Lago de Pátzcuaro
Lago de Pátzcuaro, capital purépecha // Foto de Adriana Zamora Mejía
Aprender una lengua originaria puede representar un camino tortuoso frente a las instituciones, quienes no se interesan realmente por generar programas de éxito, y hasta frente familiares y conocidos, poco convencidos de su utilidad.

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No es mi xirankwa – No es mi raíz

8M 2022 - Día Internacional de la mujer

Mi lengua materna es la hispana. El inglés es mi segunda lengua, o media lengua, porque aprendí rodeada de referencias estadounidenses, pero no me alcanzó para pagar el Cambridge. En vez de pagar ese certificado decidí empezar a estudiar una lengua indígena, de modo que he visto de cerca la experiencia aprendiéndola.

Puedo aplaudir a las cinco instituciones que han apoyado a la preservación de la lengua al ofertarla en sus programas. Su iniciativa es honorable, pero su seguimiento es lo que deja mucho que desear. De entrada, no existe una evaluación que verifique la capacidad de falicitadorx para lxs aspirantes a docentes. Hablar una lengua es muy distinto a tener las herramientas óptimas para enseñar. El nivel que ofertan cada ciclo es básicamente el mismo: el básico. Es común que al paso del curso lxs alumnxs desistan en cualquier idioma, pero queda siempre la posibilidad de ir a otra institución y obtener el mismo certificado. Con el purépecha no es así. Las instituciones no se preocupan por lxs pocxs alumnxs interesadxs, no se filtran recursos para becar a quienes queremos aprender.

No nos dejan avanzar, ¿y para qué? Al final de la evaluación no nos espera nada, porque la certificación no existe, no al menos en ninguna de las instituciones que lo ofertan en la capital michoacana. No nos llueven notificaciones ofreciéndonos una beca, como sí ocurre con las becas de Cambridge, los cursos de TOEFL, o las clases para cualquier lengua globalmente reconocida. Pero al menos tenemos una clase, al menos un primer semestre. Hay lenguas que ni siquiera eso llegaron a tener.

Las personas se consideran socialmente integradoras solo por decir que hablar una lengua originaria es algo bueno y que es suyo.

La escuela y la familia son las principales instituciones que forman y rigen al ser humanx… ¿Qué dijo mi universidad sobre mi deseo de hablar purépecha? Que la clase es optativa y no hay demanda suficiente para abrir la clase.

 ¿Qué dijo mi familia? Primero preguntaron de qué forma volvería la inversión porque esto no sirve de mucho, otrxs balbucearon e hicieron sonidos de Apache (con respeto y pena uso el término, únicamente con el fin de hacer una referencia popular) para imitarme de forma burlesca.

¿Qué ha pasado en el campo laboral? Hasta ahora, lo que ha sucedido es que me postulé para docente de español en una primaria, yo estudié específicamente la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas, y como extra, purépecha. La institución reconoció que yo estaba sobrecalificada para el puesto, pero en mi lugar le dieron el empleo a una chica que estudió psicología, pero habla inglés.

Otro instituto me ofreció impartir la clase de purépecha por primera vez, pero no tuvo suficiente demanda y, de nuevo, quedé desempleada.

Es interesante cómo a pesar de no pertenecer a ninguna comunidad indígena, al momento de aprender su lengua adquirí también (claro que en mucho menor medida) la discriminación que la arrastra.

Es evidente la segregación, ¿por qué la romantización del indigenismo y sus lenguas están en su apogeo discursivo? Sólo se habla de la riqueza pluriétnica, pero no se actúa verdaderamente en su favor.

Las personas se consideran socialmente integradoras solo por decir que hablar una lengua originaria es algo bueno y que es suyo.

“Volviendo a nuestras raíces”, es el halago forzado que más frecuentemente escucho cuando menciono que aprendí a hablar una de las lenguas indígenas más populares de Michoacán. ¿De verdad esa raíz es nuestra?, claro que no, ni la tuya ni la mía porque nuestra primera palabra fue hispana. Nos sentimos indígenas por pensar erróneamente que Kutzi, así con esa I romana, significa luna.

Las raíces que renombran son el recuerdo de esta tierra tan manchada de sangre que con su tinte volvió la cantera rosa. Son la fuerza que persiste, y la discriminación es el concreto sobre ellas.

Son raíces sobre las que no llueve y por lo tanto nada crece.

Las pisa el Teatro Matamoros cuando combinan la palabra villancico con pirekwa, pero no se molestan en al menos preguntar a unx hablante cómo se pronuncian sus palabras.

Es una celebración de muertxs sin nadie velando a lxs muertxs porque están ocupadxs atendiendo turistas.

Es la política, la investigación y las artes, bebiendo del indigenismo sin después volver a dar las gracias, limitando al ser como objeto de estudio sin reconocimiento, sin integración real.

A cien años de la revolución mexicana sigue vigente una de sus frases más memorables, y que a este caso viene perfecta su apología: La tierra es de quien la trabaja.

¿Has trabajado por tus raíces? ¿Entonces son tuyas?

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Tecaxin Yunuen Huenteyo Sierra

Tecaxin Yunuen Huenteyo Sierra

(Yunuen Ómikwa). Originaria de Morelia, Michoacán. Egresada de la Facultad de Letras UMSNH, con enfoque en la terminal de estudios lingüísticos. Activista feminista y promotora de la protección y preservación lengua y cultura purépecha.

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