Diseño de arte: Alex Scott

El olor del macho, una especie endémica de la tierra. Lucía Di-Bella escribe sobre cómo lidió con ese peculiar aroma. 

Jamás había vivido con un macho. Un olor así de penetrante jamás había interrumpido mi vida diaria ni modificado de esa manera mis dinámicas. Habrá personas que no lo consideren relevante, y algunas que incluso les parezca algo cómico, pero, para mi recientemente desarrollado TOC en torno al olfato, este problema era algo de verdadera atención que tenía que resolverse de manera inmediata y poco piadosa.

La razón de mi nuevo trastorno sobre el olfato tiene que ver con que he percibido, de unos años para acá, que mis sentidos comienzan a debilitarse, no en grandes proporciones, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que ya no soy la de siempre o la de antes. El último decibel de mi computadora era suficiente para concentrarme en escribir ensayos sobre Engels y Marx, ahora no lo es, me sigo escuchando a mí misma, el ruido no es suficiente. Tal vez son los audífonos los que han envejecido o se han desgastado, tal vez he sido yo, pero algo no es lo de siempre.

El otro día comentaba con un conocido sobre un artículo de Guadalupe Nettel en Gatopardo y me dijo algo en lo que no había reparado pero que me afectaba directamente. Comentó: “¡Lo vi! ¡La letra era pequeñísima¡ ¡No pude leerlo!” Este conocido, debo agregar, usa anteojos, yo aún me rehúso por vanidad. Conservo la vanidad como una virtud de la juventud, pero he descubierto que no puedo llevarla al extremo de la negligencia. Así, al escuchar su comentario, me di cuenta que en efecto la letra era pequeña y que a que mis preciosos 27 años tuve que utilizar lentes de aumento genéricos para lograr leer ese artículo. ¡Oh, el drama del acceso a los medios de información para los sentidos o capacidades distintas a la norma!

Así en el último año he comenzado a ser consciente de este cambio. No le llamo deterioro como mi madre o el tío adicto a National Geographic, me rehúso a querer verlo así. Para mí sólo es un cambio. 

Con todo este análisis y descubrimiento apenas llego a enterarme que mi olfato nunca ha sido el sentido más atendido o al que le he dado la mayor prioridad, tal vez por educación o por omisión de la costumbre. Desde pequeña padecí de bronquios, pero una vez a salvo y en la adolescencia me pareció una pulsión de muerte fantástica y comenzar a fumar tabaco ocasional y más adelante marihuana diaria, de manera que no respiro lo que debería de respirar. Ahora pienso que, si no logro hacer las cosas bien, empezando por mi respiración, estoy condenada a estar mal oxigenada e incompleta en general por el resto de la vida, además de que no hay una gran campaña de difusión en torno a la importancia de respirar bien. Pero, ¿a quién le importa respirar bien mientras todo lo demás salga avante? Total, respirar sólo es lo que nos hace seguir vivos. 

Decidí que la respiración y el olfato estarían en el número uno de mi lista de sentidos, seguido por la vista y el oído. Y desde entonces me he vuelto una etnógrafa del olfato a dónde quiera que voy o habito.

El gato llegó a mi vida con el objetivo de consolarme por la relación que acababa de poner en pausa, representaba una oportunidad para distraerme de aquellos arrepentimientos furtivos y, además, la idea de darle mi atención a otro ser vivo que no fuera un hombre me entusiasmaba. Había pasado el último año y medio de mi vida enamorada de un hombre y en los últimos meses había descubierto que aquella frase que dice: “Hay veces que el amor no es suficiente”, era real.

Este hombre encarnaba todo aquello que había soñado conseguir en cuanto a una relación: fidelidad, apoyo verdadero, cariño, atención, ternura y amistad. Sin embargo, al momento de poner estos elementos en el plano del día a día, parecía que conseguir estos atributos (como todo en la vida) no era el final o el objetivo último. Poco a poco fueron saliendo aquellos elementos de la cotidianidad que, por más que yo tratara de disfrazar o de engañarme, más evidentes y constantes se volvían. Este hombre no era un machista empedernido, por el contrario, él creía en el empoderamiento de la mujer, pero bajo sus términos. Cierto es que nos encontrábamos en distintas posiciones, nuestras diferencias, comenzando por las económicas, al principio no eran relevantes; sin embargo, como en toda relación, las diferencias generales comenzaron a notarse en la balanza del deber ser de un hombre y una mujer, de lo que se debe y se cobra en una relación.

Conforme fui despegándome de nuestra relación, de nuestro contexto familiar y de nuestras aspiraciones, así como fui descubriendo ciertas singularidades, me iba dando cuenta de lo incómodo que comenzaba a ser para mí esa transacción. Más que amor, parecía un compromiso a plazo indefinido con miras al fracaso amable. Así comencé a sentirme poco a poco presa: presa del agradecimiento y del compromiso, presa de mis deseos, presa del futuro. Amarrada, territorializada.

