¿Te gusta el mole verde? // Cuatro relatos orales

Foto: Susana Salazar Guerrero

Diego Quintero nos presenta la transcripción y estilización de cuatro relatos que surgen de la oralidad como parte de un ejercicio académico para el Laboratorio Nacional de Materiales Orales (LANMO). Estas historias surgen a partir de una foto que eclipsa un momento, un instante y todo lo que emana de ello. 

Sí: a la orilla de la fogata, en los tiempos antiguos de humanos que no saben lo que son, se hablaba del gran Mamut, de cómo cazarlo y cómo extraer la piel, pero también, una vez pasado lo práctico, narraban la gran hazaña de quien le dio el flechazo final, los últimos actos de quien murió atravesado por uno de los colmillos. La historia fue tan impresionante que se quedó en la memoria de aquellos humanos antiguos y se las contaron a las tribus cercanas. 

¿Pero nosotrxs qué narramos? ¿Qué queda en la memoria colectiva de otras épocas y las tamizamos con lenguaje e imaginación? Al final del día, somos homo narrans y albergamos y transmitimos las historias de nuestros padres (a su vez ellos las conocieron por alguien más) y las propias, de lo vivido y lo imaginado, lo exagerado, lo anhelado… 

La naturaleza de las historias que aquí se cuentan es la cotidianidad que luego, bajo el matiz de la memoria y el olvido, adquieren un carácter particular: de entre devenir de los días y los acontecimientos que traen consigo un prisma de emociones, estos son los instantes que la memoria ha decidido guardar. Acaso la sencillez de esas viñetas nos definan como humanos. 

IG.

¿Te gusta el mole verde?

Esta es una foto de primer semestre, de un día en que fui a la verdulería a la que usualmente iba. De repente la señora me dijo:

— Oye, ¿te gusta el mole verde?

—Humm… sí.

Se metió en la trastienda y salió con el platito, me dijo:

—Toma.

—Por Dios, muchas gracias.

Me emocioné mucho y llegando le mandé la foto a mi mamá: “miraaa, la señora de la verdulería me regalo un platito de mole verde con arroz.”. Estaba muy conmovido.

Ismael Herrera Romero (México)

Nuevo cumpleaños  

Esta me recuerda mucho ese día. Fue en mi cumpleaños de este año, en enero. Hasta mi cumpleaños veintitrés aprendí a disfrutar mis cumpleaños porque antes era de “Ay, ya va a ser mi cumpleaños”, lo único que quería era salir con mis amigos o celebrar con mi exnovia, no estar en mi casa. Mi familia siempre, o al menos mi mamá, procuraba prepararme algo: una comida, pastel y todo eso. En mis últimos cumpleaños ya nadie iba porque ni siquiera quería estar, la verdad yo ponía mala cara.

Ese día fue uno de los mejores días de mi vida, meses antes estaba pasando por una depresión fuerte y mi familia siempre estuvo para mí. Les dije que ahora sí quería celebrar mi cumpleaños, que si podíamos reunirnos todos. Muchos dejaron de hacer sus cosas para estar conmigo ese día, más porque sabían que tenía un pedo de depresión muy fuerte. Esta foto representa uno de los mejores días de mi vida porque fue el punto clave en donde empecé a sentirme mejor: “lo tengo todo, tengo a mi familia”, me lo pase súper bien con mis primos, nos pusimos pedos. Y fue lindo saber que mi mamá siempre iba a estar para mí apoyándome. Me lo pasé muy bien.

Sebastián Magaña Madrigal (México)

Pájaro azul

Recuerdo que fue ahora en pandemia. Yo había terminado de salir de una clase, entonces mi perro fue hacia abajo y vi algo tirado en medio del pasillo. Me acerqué y me di cuenta de que estaba muerto. Pensé que mi perro lo había matado, pero no, ya tenía un día o dos, pero yo no lo había visto el día anterior.

Mi hermana y yo supusimos que se había atorado en alguna parte y cayó en nuestro pasillo. Me gustó mucho porque aquí cerca nunca había visto un pájaro azul. Lo recogí porque no quería que mi perro lo agarrara y se lo comiera. Jamás había visto un pájaro azul y quise tomarle una foto, quería preguntar a mis amigos “oye, ¿tú sabes qué tipo es?” o buscarlo en internet. Lo puse encima de una planta, para dejarlo ahí y tomar la foto. Luego mi hermana salió a verlo también. Cuando me agaché a tomar la foto, había una maceta al lado y no me di cuenta de que había como un palito, que mi mamá había puesto para estar revisando la humedad de la maceta, y me piqué el ojo muy feo. Sentí que me iba a quedar ciega, inevitablemente lloré. Mi hermana no se daba cuenta, después volteó y me dijo:

—Oye, ¿qué te pasa?

—Es que me piqué el ojo.

—Ahhh… pero no llores.

—¿Cómo no voy a llorar? Si es un ojo, donde salen las lágrimas. Me está doliendo mi ojo, me está doliendo.

Pensé que me iba a revisar o algo. Después se metió y siguió hablando por teléfono con sus amigos y yo me estaba muriendo. Me dio mucho coraje porque sentí que me iba a quedar sin ojo.

Susana Guadalupe Salazar Guerrero (México).

