Apuntes del año en que nos mudamos a Solaria

Diseño de imagen: Alez Scott

Sí, ya todos nos cansamos de las reuniones por zoom, los eventos por Facebook live y ya nadie quiere escuchar el nombre del bicho ese porque… porque su sólo nombre puede traer recuerdos horribles. Por ello quisimos hacer este dossier, llevamos más de 12 meses encerrados, ¿cómo nos ha tratado el confinamiento?

Este dossier busca que cada texto explore en la intimidad más profunda y dolorosa de cada unx de quienes aceptaron realizar su propia crónica de su visión del mundo pandémico.

Mi imaginario apocalíptico no era este. Involucraba pantalones con muchas bolsas, botas de casquillo, carrilleras cruzadas y un crop topcito sucio de estar engrasando mi AK47, pero bien sexy, ya que la escasez de comida me iba a aplanar el vientre y la condición de luchar contra monstruos todo el día me iba a marcar six pack. Y, sobre todo, mi imaginario apocalíptico era de amucharse con La Resistencia, una resistencia comunitaria cuidando niñ@s y ancian@s ocultos en lugares seguros, compartiendo la comida que se consiguiera, abrazándose mucho entre compañer@s. Me siento un poco como Oleron, el Poe-esco protagonista del homónimo cuento de Stefano Benni, que se pasó toda la vida esperando demonios que nunca llegaron, o más bien, que llegaron en forma de aburrido matrimonio burgués.

Odio con odio jarocho (viví años en Veracruz, no soy usurpadora) este apocalipsis aséptico y antierótico. Este apocalipsis que nos ha robado el tacto. Este apocalipsis que nos impide no sólo rolar la caguama, sino de plano juntarnos para tomarla. Este apocalipsis hiperhigiénico que me impide tantas de mis actividades favoritas, por ejemplo, estar sentada en el piso de la estación de Tánger apapachando gatos (amo esa estación con servicio de gato), esperando el tren rumbo a Rabat de mis amores, o Marrakech.

Me resuena a cada rato la cabeza de citas y frases célebres por estos tiempos. Una es el decir aquel, que no sé de dónde viene, de que aguas con lo que les pides a los dioses porque en una de estas se te concede. Yo tenía años soñando trabajar totalmente por internet, pero en plan laptop bajo el brazo en eterna wanderlust, de nómada digital que les dicen (en gran parte un espejismo capitalista, pero esa es otra historia), seguramente no para encerrarme en casa. Ay, dioses, vaya con sus chistecitos, eh, qué manera de transformarle a una su sueño en su peor pesadilla. La pesadilla descrita en un verso de una vieja canción de Claudio Lolli, Borghesia, que siempre me ha angustiado de la misma manera que me ha angustiado Emma Bovary viendo llover con la frente recargada en la ventana: un orizzonte che si ferma al tetto (un horizonte limitado a la línea del tejado). Le dije eso a la psicóloga con quien intenté tomar terapia y me contestó tajante: “No es verdad que estás en tu peor pesadilla porque tienes trabajo y tienes pareja”. Huelga decir que no hubo segunda sesión, nunca había pagado tan caro por meterme solita a la boca del lobo, siendo el lobo el mundo mental y social de esa señora, mundo con el que cuido mucho no estarme rozando demasiado. Me vi lenta y demasiado educada, hubiera merecido que le dijera que estigmatizar y más, invalidar, negar, los sentimientos de una paciente es falta no sólo de profesionalidad, sino de ética, y si me apuran, de tantita madre.

Y es que este apocalipsis es doblemente mojigato. No sólo nos ha quitado el tacto y, en gran parte, la amistad y el ligue no virtuales, sino también ha llegado a darle una justificación sanitaria a la heteronorma familista más sofocante. La Familia es el templo de toda bondad y tiene que estar amurallada contra un mundo externo enemigo. Paradójica y trágicamente, esta desquiciante superstición familista ha generado un número no trascurable de contagios, ya que la gente tiende a creer que las reuniones familiares son espacios seguros milagrosamente libres de bichitos pegajosos con el argumento tautológico de “pues es que estamos pura familia”. O se niega a creer que l@s niñ@s, las bendiciones, pueden ser vehículo asintomático de contagio, aunque se enfermen muy poco, siendo por consiguiente absurdo que vaya el abue a recogerlos a la escuela por ejemplo (estoy pensando por lo menos en dos casos cercanos). Ni me quiero meter a hablar del recrudecerse de la violencia doméstica de género, tema que requeriría su proprio despotrique.

