Diseño de imagen: Max Rodríguez Aguilar

Murió a causa de una neumonía, en medio del delirio que arrastraba con los años“: un cuento de Juan Jesús Jiménez

Hace mucho ha dejado de ser una medida útil para describir la distancia entre mi último trago y la mesa que cuida mi reloj. Si me preguntas; no, no tengo idea de cuál fue el último recuerdo de mi vida antes de los doce pasos, quizás eran mis pies chuecos remolineando tierra, los perros vomitando, una tasa cayendo con mi café bajo la sorpresa, pero nunca, una cruda tan dura como la de hace cinco minutos.

Tendría el desayuno de la semana pasada sobre mis dientes, es posible, incluso, que haya sido la cena que prometí para algunos meses en adelante: café, tabaco, polvo, ¿manzana?, ¿pera? Es confuso diferenciar los sabores que se disipan, saber si me arde la garganta por la primera botella que terminé o porque no dije muchas cosas en el momento oportuno. ¿Podrías imaginarlo? Volver a cuando reconocía mis arrugas en el reflejo y tropezaba con las raíces del árbol que nos daba sombra, tú con los ojos abiertos y yo tumbado por el viento que no habría de llevarse las hojas, a ese tiempo extraño donde recordaba tu nombre y no tenía necesidad de usar algún adjetivo como una sustitución indirecta. Yo no podría imaginarlo.

A este punto, pocas cosas pueden ser reproducidas en mi memoria de forma exacta, y no es tan simple nombrar algo frente a mis manos, porque, con todas estas pausas en mis latidos, los vasos y personas se funden con su contenido, con el agua que los evapora y los lleva muy lejos, hasta un hace mucho, sumergidos siempre en un aura seca y ceniza a la que corro miles de veces sin avanzar. Es posible. Pero ¿qué no lo es? La memoria.

***

Antonio Pinedo fue un importante escritor de finales del siglo XXI, nació un 4 de febrero en Zacatecas en medio de una tormenta que sacudió la central eléctrica durante una semana y apagó el norte del país casi un mes. A decir verdad, Antonio nunca fue un estudiante destacado, al contrario, gran parte de su vida escolar se reduce a citas constantes en la Dirección y cartas de mala conducta que su madre firmó hasta su repentina muerte en el verano que Antonio cumplió la mayoría de edad; sin embargo, durante su estancia en la preparatoria, coordinó lo que más tarde se convertiría en el primer sindicato de periodistas y escritores de México, y donde, además, conocería a su esposa Olivia, quién moriría a los 83.

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¡Ah! ¡Carajo! No sé a quién se le ocurrió dejar mis zapatos a media escalera, seguramente Ana estuvo jugando con mis cosas otra vez. Últimamente todo en la casa se ha ido de su lugar, me cuesta siquiera saber dónde estoy realmente porque las paredes también cambian de color a cada minuto, el tapiz que quité hace tres años se queda en mi habitación, en la cocina, en el baño, ese feo decorativo de Olivia se rompe una y otra vez al mirar la repisa y mis reconocimientos, no sé quién los desempolva cada semana. He tratado incluso de descubrir quién se esconde en mi espejo e imita al difunto de Alberto, de descubrir las razones por las que se queda en mi cama repitiendo el mismo disco una y otra vez, el del primer baile que tuvimos Olivia y yo durante su boda.

Hay veces, claro, que me visto como ese día para que bailemos de nuevo, con mi suéter azul y mis pantalones blancos, pero simplemente no encuentro a Olivia, ni a mis zapatos, no hasta bajar las escaleras y descubrir que Ana ya no juega en el patio, es más, tras la ventana ya no está mi rosal ni la ruda que sembré al llegar a este apartamento. Fue ayer que desempaqué y puse esas plantas porque le gustaban a Olivia y dijo que ahí podíamos esconder un juego de llaves, pero han pasado cinco minutos, un hace mucho del que no recuerdo su origen. ¿Qué es lo que haces aquí? Mis fotografías, no sé dónde las dejé esta mañana, seguro Ana estuvo jugando con ellas también. Las fotografías, las únicas que guardo, o que guardaba, las de mi abuelo, las que tomó en Camargo, dónde las habré dejado, dónde habré jugado con ellas, dónde, dónde…

Da-da-tan. ¿Olivia?, ¿dónde estás? ¿Podrías bajar mis marcos? Los desempolvaré ahora que tengo tiempo, ya habrá espacio para escribir, dile a Ana que baje también, es hora de que practique sus lecciones de piano. ¿Olivia? ¡Olivia! Contesta. Sé que no olvidé tu cumpleaños, ni tampoco nuestro aniversario, ambos serán dentro de dos minutos. ¿Olivia? Me pondré los zapatos para salir con tus padres, me vestiré igual que la primera vez que bailamos juntos, con mi suéter negro y mis pantalones crema. ¡Olivia! ¿Podrías bolear mis zapatos mientras me rasuro? Los dejaré en la escalera. Tan-dan-da.