¿Mismo concepto de playa?

Esta foto es de momentos antes de que hiciera la caminata más larga, más tonta y más agotadora de mi vida, casi me desmayo. Fui con mi familia a Cancún en junio del 2018. Teníamos en nuestra mente el concepto de playa como en Cartagena o en San Andrés, puedes recorrer la playa y en cualquier momento sales a la zona comercial.

Con esta mentalidad en la que pudiéramos caminar la playa, empezamos a recorrerla. Eran las doce del mediodía, el sol estaba picante. Nosotros queríamos buscar un lugar para almorzar, porque de nuevo, pensamos que íbamos a encontrar en medio de la playa algún restaurante o algún puesto de comida. Estuvimos caminando cuarenta minutos y nos dimos cuenta de que no encontrábamos una salida hacia la calle porque la playa estaba cercada por complejos hotelero. Creíamos que tal vez, en ese edificio que veíamos al fondo, estaba la salida, pero no. Llegó un punto en que devolverse no era una opción porque era muy largo. Preguntamos a las personas que trabajaban y ellos nos dijeron que lo mejor era devolvernos, la salida estaba muy lejos. Mi mamá se empecinó en que la salida estaba hacia adelante, no hizo caso.

Terminamos todo el recorrido como unas dos horas. Tengamos en cuenta que no habíamos comido, ni tenemos nada para beber. Estaba que me desmayaba, tampoco tenía ganas de meterme al mar. No nos ofrecían nada en los complejos hoteleros porque era privado, era para los huéspedes. Un muchacho, así como medio caleto[1], nos pasó gaseosas, vigilando que no lo fueran a notar sus jefes. Fue así como pudimos seguir caminando. En un momento nos tocó descansar con las personas que trabajaban en recreaciones acuáticas. Nos quedamos en la carpa con ellos hablando, diciéndoles que para nosotros tenía sentido ir por la playa y recórrela caminando. No pensamos que iba a ser tan grande, ni tampoco creímos que no íbamos encontrar la salida. Se rieron mucho de lo ingenuos que fuimos, nos hicieron la charla un buen rato mientras recuramos los pies. Caminamos veinte minutos más y al final llegamos a una carretera. Mi memoria estaba mal ahí, me desmayaba del hambre. Si estábamos a las doce del día y nos demoramos todo eso, ya había pasado la hora en que nosotros almorzábamos —iba ser a la una, y ya eran las tres—. Encontramos un lugar de cosas pequeñas. Comimos un poquito, calmamos el hambre.

Realmente fue la tontería más grande que hicimos, ni siquiera teníamos carro para movernos, pensábamos movernos por transporte público, pero estábamos demasiados cansados. Perdimos todo ese día, no hicimos nada más que recorrer la playa. Pa la próxima tendré que averiguar mejor cómo es la playa, no suponer que las cosas son como uno conoce.

Stefany Alejandra Ordóñez Gómez (Colombia)

[1] Se refiere a la acción de esconderse o esconder un artículo, en este caso: dar algo a escondidas.

Las consecuencias de una gata esterilizada

Fue la noche que operaron a mi gatita, la esterilizaron. Una anécdota estresante al momento, pero ahora se recuerda con humor. La operaron y en el transcurso del día se le fue quitando la anestesia, de hecho, habíamos comprado una camisita especial que se le pone a las gatitas para que no se puedan quitar los puntos. Por el efecto de la anestesia, mi gatita se puso muy rara e intentaba quitársela, luego de quitársela se quiso arrancar los puntos de la sutura. Fue muy estresante porque la camisita no le sirvió de nada, no se la dejaba y ya era muy noche. Era aproximadamente la una de la mañana, nos preocupaba porque andaba brincado de un lado al otro, quería quitarse los puntos, lo cual no es nada bueno. Buscamos alternativas, y lo que encontramos fue con el piquito de una botella de plástico, cortarla, ponerle su collarcito que siempre se le pone para que quedara fijo y afortunadamente la botella le quedó perfecto al tamaño de su cuello. Siento que con la camisita se sentía estresada, atrapada, pero con el conito se sintió más libre y se quedó más quieta. Esta foto fue cuando por fin logramos que se tranquilizara y quedo ahí dormidita.

Yazmin Reynaga Alonso (México).

Diego Santiago Quintero

Diego Santiago Quintero

Estudiante de Literatura Intercultural en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Desde 2017 empezó sus estudios en Fotografía en el Centro de Artes Visuales y actualmente realiza sesiones privadas. Coordinador audiovisual en la revista digital vertederocultural.com. Ha publicado entrevistas en revistas digitales como: Neotraba y Vertedero Cultural. Como periodista cultural ha entrevistado a cineastas jóvenes como Luis Paulo de la Fuente y a artistas visuales como Luciano Rodríguez. Ha cubierto festivales como el Festival Internacional de Cine de Morelia y el Festival Internacional de Música y Nuevas Tecnologías. En cine cuenta con el curso de Guión de Cine en la Casa de la Cultura, y en literatura ha tomado varios cursos, entre los cuales se encuentra Poética de la Destrucción en el Departamento de Literatura y Fomento a la Lectura de la Secretaría de Cultura de Michoacán. (SECUM).

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