He llegado a ver en redes muchas variaciones sobre el tema: “bendito coronavirus que nos devolvió a la familia”, “gracias coronavirus porque me puse a dieta”… A ver, ¿tenía que sufrir y morir tanta gente para que tú, so zoquete, te dieras cuenta de que tienes una familia y la voltearas a ver? ¿O para que bajaras la panza? Vaya, yo también disfruto mis clases online de belly dance, de hecho, es básicamente casi lo único que disfruto, pero agradecérselas al coronavirus, pues no. No frieguen. Mientras, estamos quienes no sólo ya queríamos a nuestras familias sin necesidad de esta desgracia, sino también tenemos extendidas familias no jerárquicas y poco convencionales, más allá de los lazos de sangre o matrimoniales o sexuales.

Ahora bien, si ya antes de esto, l@s poliamoros@s y las anarquistas relacionales[1] no teníamos derecho a existir ante la sociedad, ahora menos. Tan ilegítimo nuestro dolor como nuestra felicidad, quizás hasta más. ¿Cómo le iba a explicar yo a la psicóloga aquella?, ¿cómo le iba a contar de cuán ferozmente extraño mi red de amores tendida sobre tres continentes? Me sentí tan juzgada que me refugié en decir que extrañaba a mis padres, que vivía (vivo) con fondo de angustia permanente por su salud física y mental, y que era la primera vez en veinticuatro años de vivir fuera que no iba a verlos, para poderme mínimo quejar un ratito en santa paz y de alguna manera desquitar su elegante tarifa. Es bonito y está bien extrañar a los padres, quizás dos tres entendible extrañar a los amigos (aunque se considere una frivolidad propia de jóvenes que no acaban de descubrir que lo verdaderamente importante es La Familiatm), pero extrañar a los amantes, y en plural, es completamente inaceptable. Más: innombrable. Así como inaceptable parece ser, para mucha gente, que se sueñe con volver a pasarla bien.

Hace unos días El País publicó una nota bastante intrascendente en la que una chica decía que extrañaba tomarse una chela y socializar recargada en la barra de un bar. Entre todo el despliegue de moralismo de la policía de la imaginación en los comentarios, me quedé con este: “No te vayas a imaginar en una biblioteca o abrazando a tus padres, que igual te explota el cerebro. Lo importante es perrear.” Qué detestable puritanismo, qué seudointelectualismo barato. Por un lado, casi apostaría un brazo que esta señora en su vida pisó una biblioteca, o bien, pues poco provecho le hizo, de qué sirve el conocimiento si no eleva los niveles de empatía. Por el otro, yo, que he pisado más bibliotecas que banquetas, sí sueño con un maratón de fiesta tras fiesta, con toda clase de promiscuidades poco higiénicas, desde tomar a pico de la misma botella hasta dormirse en un plural montoncito feliz. (También me imagino abrazando a mis padres, pero no se lo digan a esta señora, tengo una reputación de hedonista ácrata que cuidar).

Además de la policía de la imaginación, han proliferado una serie de otras categorías humanas inquietantes al amparo de este apocalipsis de limbo pegajoso, entre las cuales la que más urticaria me provoca son los terraplanistas. Uso terraplanista como irónico hiperónimo que agrupa antivacunas, conspiranoicos, hippynazi de QAnon, trumperos de pieles y cuernos y “que se sacrifiquen los abuelos por la economía” (oración realmente pronunciada por algún facho de aquellos que en EEUU les dicen republicanos), y otras criaturas extrañas unidas por un rasgo común: la pendejez. Si antes mi tolerancia a la pendejez era bajita, ahora el umbral ha quedado en cero. Van dos amigas de décadas con quienes corto relaciones por terraplanistas, así de corta me ha quedado la mecha.

Una de las novelas que más me gustaron en mi adolescencia, que casi me sé de memoria de tantas veces que la releí, es El sol desnudo de Isaac Asimov. Una de las razones por las cuales me gustaba era el alivio de no vivir en el planeta Solaria, donde los seres humanos son todos ricos, son poquísimos, viven en mansiones con parques de hectáreas y ejércitos de sirvientes robots, solos o si acaso en pareja, pero con vistas al desarrollo de técnicas de reproducción que les permitan abandonar, como dice uno de los personajes, “los últimos vestigios de la necesidad de vernos”. Llevan toda su vida “social” a través de un sofisticadísimo sistema de videollamadas tridimensionales. No soportan no sólo el contacto con otros humanos, sino tampoco la mera cercanía, con diferentes grados y matices de fobia patológica. Obviamente al final resulta que los solarianos son básicamente una panda de sicópatas porque pues, oh sorpresa, la represión de la sexualidad y del instinto gregario no le hace bien al cerebro humano. De alguna manera, me siento en Solaria, y no me gusta, quiero de vuelta la sensación de alivio de no estar ahí ni ahora ni nunca que siempre experimentaba cada que releía la novela. Ahora bien, con las debidas salvedades. En esta pandemia no somos todos ricos, para muchos trágicamente es todo lo contrario. Cuando me quiere entrar el drama me contengo pensando que realmente qué suerte y qué privilegio tener un sueldo que no está en peligro, y un sueldo suficientemente bueno como para apoyar productos artesanales de economía local y otro surtido rico de inversiones solidarias.

