Finitud. Textos alrededor de la muerte// Dossier

Ilustración: Alejandro Zafra
Un cuento de Aida López Sosa para nuestro dossier Finitud. Textos alrededor de la muerte.

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Cuatro Viernes

Este texto es parte de nuestro Dossier Finitud: textos alrededor de la muerte

El caballero subió al black cab y pidió que lo llevaran a Lamberth Walk.  

—En verdad que la gente debe contratar su funeral y elegir su tumba. Es como dejar los preparativos de tu fiesta de cumpleaños a otra persona o como pedir que otro compre la casa donde vivirás, a final de cuentas es una propiedad inmueble —dijo al conductor.

—¿Por qué dice eso, sir?

—Quién mejor que uno para decidir cómo le darán el último adiós, ¿no cree? —profirió con toda seriedad.

—Tiene usted razón —respondió el conductor no tan convencido de que él haría algo así.

El gentilhombre pidió que antes de llegar a la funeraria pasaran por el Hyde Park, donde solía ir de niño a jugar con su hermana fallecida tres años atrás. Ahí donde una vez escapó de la mano de su madre y corrió para terminar con una pierna rota y dos meses en cama. Ahí donde por primera vez subió a la rueda de la fortuna y sintió vértigo que, posteriormente, se convirtió en acrofobia. No era el parque de sus mejores recuerdos, pero marcaron su infancia y podría decirse que su vida. De la pierna rota le quedaron secuelas, en épocas invernales recrudecía el dolor del hueso. Ni qué decir de la fobia a las alturas, que limitó sus viajes a pesar de que disfrutaba conociendo mundo.

—Hemos llegado, sir, ahí es Funeral Care.

El caballero con bastón, a paso lento, se dirigió al edificio de cuatro pisos en busca de la oficina donde se contrataban los servicios funerarios. La recepcionista le indicó a cuál privado dirigirse.

—Buenas tardes, vengo a contratar sus servicios para un buen amigo —indicó al asesor que se encontraba al otro lado del escritorio.

—¿Para cuándo y a qué hora lo necesita?

—Será en cuatro viernes a las ocho de la noche.

—¿A nombre de quién se hace la contratación?

—Ryan Steyn, a nombre de Ryan Steyn —confirmó.

—¿Ryan Steyn? —repitió sorprendido el empleado—. Hay un servicio con ese mismo nombre, pero quedaron en confirmarnos el día, parece que el señor continúa grave. Su esposa firmó el contrato desde el mes pasado y dijo que en cualquier momento nos avisaría.

—¿Tiene el nombre de la señora? Quizá se trate de otra persona. Sería demasiada casualidad.

—Anissa Steyn, sí, lady Anissa Steyn —apuntó el hombre y prosiguió—. Contrató el servicio más económico, algo que no parecía ir con su abrigo de piel y las joyas que pendían de sus orejas y su cuello. Es extraño, pero en ocasiones se dan estos casos. La señora comentó que quería algo discreto, debido a que no llegarían muchas personas, incluso, pidió sólo por tres días la sala de velaciones más pequeña, sin servicio de café ni religioso, porque dijo que su esposo no es creyente. También indicó que el féretro se mantuviera cerrado y que por lo tanto no sería necesario arreglar de más al difunto. Nadie lo vería.

—Sin duda se trata de la misma persona. Estoy seguro de que sir Steyn, con su fortuna, no quisiera que su último acto social pasara desapercibido. Necesitaremos un piso completo para el confort de los que vendrán a darle el último adiós. Desde luego, una limosina para trasladarlo del hospital hasta aquí, además de los servicios religiosos, de comedor y descanso para quienes deseen permanecer acompañándolo por más días. Grandes arreglos florales de rosas blancas para todos los espacios. Además, quisiera que con especial cuidado arreglen a mi amigo, ya que el tiempo que permanezca se mantendrá el ataúd abierto. ¡Ah! Algo muy importante, el féretro que sea de maderas preciosas con baño de oro —acotó con seguridad.

»Una última petición. Sir Steyn, meses atrás, encargó un retrato al óleo para esta ocasión especial. Se lo haremos llegar para que lo coloque detrás del ataúd, ya que es bastante grande. No habrá duda de que se sentirá su presencia. Su última aparición en público es muy importante —puntualizó con la misma certeza de que la muerte es la única con la que nace el hombre—. Por el pago no se preocupe, la viuda lo cubrirá encantada de que su esposo se vaya satisfecho de este mundo. Para su tranquilidad, de no hacerlo ella, yo pagaré la diferencia. ¿Dónde firmo? ¿Usted no cumpliría el último deseo de su esposa? —preguntó con marcado sarcasmo. La pregunta, por un instante, distrajo al empleado del punto—. ¿Qué seguridad hay de que la limosina vaya en cuatro viernes a las ocho de la noche a recoger el cadáver? —cuestionó dudoso—. La muerte no avisa.

