La caída del templo

Clearing Up, Coast of Sicily (1847) - Andreas Achenbach
Esta obra es una reapropiación del mito de Medusa con base en investigaciones propias.

La caída del templo

Medusa

Las grandes puertas del templo se abrieron. La luz del sol se filtró al interior haciendo brillar a todos los artefactos dorados que ahí se encontraban. También bañaba la espalda de la chica que entró corriendo. Estaba desesperada, lloraba y sus ropas estaban empapadas. Los guardias trataron de interceptarla, pero se escapó y siguió corriendo hasta llegar al altar, donde Atenea se encontraba sentada.

Al verla, Atenea le lanzó una mirada a los guardias para que no intervinieran. Se puso de pie y se acercó a la pobre chica que lloraba casi a sus pies, le tomó la barbilla y levantó su cara. No sabía su nombre, pero la reconoció de inmediato. Era una de las sacerdotisas del templo, pero tenía ese rostro que causaba impresión hasta a la misma Atenea.

—¿Quién eres? —preguntó mirando sus facciones.

La chica trataba de tomar aire, pero el llanto se lo impedía. Llevaba sus ropas rotas y su larga cabellera enredada. Atenea sintió lástima por ella, pero su rostro le despertaba una ligera envidia.

—Medusa —contestó la chica entre sollozos—. Me han tocado, me han lastimado.

Atenea se sorprendió. La invadió una repentina rabia que subió a su rostro. Sintió que le hervía la cara.

—¿Pero qué dices? —le gritó a Medusa escupiendo saliva—. ¿Por qué te atreves a hablar así de mi templo?

—Salió del mar —respondió la chica cubriéndose los ojos—. Salió del mar y me tomó.

Atenea sabía que Medusa no mentía. Entendió lo que la chica trataba de decirle al instante. Fue Poseidón. El Dios del océano nunca había visitado el templo de Atenea. Se sintió humillada, deplorable, sucia. Era imposible que Poseidón eligiera a una simple sacerdotisa del templo en vez de a ella.

—¿Cómo te atreves? —gritó Atenea fuera de sí; Medusa retrocedió unos pasos mientras seguía llorando—. ¿Tú crees que el Dios Poseidón osara de poseerte? ¡No eres nadie!

—Pero señora…

—No te atrevas —Atenea se imponía ante Medusa haciéndola retroceder—, no te atrevas a poner un pie en este templo.

—Pero yo no…

—¡Cállate!

La furia de Atenea se exteriorizó en sus manos que se llenaron de una intensa niebla oscura. Sus pupilas se tornaron rojas y el cabello comenzó a elevarse. Medusa sintió cómo se encogía ante el fenómeno que sus ojos miraban. Estaba asustada y quería salir corriendo. Pero antes de que pudiera hacer algo, la niebla oscura la envolvió y la elevó por los aires. Se formó un remolino de aire en torno a su cuerpo que era manipulado por las manos de Atenea.

Hasta que Atenea bajó sus brazos, Medusa cayó al suelo. Su cabeza estaba enredada en un puñado de serpientes.

Medusa (1597) – Caravaggio

Perseo

—¿Escuchaste los rumores? —le preguntó Polidectes al muchacho—. Hay una bestia con cabeza de serpientes que te vuelve de piedra si la miras a los ojos.

El chico dejó de blandir la espada que sostenía y se mostró interesado. Se acercó a Polidectes aunque nunca le había inspirado confianza.

—¿Lo que pasó en el templo de Atenea? —inquirió Perseo con curiosidad; el viejo sólo asintió—. Lo escuché, me parece repugnante.

—Sí —se apresuró a contestar Polidectes—. Es una bestia horrible.

—No —lo interrumpió Perseo—. Fue injusto lo que le pasó a la chica.

Polidectes lo miró extrañado. No esperaba esa respuesta.

—¡Pero se lo merecía! —exclamó molesto—. Incordió a Atenea. No debió de hacerle eso.

—¿Realmente fue su culpa?

