Las crónicas del pánico

Diseño de imagen: Max R. A.
Diseño de imagen: Max R. A.
Presentamos una crónica que transita entre la vigilia y el sueño, pero ya en el plano de lo onírico todo cobra un matiz extraño y aterrador.

Las crónicas del pánico

Despertar o creer que uno despierta después de un breve sueño, en el que siente que no ha descansado ni siquiera un poco ¿De verdad dormí hoy? o será que me he pasado la noche con los ojos cerrados, cobijándome entre sábanas de pensamientos tan oscuros, pesados y profundos que me han dejado la sensación de quizá haber dormido. 

¿Pero es la duda la que invoca al miedo? ¿Será al revés?

Estoy derramando preguntas.

Seguramente eso no importa mucho ya, cuando ambos llegan juegan conmigo, con mi corazón hasta que siento que saldrá de mi pecho, juegan con mis ojos y pienso en si acaso es posible que uno pierda repentinamente la razón, en si puede uno de pronto perder la buena cordura y abrir inadvertidamente la puerta de la calle, empezar a caminar sin rumbo hasta perderse y jamás volver. La duda y el miedo me convirtieron en su juguete, son como dos niños que no escuchan mis suplicas y mis lamentos pidiendo que paren, niños que juegan con un cadáver en un parque de diversiones, tan sólo un cuerpo sin voluntad al que hacen subir a la montaña rusa o a las tasas locas a dar vueltas una y otra vez, porque a decir verdad la realidad es que el miedo de hacer locuras no se comparará nunca ni de lejos al de hacerlas con algo de conciencia en el fondo, una conciencia que muere sola de hambre, de frío, de sueño… una conciencia que muere de miedo.

Al cabo de unos minutos dudo un poco, pero termino poniéndome de pie frente a mi cama con la boca seca, intentando aferrarme a una rutina que un hombre, tras una ruidosa máquina de escribir, ha dicho que me hará mejorar, algún día lo hará.  Mientras camino a la cocina me confirmo la idea de que sí, he dormido hoy, pues cada vez recuerdo más y más lo que he soñado. Está vez fue una pesadilla, una larga en la que corría por calles enteras huyendo, hasta que, agitado y confundido me doy cuenta de que no corro de alguien o de algo, sino que estoy intentando llegar a un lugar, a un lugar tranquilo en el que la otra noche platicaba y fumaba con mis amigos, pero entonces llegaban a mí de nuevo esos malditos niños y riendo me tomaban de los pies hasta que me hacían caer. El golpe de la caída y el dolor parecían reales, escuché claramente ese ruido blanco y constante que es lo único que a uno le puede pasar por la cabeza cuando se da un golpe bien dado, de pronto todo se pausa y veo una luz inquietante del otro lado de la calle, sobre las casas donde está la gente bebiendo y comiendo despreocupadamente, es entonces cuando entiendo que es una explosión, tal vez una de esas comunes ocasionadas por viejos ductos de gas que esa misma gente despreocupada descuida, yo no sé si la explosión me alcanzará, pero estoy en el piso y no puedo moverme, así que solo cubro mi cara con mis manos; todo pasa y me veo entero pero entonces él se para frente a mí y me extiende la mano para llevarme a casa ¿Éste chico es mi amigo? es algo que me he preguntado muchas veces ya pero solo tengo como prueba el vago recuerdo de su rostro en momentos importantes y en otros que quisiera nunca haber vivido. Pospongo la fugaz evaluación y me concentro en seguirle.

Estoy ya en mi edificio, no recuerdo como entré pero estoy buscando mi piso desde los superiores hacia abajo, no entiendo mucho pero ya estoy aquí en un lugar que si bien no es más seguro, es más conocido. Al cabo de unas cuantas escaleras llego a mi piso y lo reconozco, es acá donde vivo yo pero él sigue bajando con profunda ambición, doy vuelta y camino al último departamento del pasillo donde hay un par de personas acompañadas de una oficial de policía intentando entrar; parece que dentro hay alguien que necesita ayuda y cuando pienso en mi familia y me dispongo a correr y entrar hasta que inadvertidamente me toman de los hombros. Pienso en que serán los niños y pierdo la fuerza del impulso, pero es el chico que me trajo que ahora repitiendo mi nombre me da la vuelta y me aclara que yo vivo más abajo, le creo y mientras desciendo con el rabillo del ojo sigo mirando la escena al final del pasillo,  no termino de dar el paso y caigo escaleras abajo, ya desde el suelo encuentro un lugar que no creo conocer, el chico ya no está conmigo, está con un anciano del otro lado de una puerta discutiendo sobre lo que pasa arriba, escucho que una vez más repite mi nombre y antes de si quiera ponerme de pie ya he aparecido junto a él. 