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Pinedo, aunque brillante en su escritura, era un desafortunado para la vida social, siendo excluido muchas veces de las premiaciones por considerar que su presencia podría dañar la imagen de los eventos, a los que, por supuesto, llegaba ebrio y enojado. Tanto su esposa como su hija, Ana Pinedo, tuvieron que socorrer a Antonio en más de una ocasión al que se había convertido en un lugar común para él y para su amigo Alberto: las oficinas de la fiscalía por delitos menores. Fueron tan frecuentes estos episodios que llegó el tiempo, en que, de forma predecible, nadie se sorprendía de verlo llegar recargado en los oficiales y batiendo el aire con un lapicero.

Pero el final de esos días llegó cuando su amigo y él tuvieron un accidente sobre la Reforma, aproximadamente a las cuatro de la mañana, tras salir de fiesta por la nominación de Antonio al Cervantes, culminando en las lesiones que confinaron a Alberto dentro de un cajón que le presionaba los pies, deshecho de los huesos que delineaban su caminar encorvado, con varias costillas rotas y que, a comparación del fémur roto de Antonio, eran un baño de sangre y cal desprendido de sus heridas. Desde ese entonces, los problemas de alcoholismo se agravaron y las fiestas que antes eran de vez en cuando se hicieron mensuales, semanales, hasta el día que, de forma inexplicable, se perdió cuatro noches seguidas y nadie daba con él.

***

Da-da-tan. ¿O era tan-da-da? Da-tan-da. Olivia no lo entiende, pero es la canción que bailamos por primera vez en el funeral de su padre, yo la toqué en el piano y ella se acercó a mí vestida de blanco y con un velo enorme detrás de ella para ocultar su llanto. Hablamos esa noche, y las siguientes, sobre la posibilidad de tener un hijo, un varón que pudiese cuidar de ambos cuando no pudiera sostener mi bastón, pero antes de poder idear un nombre, estábamos en el hospital, con las luces de una ambulancia sobre nuestros ojos, sosteniendo nuestras manos tan fuerte que, si las hubiéramos soltado, seguramente el vacío de afuera nos hubiera arrastrado con él y las cosas que no podía controlar tumbado en el asiento.

Dada-da. No podré olvidar el día que nació la vida, en el día octavo del mes primo, tres minutos antes de mi cumpleaños y ocho después de haber enterrado a mi madre en el patio trasero. Repetía las notas de la canción de Olivia, la A antes de la D, teniendo el sonido de la H, y por alguna razón, estaba yo en la ambulancia, rodeado de gente y luces, de constantes parpadeos blancos como el de las estrellas, balbuceando como el bebé en los brazos de Olivia, siempre al ritmo de nuestra canción que bailamos por primera vez cuando llegué a la ciudad.

Tata-da. ¿Ana? No tengo idea del porqué ese nombre vuelve a mí cuando miro la puerta o cuando se acerca Olivia a arroparme para dormir. Ana debió ser alguien, pero no alguien para mí. An-na-na.

Tal vez Ana sea la protagonista de mi próximo cuento, o de una novela. ¿Será que no es un nombre? Tal vez ya confundo las cosas sumergido en el alcohol. ¡Carajo! Tengo veinte años y ya soy alcohólico, ¿qué diría mi madre si me viera así? ¡Alberto! ¡Alberto, ya vámonos! Es tarde, me esperan en casa. ¡Alberto, vamos, yo conduzco! ¿Alberto? ¡Sube al auto maldita sea! ¡Claro que puedo conducir! ¿Alberto? Mierda… lo olvidé, hoy es el aniversario.

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Murió a causa de una neumonía, en medio del delirio que arrastraba con los años. Dejó de escribir a la edad de 84, cuando sus manos se entumecieron por completo y de su cuerpo le brotaron reumas y callosidades bajo las arrugas en su piel. Pinedo, aunque era mi abuelo, no fue alguien a quien yo quisiera recordar hasta mi muerte, era más bien, para todos los que lo conocieron después del accidente, un borracho que hizo algo de su vida antes de morir encerrado en una casa que ya no reconocía. Pensó muchas veces que, de alguna forma, la persona que colgaba de los cuadros y que llenaba los reconocimientos sobre la pared, era su padre buscando su atención por última vez.

Era extraño verlo lúcido, pero no imposible, ciertos días, en que vestía el mismo suéter, los mismos pantalones y colocaba el mismo disco una y otra vez, veía la ventana por el resto de la tarde. Mi madre decía que era probable que estuviera esperando a que mi abuela Olivia llegase con los planos de su trabajo, a veces con un pastel o un jugo de naranja para su desayuno del siguiente día. Sólo que, con el pasar de los años, mi abuelo olvidó la muerte de su esposa, a unos veinte años de morir él.

***

—¿Ana? ¿Ana, dónde estoy? ¿Qué día es?

—Estás en casa, papá. Hoy es tu cumpleaños.

—¿De qué hablas? Justo hace una semana fue mi cumpleaños.

—Hoy cumples 103.

—Mierda…

—Lo sé, es un número considerable.

—No… me refiero…  ¿Hace cuánto que no te llamo por tu nombre?

—Desde que murió mamá, supongo…

—Hace mucho…

– Sí, hace mucho…

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