Perseo no dijo nada más y tomó de nuevo su espada para seguir entrenando. Por su parte, Polidectes parecía enojado. Había ideado el plan para deshacerse del chico y quedarse con su madre Dánae. Tenía la intención de enviarlo a por la cabeza de la bestia, una misión de no retorno, y ahora no podía porque no despertó en Perseo el interés por Medusa. Después de tantos años de desear a Dánae, de la que se creía dueño por dejarla entrar a la isla de Séfiros después de que su hermano la encontrara en el mar dentro de una caja de madera. Si había hecho algo así por ellos dos, merecía poseer a Dánae.

Pero las palabras del muchacho lo sacaron de sus cavilaciones.

—Estaría dispuesto a ir tras Medusa.

Polidectes abrió mucho los ojos.

—¿De verdad? —inquirió sorprendido.

—Por supuesto.

Fue tanta la impresión que Polidectes se quedó sin palabras. Sus deseos se habían cumplido sin la necesidad de esforzarse.

—Eres muy valiente —lo felicitó el viejo ocultando la felicidad de su rostro—. Te propongo algo —se levantó de donde estaba sentado y rodeó con un brazo a Perseo—. Si me traes la cabeza de la bestia, heredas mi reino y todo lo que hay en él.

—¿Serías capaz? —inquirió el chico sorprendido.

—¡Por supuesto! —exclamó Polidectes sacudiéndolo—. Esta isla merece a un rey valiente que la represente.

El chico pensó en todo lo que estaba en juego. Se vio a él mismo llevando a cabo su cometido. Esbozó una sonrisa.

Medusa

Se escondió en una cueva con sus hermanas. Además de tristeza e impotencia, sentía rabia y repugnancia. Tal vez por ella misma o por lo que había hecho Atenea. Aún no se acostumbraba a sentir cómo se movían las serpientes en su cabeza. La sensación era desagradable. Había intentado cortarlas, pero las serpientes tenían conciencia y cada que se acercaba algo para deshacerse de ellas, reaccionaban atacándola. Pasó largos días llorando sin atreverse a mirarse a sí misma. Era doloroso cómo es que había cambiado su vida tan rápido. La única mortal de las tres ahora estaba gestando un hijo del Dios del océano. Tal vez ni Él mismo sabía lo que había hecho. Si un hombre no es consciente de sus actos, mucho menos un Dios. Le costaba trabajo adaptarse a la situación a pesar del consuelo de sus hermanas. Le decían que pronto tendrían su merecido y que las cosas no se quedarían así, había dioses buenos. Ellas habían vivido siempre siendo monstruos para todos los demás y estaban acostumbradas al rechazo. No eran malvadas, pero quien las visitaba llegaba con la intención de asesinar a las gorgonas y no tenían otra opción más que convertirlos en piedra.

Medusa se resignó a estar sola y escondida toda su vida.



Perseo

Llegó a la cueva volando en sus zapatos alados. Llevaba a su espalda un escudo hecho de espejo y un sable en su cintura; y del cuello le colgaba un casco de metal que lo hacía invisible cuando quería. Se detuvo a la entrada e inspeccionó el lugar. Parecía desierto. No había ningún sonido que delatara la presencia de una bestia.

—¡Medusa! —gritó hacia el interior y sólo respondió su eco.

Se colocó el casco y desapareció. Tomó el escudo de su espalda y avanzó con él al frente. La cueva era como cualquier otra. Había piedras por todos lados y algunas plantas creciendo por las paredes. El sonido que escuchaba era el de los insectos, pero nada que le revelara la ubicación de Medusa.

Avanzó unos pasos más hasta que se topó con una pequeña abertura en la roca. Miró al interior y observó una amplia estancia cubierta de madera. Era como una casa subterránea. Había puertas y muebles en algunas paredes, pero su atención se desvió rápidamente a la mujer que dormía en una pequeña cama al medio de la instancia.