Hablando de economía, me he estado a menudo acordando de un texto de Bifo, filósofo italiano cercano al anarquismo, escrito al principio de la pandemia y que se hizo algo famoso por lo menos en el mundillo que yo frecuento. Tal texto sugiere, de manera algo nebulosa, que esta pandemia marcaría el principio del fin del capitalismo. Querido Bifo, la neta, yo no le veo por dónde. Veo el capitalismo adaptarse y prosperar. En algunos casos de maneras aparentemente inocentes, por ejemplo, Netflix. Hay otras bastante más siniestras, me limitaré a mencionar los dos ejemplos que más asco me dan. Nuestras vidas valen menos que sus ganancias: las vacunas no se han puesto disponibles open source para poder ser replicadas en friega por cualquier laboratorio en condiciones, como hubiera cabido esperarse en medio de una catástrofe mundial de estas proporciones, sino que son negocio, ¡y qué negocio!, para las farmacéuticas. O qué decir de los despreciables especuladores que, en Cuba, que pasa por una muy grave crisis de abastecimiento de bienes de primera necesidad, manejan unas misteriosas empresas de “combos” a domicilio, mismos que no sufren escasez ni mala calidad. Dichos combos se compran por internet, carísimos, y quienes los compran son cubanos en el extranjero angustiados por el chantaje de que sus familias en la isla pasen hambre y desaseo.

Los solarianos, decíamos, son todos ricos y nosotros, ehm, no. Tampoco contamos todavía con sistemas de videollamada a niveles de ciencia ficción. Quizás por eso la videovida me es, usando un eufemismo, detestable. No “voy” (odio que el verbo ‘ir’ haya pasado a significar sentarse en el escritorio) voluntariamente a casi ningún evento, más que a los del trabajo, porque estoy obligada. No me llama la atención ni oír conciertos ni, menos, ver obras de teatro en línea (ayyyyy, el teatro), ni conferencias, ni seminarios, ni conversatorios. Mis clases de belly dance y de yoga me gustan porque me muevo, y sólo a veces, muy raras veces, tomo cursos de algo de estar sentada frente a la compu, cuando es con genios como Pedro Poitevin, o Alexis Díaz Pimienta, o Ana Zarina Palafox. Fuera de eso, en la pantallita de mi laptop todo lo demás termina pareciéndome lo mismo, una neblina gris, una papilla indistinta y soporífera.

Así que, si mis estudiantes tienen apagadas sus cámaras porque duermen en mis clases, no les culpo, aunque mucho les agradezco al puñadito de heroínas y héroes que sí comparten conmigo sus caritas y evitan que me esté yo clavando en qué fatal traigo el cabello y cosas así. Les quiero, a mis estudiantes, más que nunca. Me duele el corazón por ellos, por esta universidad que les está tocando, sin besos de pasillo y cafetería, sin la explosión de parejitas nuevas que, increíble pero cierto, sucede cada primavera y me pone (me ponía) tan de buenas. Me queda clarísimo que eso es infinitamente más importante que mis clases y que todas las clases del mundo, y es horrible que se lo estén perdiendo. Recién me enteré de que organizaron su propio tinder local de la escuela. Morí de la ternura. Como sea, donde sea, siempre y contra todo, viva Eros flamígero y todopoderoso. Flamígero como el floripondio amarillo que en nuestro jardín no ha dejado de florecer, explosión tras explosión, a lo largo de este annus terribilis. Ojalá que la vacunación haga su trabajo y podamos, nosotr@s también, volver a florecer.

[1]    Véase: “Anarquía relacional”, en: Wikipedia: Anarquía relacional (clic).

Floripondio <3 // Foto: Caterina Camastra
Caterina Camastra (Brescia, Italia, 1976)

Caterina Camastra (Brescia, Italia, 1976)

Lingüista, traductora, escritora, docente e investigadora interesada en la historia del teatro novohispano, la poesía tradicional, la literatura comparada, los cruces de géneros y discursos. Vagamundo por vocación, académica por pretexto, Caterina es miembro de la Unidad de Investigación sobre Representaciones Culturales y Sociales (Universidad Nacional Autónoma de México). Fundadora de la Novísima Compañía de Teatro Popular Novohispano “Los Falconi”. Ha publicado dos libros con Ediciones El Naranjo (México), numerosos artículos de investigación en revistas internacionales, y una serie de caligrafías árabes ilustrando “Quinteto de Mogador” de Alberto Ruy Sánchez (Alfaguara, 2015). Es además ganadora del premio “Más allá del silencio” (mejor autora no cubana) en el concurso Décima al Filo 2019 (Cuba).

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