. Con eso, con el gel y el distanciamiento, con el lavado de manos constante, saldríamos invictos de esta pandemia.

Mi balance, a un poco más de un año, es amargo. Hubo un error, un resquicio en ese muro de apariencia, si no sólida, al menos estable. ¿Fue el comer una botana fuera de casa un sábado, en compañía de dos amigas del trabajo, aun lavándome las manos?, ¿no usar Lysol, amoniaco, ácido clorhídrico o sulfúrico, una bomba molotov, trinitrotolueno?, ¿quitarme el cubrebocas para tomar agua apresuradamente, siempre en soledad? Porque a reuniones no fui: mi desplazamiento fue, es, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, sin desvíos. ¿Fue no descalzarme antes de entrar, aunque me limpiara en la jerga los pies?, ¿no esparcir agua clorada sobre mis pasos, con un atomizador?, ¿ser incapaz de traspasar la bidimensionalidad de fotografías y publicaciones informativas a una realidad donde no se presentó ni la fiebre ni el vómito ni la ausencia de olfato o de gusto?, ¿o no fui yo —porque aunque salía seis de los siete días de la semana, no era la única en salir?

El bicho, término con el cual designamos a veces al innombrable COVID, encontró un pasadizo en ese muro. Ahora los censos poblacionales contarán un habitante menos en casa. Éramos tres. Hubo una muerte y dos positivos. Ante el documento emitido por un laboratorio clínico, resultado adverso para uno mismo y para el familiar más cercano e importante, se agolpan noticias, estadísticas, fotografías y tomas de prensa, de televisión. Ya no es un número el contagiado, ya no es alguien de otra colonia o de otro municipio, ni siquiera un vecino. Eres tú, tú y tu padre. Y seguro por tu culpa, porque te descuidaste, porque a veces los esfuerzos no son suficientes. ¿Íbamos a ser una imagen más en los noticieros, una de esas aterradoras donde una mujer en absoluta soledad, en una esquina, respira con dificultad debido a la falta de aire, mientras nadie se atreve a acercarse por temor a un contagio seguro?, ¿alguno sería el falto de oxígeno, el intubado, el siguiente muerto luego de una agonía cruel, como lo son todas?

[Podría acusárseme de debilidad, de cobardía, quizá; no obstante, mis hombros y mi temor cargaron entonces más de lo que pueden aguantar, aunque dicha carga sea una pluma para otro cuerpo. En ciertos aspectos no es posible medir, y yo sé de las diferencias entre carga y carga, así que sumo empatía a esa ignorancia; tal vez lo que significa poco peso para mí sean toneladas sobre otras espaldas.]

Por fortuna no.

Así, este primer aniversario del marzo/2020 va llenándose, también, de algunas reflexiones. Una de ellas es la tremenda desigualdad, al parecer apuntalada como nunca antes, y el que quiera verlo en términos de maniqueísmo creo que vive dentro de una burbuja. Quienes se encargaron de esparcir el virus —cierto, en una época de globalización y viajes constantes— son aquellos con mayores posibilidades de cuidarse y tratarse en caso de enfermedad; un obrero o una empleada de mostrador no viaja a Italia por cuestiones laborales, mucho menos de placer. Mientras este sector poblacional pide por teléfono o vía internet la despensa, mientras se aburre de ver series en Netflix y trabaja de forma remota, la así llamada “prole” es la que debe salir a trabajar, pues sus actividades se califican como esenciales, o bien, viven al día, en el comercio informal. Ellos van a encontrar lo que no estaban buscando armados con una protección que es accesible a bolsillos pobres —aunque, también es cierto, hay personas dentro de este grupo que caminan por la existencia sin la intención de portar un cubrebocas, tomando Coca-Cola en plena calle—. Lo siguiente, mucho más cercano, es esa sensación de culpa que ya mencioné, y el hecho de que ciertos esfuerzos no valen la pena, ya que no tirarán el ancla en buen puerto. Se realizan mecánicamente porque sí, sin otra respuesta que el fracaso.

La vida, para mí y para tantos otros, dio un vuelco impensable este año. La vida jamás volverá a ser igual. No sé qué será lo siguiente, si la salud ha de mantenerse en las casas, en la mía, si la emergencia sanitaria terminará pronto, si en muchos años va a existir quien la vea como algo irreal. Encuentro un dejo de tranquilidad en la aplicación de la vacuna al personal médico y a los adultos mayores, hecho que, si bien no avanza con prontitud, a diferencia de países con gran poderío económico, va tomando el rostro de un contacto en redes sociales, el de un amigo, el de alguien que conocemos en persona.

Por el momento, creo que lo más sensato es ceñir lo mecánico de mis pasos a la nueva normalidad, continuar con el protocolo de regreso a casa después del trabajo, y esperar, si no lo mejor, el que no llegue una tragedia más a trastocar este apenas equilibrio. Eso y brindar por una época de porquería: por que se acabe, claro está.

Judith Castañeda Suarí

Judith Castañeda Suarí

Autora de La distancia hasta el espejo, Dios de arena y Aire negro. Ha participado en las antologías Ráfaga imaginaria y Vamos al circo entre otras. En 2005, recibió el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos. En 2007, ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Alejandro Meneses y el Premio Nacional de Narradores Jóvenes María Luisa Puga. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultural y las Artes en dos ocasiones.

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