El caballero, sin decir más, tomó su bastón y se fue yendo hasta que desapareció.

En cuatro viernes a las ocho de la noche arribó la limosina al hospital solicitando el cuerpo de Ryan Steyn. La recepcionista le indicó al chofer que el enfermo había fallecido horas antes. El trámite estaba concluido para entregarlo.

A las diez de la noche hizo su aparición lady Anissa a Funeral Care. Como en las noches en el Royal Opera House, vestía de negro, sombrero de ala y guantes largos de satín. No disimuló su asombro y perturbación al percatarse de que el tercer piso del velatorio estaba dedicado a despedir al difunto. El espacioso lugar estaba brillantemente iluminado con candiles de cristal cortado y la fragancia de las rosas blancas permeaba el ambiente. En una sala aledaña, un exquisito buffet con postres ingleses, desde luego, no podía faltar el té en todas sus versiones. Cerca de 300 personas parloteaban, parecían estar en el intermezzo de una gala. Las damas se saludaban de beso ataviadas de pieles, joyas y diseños exclusivos; los caballeros con trajes de cashmere negro, corbatas de seda italiana y mancuernillas de oro. Algunos con sombrero tomaban té y fumaban pipa. La estancia donde estaba el ataúd abierto en madera y oro tenía como fondo el majestuoso óleo de Ryan Steyn cubriendo la pared. La velación duraría más de tres días.

Lady Anissa no podía creer lo que veía. ¡Cuánto costaría el funeral! Sin duda era un error del lugar, ellos tendrían que absorber los gastos. Ese pensamiento la consoló. Ella de ninguna manera pagaría cientos de libras por el hombre que le fue infiel tantas veces y cuyo matrimonio se sostuvo durante años por los convencionalismos sociales. Sin más, bajó las escaleras buscando al asesor con quien hizo el contrato.

—Señor, hay una equivocación, el funeral de mi esposo no está bajo las condiciones que contraté. No pagaré semejante extravagancia —dijo indignada mientras se acomodaba el anillo de esmeraldas que llevaba sobre el guante.

—Lady, no hay ninguna equivocación, un amigo de su esposo vino hace cuatro viernes a cambiar las condiciones de los servicios, argumentando los deseos de él y que la factura sería cubierta por la viuda, quien lo haría encantada al cumplir sus últimos deseos.

—¿Quién es él? Usted no debió obedecerlo, yo soy la única que tiene la autoridad para decidir el tipo de servicio requerido. Seguramente estará entre los cientos de invitados departiendo como si fuera el anfitrión. Acompáñeme para aclarar esta situación por demás bochornosa e inoportuna.  

La mujer corría por las escaleras con los ojos desorbitados, más hundidos de lo habitual. Su palidez se acentuaba con el negro de la vestimenta. Al llegar al tercer piso trataron, sin éxito, de encontrar entre los invitados a la persona que se dijo amigo del difunto. El empleado no alcanzó a decir palabra después de que entró a la estancia donde estaba colocado el ataúd. Horrorizado señaló el óleo.

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Aida López Sosa

Aida López Sosa

Psicóloga, Capacitadora Certificada, Tallerista de Cuento y Correctora de Estilo. Diplomada en Creación Literaria por la Sociedad de Escritores de México. Columnista en periódicos y creadora de contenidos para revistas nacionales e internacionales. Ganadora del Primer Concurso Nacional de Cuento de Escritoras Mexicanas (2018). Primer lugar en el certamen Calaveras Literarias (2019), organizado por la Fundación Elena Poniatowska Amor, A.C. Ganadora del Fondo de Ediciones Literarias del Ayuntamiento de Mérida con el libro de cuentos: “Despedida a una musa y otras despedidas” (2019) y con el libro de ensayos: “La vuelta al arte en 20 retratos excéntricos” (2021). Ganadora del Premio Estatal de Literatura 2020. Incluida en el Mapa de Escritoras Mexicanas Contemporáneas y en El Catálogo del Cuento Mexicano. Miembro del PEN Internacional.

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