Antes de adoptar al gato, viví con una gatita a la que eduqué desde semanas de nacida y que representaba demasiado para mí por ser un regalo de mi primera práctica de campo. Mi relación con ella era armónica en todos los sentidos, jamás le atribuí una conducta que me repeliera o hiciera enfadar. Suelo ser paciente con los seres vivos, pero como dije antes, jamás había vivido con un macho.

Durante mi adolescencia, mi padre y yo recibimos algunos gatos por temporadas. El recuerdo que tengo de ellos es el del gato ausente, la criatura que sólo vuelve por la noche a comer y a dormir, y se va a la mañana siguiente a hacer quien sabe qué y regresa por las noches demandando lo de costumbre. A pesar de tenerles cariño a todos, cuando no volvían más, detenía mi costumbre, pero llegaban otras u otros gatos. Sin embargo, recibir no es lo mismo que habitar con.

Unos pocos días después de llegar a casa, al poco tiempo de haberlo adoptado, comencé a notar una actividad inusual en Napoleón, de repente mi olfato percibía un fuerte olor a orina que emanaba de un lugar invisible al que tenía que llegar a tientas. Napoleón salpicaba una especie de melaza de un color amarillo chillante y un olor tan taladrante e incómodo como el de un zorrillo. Poco a poco comencé a encontrar estas distintas explosiones amarillas en puntos estratégicos de la casa, como si el gato hubiera diseñado un plano estructurado del espacio con puntos particulares que, de ser marcados correctamente, garantizarían que el olor de la melaza cubriera el área antes delimitada y planeada. Así el olor se volvió invasivo y mi batalla verdadera comenzó.

Pero uno no puede planear una batalla sin conocer al oponente, tal vez si lo conocemos un poco, ni siquiera sea necesaria. Con esto en mente, comencé por tratar de conocer el origen de su comportamiento para así entender su actitud. En un principio, lo atribuí a mi ausencia de semanas por las vacaciones de invierno, así que decidí darle mucha atención y cariño sin resultados; después, lo atribuí al cambio de croquetas o de administración en la porción, pero tampoco. Por último, y al pasar de los días sin éxito, al fin lo vinculé al principio más básico del macho en esta y otras especies: marcar territorio. Según yo, había hallado la solución, todo se resumía a una cirugía de castración. Quitarle al macho su instinto de territorializar, de reproducirse, de ejercer su masculinidad. Algunos veterinarios me aconsejaron que lo hiciera, pero que esto no sería una garantía de que el gato dejara de hacerlo, ya que esos comportamientos no se quitan con una simple cirugía, hay que educar, hay que luchar por el cambio o conformarse a oler a orín de gato el resto de la vida.

Pienso ahora en mi relación con aquel hombre, de la misma forma que al gato, yo lo quería y tenía expectativas de la vida con él. Al principio, como todo, fue bellísimo e increíble, sin embargo, los químicos y las diferencias lograron hacer de las suyas de la misma forma que sucedió con el gato. En un comienzo su olor sólo se limitaba a mi cuarto, después se expandió a mi casa, luego a mi ropa y por último a mi cuerpo. La situación era insostenible. Empecé a sentirme propiedad dentro de una relación de transacción. Una propiedad que, por supuesto, no estaba cumpliendo con sus obligaciones completas, ya que una cena o favor se pagan sin condón. 

El tema aquí no fue cuándo me di cuenta del olor de la territorialización en mi relación, si no de la incomodidad y el desagrado que el ser consciente de este nuevo estado me producía. Cuando el químico del romance se evapora, el amor continúa, pero el olor de la territorialización que genera la pareja comienza a hacerle daño al sistema respiratorio de alguno de los dos.

Terminé por confinar al gato en una habitación de la misma forma en la que confiné  mi relación a un horario menor. La libertad no siempre huele bien, pero huele a muchas cosas. Así comencé a disfrutar esta libertad a medias: evadiendo la casa, evadiendo mis citas, oliendo todo lo que se me pusiera enfrente, pero recordando que en el cuarto y detenido en el tiempo tengo un par de olores que de no resolver, pueden quedarse conmigo de por vida. Al final, ni para el gato era vida vivir confinado, ni para aquel hombre era vida vivir un noviazgo de medio tiempo. Pero eso no tiene que resolverse completamente hoy, puede ser mañana o pasado si no explota. Hoy estoy oliendo lo que tengo enfrente. 

Lucía Di-Bella

Lucía Di-Bella

Soy antropóloga, mexicana, virgo ascendente virgo y señora de las plantas. Mis temas de investigación favoritos son la niñez femenina y la relación entre mujer y trabajo. Tengo una iniciativa de lectura y escritura para niñas llamado Proyecto Mandrágoras. Amo leer, viajar, caminar en el bosque, meterme en cascadas, prender palo santo y adoro a mi gatita Circe.

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