Saca un teléfono celular y me muestra un video, supongo que es lo que hoy está de moda y mañana ya no lo estará. Es de un programa de televisión de mi país en el que la gente pagada solamente muestra las miserables condiciones en las que viven o por lo menos eso a uno le intentan hacer creer mientras pelean, gritan, lloran y se excusan en mentiras o incluso en charlatanerías esotéricas sin pies ni cabeza, pero es en este episodio (al parecer el de hoy), en el que una señora en un arranque de ira, mal actuada de paso, golpea a otra con el hueso con el que uno de los brujos estafadores del programa preparaba una de sus pociones, pero se le va la mano y termina reventándole el cráneo como si de un huevo tibio se tratara, le escurren sobre lo que le queda de rostro los líquidos que contenía el cráneo, la presentadora se toca la frente salpicada de sangre impactada por lo que acaba de pasar. Entonces, mientras dudo un poco acerca de la veracidad, recuerdo que en el piso de arriba hay una revuelta en la que parece que una señora no quiere salir. Ato los cabos sueltos mientras se escucha el sonido de bruscas pisadas sobre nosotros. Han llegado más policías, pensé, pero antes de imaginarlo se escuchó el crujir de la una puerta arrancada de su sitio de una patada y un par de disparos que dejaron aquello en un angustiante silencio. La sangre de aquella mujer empezó a escurrir de los techos, las paredes, el piso se inundó como si de una piscina se tratara casi hasta tocar el techo buscando una salida la espesa y aún tibia intenta entrar por nuestras bocas para asfixiarnos como si tuviera una perversa conciencia propia, lo cual no es extraño tratándose de la sangre de una asesina… hasta que desperté, aunque todavía no me queda claro en qué momento lo hice.

Termino mi desayuno, me levanto y voy por las medicinas que escondo tras de un cuadro junto a la pequeña guillotina que compré en la farmacia; parto cada pastilla en pequeñas dosis mientras la taquicardia comienza a arrancarme el corazón. Me repito que esto está bien y que ya pasará. Pasan apenas unos minutos cuando una sensación eléctrica me parte toda la espalda, desde la nuca, pareciera venir desde la profundidad de mi alma, al principio es agradable, me siento diferente, pero se está volviendo tan rara, tan desconocida y siento que empieza a apoderarse de mí, ya escucho sus frágiles y torpes pasos acompañados de sus insoportables y agitadas risas burlonas acercándose hacía mí, sé lo que va a pasar y el saberlo lo empeora segundo a segundo.

Me tiro sobre mis rodillas mientras abruptamente me saco la playera, la sensación del calor y de una leve falta de aire empezaban a ganar terreno y la idea de morir o perder la razón crece y crece. 

De pronto ya no entiendo al mundo, nadie será capaz de ayudarme, tal vez estoy exagerando, pero es que la sensación de que algo no anda bien me está envenenando. Se ha vuelto una película de terror en la que soy el personaje que inminentemente va a morir. Puede ser la dosis combinada con la falta de sueño, no desayuné suficiente o algo que comí estaba en mal estado, estoy teniendo problemas para respirar, me haré daño, subiré al último piso y me lanzaré; así lo haré cuando termine de perder la razón. Después de todo, eso es lo que los locos hacen. 

¿Rendirme o luchar con toda la furia que me queda?

Me han dado ambos consejos, pero el miedo de que no funcionen me hace dudar y no creo poder controlarme por ahora. Me repito que no hay persona o lugar seguro mientras me repito que soy mi responsabilidad. Empiezo a respirar más profundo, intento mirar el reloj mientras los niños terminan de tirarme al suelo frio en donde sus voces se pierden un poco con el sonido de mi respiración, siento que me desmayaré y el último gran suspiro me hace cerrar los ojos, no quiero dormir, no aquí, no ahora. Mi voluntad tendrá que ganar pero mis parpados pesan y mis músculos son fibras de papel mojado. 

Escucho el tictac del segundero del reloj, e incluso pareciera que ya puedo notar una leve diferencia en el sonido, van 60 tics y 59 tacs, pero cuando puedo abrir mis irritados y cansados ojos busco entender la hora. Llevo 45 minutos en el piso, seguramente dormía mientras contaba y cuando despertaba continuaba la cuenta en un inútil esfuerzo de aferrarme al mundo diurno.

Logro apoyar mis manos sobre el piso para sentarme y cuando lo consigo noto que ha empezado a llover afuera, las pastillas hacen buen trabajo, estoy en calma, ahora ellas están a cargo y estoy feliz porque ningún niño saldrá a jugar esta tarde.