Se adentró en el lugar blandiendo el sable con fuerza. Sintió miedo cuando se percató de las serpientes que tenía por cabello. Sabía que, si en algún momento ella abría los ojos, quedaría petrificado ahí mismo.

Tomó el sable con ambas manos, lo elevó para tomar fuerza y de un solo movimiento dejó caer el filo.

El sable dio justo al lado de la cama y Medusa abrió los ojos.

La respiración de Perseo se agitó y tomó su escudo para cubrirse. Medusa se puso de pie rápidamente, pero no veía nada. Volteó para todos lados inspeccionando la habitación. Había escuchado el sonido de la hoja filosa que rompía el viento. Bajó la mirada y observó una abertura en el suelo. De pronto, escuchó una voz:

—¡Medusa! —exclamó la voz de un hombre —. No estoy aquí para hacerte daño.

Las cabezas de las serpientes se elevaron de forma amenazante sacando la lengua y mirando para todos lados.

—¿Quién eres? —le preguntó a la nada —. ¿Dónde estás?

—Tengo un casco elaborado por ninfas que me vuelve invisible y un escudo que me regaló Atenea —Medusa se estremeció y todas las serpientes sacaron sus colmillos al escuchar ese nombre—. Pero no vengo para matarte.

Medusa no confiaba en la voz.

—Trataste de hacerlo —repuso la chica—. Escuché el sable.

—Lo hice para despertarte —se explicó Perseo, le temblaba la voz.

—No te atrevas a retarme —propuso Medusa elevando la voz—. Lárgate de una vez, sabes de lo que soy capaz de hacer.

—¿Qué puedo hacer —comenzó a suplicar Perseo— para que confíes en mí?

—¡No quiero que me demuestres nada! —gritó Medusa impaciente—. ¡Lárgate!

De pronto, Perseo se hizo visible ante los ojos de Medusa. Era un muchacho fuerte vestido con armadura pero su rostro lo cubría un escudo de espejo. La chica pudo verse reflejada y vio cómo se movían las serpientes que tenía en su cabeza. No pudo resistir al verse de esa manera.

—¡Largo! —gritó—. ¡Fuera de aquí!

Se dejó caer al suelo mientras se cubría el rostro con ambas manos.

—¡Escúchame! —la interrumpió Perseo—. Voy a mirarte, ¿está bien?

—¡No! —exclamó Medusa—. ¡No puedes! Vete de aquí que no quiero hacerte daño.

Perseo bajó el escudo y su rostro quedó frente a la chica, pero ésta cerró los ojos.

—Por favor —suplicó Perseo arrodillándose—. Abre los ojos, no me matarás.

Medusa sabía que no era posible. El chico se convertiría en piedra en cuanto ella abriera los ojos. Ya había pasado antes en muchas ocasiones, y aunque no quería lastimar a nadie, no podía evitarlo. No había razón para creer que Perseo podría verla. Pero el escudo le había revelado el rostro que había tratado de evadir durante todo ese tiempo. No pudo evitar recordar cómo es que las serpientes lucían en su cabeza. Sintió asco y decidió que la única forma de que el chico la dejara en paz era abriendo los ojos. No le iba a gustar, pero no le quedaba otra opción.

—Por favor…

Medusa suspiró profundo y abrió los ojos.

Templo de Atenea

Las grandes puertas del templo se abrieron. La luz del sol se filtró al interior haciendo brillar a todos los artefactos dorados que ahí se encontraban. También bañaba la espalda de la chica que entró caminando. Los guardias trataron de interceptarla, pero se petrificaron al instante. Perseo, hijo de Zeus y de Dánae, caminaba a sus espaldas con el sable en ristre y el escudo al frente. Al verlos, Atenea se quedó pasmada, incapaz de creer lo que estaba viendo.

Perseo se adelantó a Medusa y lanzó algo al suelo que salió rodando hasta los pies de Atenea. Era la cabeza de Polidectes. La mujer se cubrió la boca del asombro y la voz de Medusa sonó tan alta que retumbó en el templo:

—Ya no me importa la igualdad. Quiero venganza.

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