Han pasado un par de semanas según el calendario, pero en realidad no siento que siquiera haya pasado una semana completa. Apenas recuerdo los últimos 4 días y 3 noches. Sólo viene a mi memoria lo relevante, el miedo, lo extravagante, lo inusual. Los niños vienen a verme con justa y previa cita 2 veces al día, cuando los ansiolíticos pierden fuerza, al pie del anochecer y durante los últimos suspiros del alba, es entonces cuando los percibo, los huelo llegar como lo haría la presa de un león cuando éste se encuentra frente a la corriente del viento, sólo hay una diferencia: yo no puedo correr y aunque lo intentara sé que corro más lento. Cualquiera que sea el caso mi propósito está en dejar de correr, convertirme en un Ñú, de esos que si alcanzan a león con una patada y algo de suerte pueden darle fin. Este mal se ha posado sobre mí en la gran e inapelable cadena alimenticia.

Éste es un efecto nuevo, me sudan las manos, me duele el cuello, tengo la sensación de que algo crece y se mueve dentro de mi cabeza, algo a través de la sangre que fluye en mi cerebro y ahí voy de nuevo a sobreanalizar cada cosa que siento o creo ver. Llevo un rato rascándome sin darme cuenta, pero al observar mi brazo está ya rojo ¿Será que me ha mordido una araña? ¿Una venenosa? Seguramente, pues demostrado está que algunas veces estas ni se sienten hasta que uno ya está con un pie en el hoyo, no, quizá sólo fue un mosquito. Siento un inquietante mareo, me voy a desmayar. No estoy pasando de una respiración clavicular, el miedo aumenta, será que caeré al piso o me dará tiempo de llegar al sofá y dormir por un par de horas hasta que pase la mejor parte del medicamento y pase en vela las últimas 4 o 5 horas antes del desayuno. 

La garganta ¿Se me cierra o se me inflama? podría ser que la contaminación de la ciudad me enfermó un poco pues hoy he salido un par de horas, no resistí por mucho la somnolencia bajo el sol y las miradas de todos. Vuelvo la vista a mi mano y comienzo a atar los cabos sueltos; es una reacción alérgica: he aquí el salpullido, la garganta y el malestar. No veo clara la idea de morir, no aún.

 ¿Será que estoy mejorando?

 Dormiré, pues la idea de que súbitamente la muerte me arrebate la vida sólo me aterra en el caso de que tenga que despertarme antes de hacerlo. 

El torturador hace un buen trabajo mostrando el bisturí, unas pinzas y un par de cables antes de empezar, pues en estricto orden debe hacerse y la primera tortura que se tiene que infligir es la tortura mental.

Ahora mismo el departamento se ha quedado a oscuras a causa de una tormenta, el humo de las velas ha camuflado un poco el impregnado olor del tabaco de mi sofá mientras que el aire frío de la habitación se ilumina en brillantes tonos de azul por los relámpagos que atraviesan las ventanas sin cortinas.

 Escucho como presurosos los mercantes levantan puestos y bajan las pesadas cortinas metálicas de sus tiendas, yo sólo me preocupo porque las goteras no provoquen un desastre entre el montón de recetas médicas regadas sobre la mesa junto a la tambaleante torre de libros que está en mi cuarto. Nunca le temí a las tormentas aunque debo aceptar que es molesto el sorpresivo crepitar de los truenos que perturban el delicado y tenue sonido que produce el deslizar del agua que baña las azoteas y las calles de mi vecindario, pero jamás un rayo será tan insoportable como los gritos que mi desagradable vecina, que a primeras oportunidades arroja sobre su hijo, gritos llenos de frustración, ignorancia y palabrerías absurdas propinadas por una mujer insatisfecha con su propia miseria, una miseria abstracta de lo que ella tiene entendido por amor pues en su hijo, en ese precioso enclenque de ojos grandes y buenos modales se encuentra un enorme tesoro, uno lleno de oportunidades y aspiraciones que poco a poco merma la fuerza que le es arrebatada por esa sombra amorfa que le ronda y que le intenta pudrir desde dentro. Tratar a los niños como objetos estúpidos o hacerles ver sus incapacidades como algo irresoluble y vergonzoso es detestable; ni siquiera siento odio o rencor hacia la ansiedad y el pánico que a los que veo como niños. En el fondo entendí que son pequeños, pueden hacerme caer y jugar sin pensar en consecuencias, pero aprenderé de ellos y ellos de mí. Ellos en algún momento crecerán, lo harán conmigo y llegado el día todos entenderemos lo que antes nos nublaba la vista y nos hacía temer. 

“La ignorancia lleva al miedo y el miedo a la agresión”

Fue algo que escuché y sin entender repetí y aconsejé, ahora estoy aquí descubriendo al mundo desde un pozo encharcado y lleno del lodo del que apenas veo un trozo del firmamento, la espera traerá consigo más frío, insomnio, soledad, hambre y aunque quizá incluso el miedo vuelva sé que volverá a llegar hasta a mí la luz del día con una oportunidad de salir a pesar de que falle, así nunca logre salir; esto no podría ser vida sin al menos un poco de todo.

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